
Blog del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas
lunes 18 de abril de 2011
ENTREVISTA AL DR. ALBERTO GONZALEZ ARZAC-37 º FERIA DEL LIBRO

viernes 15 de abril de 2011
HOMENAJE AL PROF. OSVALDO GUGLIELMINO
El Lic. Pablo Vázquez, el Sr. Fabián D´Antonio, el jurista e historiador Dr. Francisco J. Pestanha y el Sr. Julio Fernández Baraibar. Los profesores Osvaldo Guglielmino y Miguel Ángel Lentino. El Sr. José L. Muñoz Azpiri y el Dr. Alberto González Arzac, vicepresidente de este Instituto.

jueves 14 de abril de 2011
GRAN PREMIO BRIGADIER GENERAL JUAN MANUEL DE ROSAS

jueves 7 de abril de 2011
LA COMISIÓN CIENTÍFICA DE EXPLORACIÓN AL RÍO NEGRO DE 1879
Adolfo Döring (primero de pie desde la derecha) y los miembros de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba en 1876. Por José Luis Muñoz Azpiri (h)
En 1890, la oficina de empadronamiento de los Estados Unidos de Norteamérica declaró de modo formal que el proceso histórico de la frontera había llegado a su fin. Dijo, en efecto, textualmente, que “la zona indefinida ha sido tan invadida por colonias aisladas, que difícilmente pueda afirmarse que existe una frontera”.
En nuestro país existe una declaración formal paralela, concerniente a los militares, que fija implícitamente una fecha liminar como conclusión del proceso de nuestra frontera interior. Un decreto del Poder Ejecutivo, del 7 de noviembre de 1940, al reconocer servicios prestados al Ejército, dice que, “los militares que hubieran actuado en las campañas del desierto hasta el 31 de diciembre de 1917 serán considerados Expedicionarios del Desierto”.
Destaca Homero Guglielmini que las fechas señaladas por esos actos oficiales (1890 y 1917, respectivamente) son, por supuesto, arbitrarias. “No hay manera posible de anunciar una fecha exacta para determinar el final de un proceso tan prolongado, complejo y fluido, como es el progresivo desarrollo de una frontera interior, la ocupación de los espacios vacantes o insumisos en poder exclusivo hasta entonces de las fuerzas elementales de la naturaleza, entre las cuales se encuentra el indio, el desierto y las inclemencias de la intemperie. Se trata de un movimiento eminentemente dinámico y potencial, en constante trámite interno de estabilización, en permanente proyección externa de avance, en perpetua transición conflictual y prospectiva”.
La llamada “Conquista del Desierto” – expansión de la frontera al Río Negro – fue llevada a cabo entre abril y junio de 1879. El 31 de enero del mismo año. Desde Córdoba, el Dr. Adolfo Doering (Presidente interino de la Facultad de Ciencias de Córdoba) se dirige a Roca expresándole “si fuera posible formar colecciones zoológicas, botánicas y mineralógicas de los objetos nuevos que indudablemente deben encontrarse en esas regiones que por primera vez van a explorar las columnas expedicionarias” y agrega “se haría un gran servicio al país, como también a la ciencia, enriqueciendo a la vez los museos nacionales y dando a conocer especímenes de animales, plantas o minerales que, tal vez, sólo en aquella parte de la Pampa puedan encontrarse”. Dice además que los profesores universitarios deseosos de participar “ninguno de ellos se atreve a pedir licencia al Ministro de Instrucción Pública”. Roca le contesta el 6 de febrero de 1879: “Comunico a usted que ha sido pasada a la Comandancia General de Armas para que dicte las órdenes convenientes”. Además, el 20 de marzo de 1879, le llega un telegrama del Dr. B. Lastra, Ministro de Instrucción Pública, donde le dice:“El Gobierno Nacional desea constituir comisión científica de exploración, que acompañe al Ministro de Guerra en su expedición al río Negro”. Al mismo tiempo le anuncia que el Dr. Pablo G. Lorentz, del Colegio de Concepción del Uruguay y el Sr. Courtois, de la Escuela de Minas de San Juan forman parte de la expedición y que la Academia y la Facultad de Ciencias de la Universidad de Córdoba deben estar representadas. En cuanto a “las cátedras serán suplidas durante la ausencia de los profesores, en la forma que la Facultad proponga” y que también se dirige en igual sentido al Rector de la Universidad de Córdoba. Ante tanto empeño del gobierno Nacional, se integra la Comisión Científica agregada a la expedición militar. Esto, considera el recordado José M. Gallardo, crea un paralelo con la Expedición a Egipto de Napoleón Bonaparte. Integran la Comisión Científica de 1879, además de los Dres. Adolfo Doering (geólogo y zoólogo) y Pablo G. Lorentz (botánico y fitogeógrafo, autor de “Cuadro de la vegetación de la República Argentina”, en la obra de G. Napp, 1877, “La República Argentina”), el Sr. Federico Schultz (preparador de zoología) y el Sr. Gustavo Niederlein (ayudante de botánica, que luego participará en la Comisión de Límites con Brasil y fuera delegado argentino en la Exposición de Filadelfia, para luego ser designado Director del Museo de Historia Natural de Filadelfia hasta su muerte).
El inventario zoológico, botánico y geológico que realizó esta comisión no sólo implicó la tarea de coleccionar ejemplares de la fauna y la flora, sino también. Como advierte Irina Podgorny “nombrar, bautizar, lo que hasta entonces pertenecía al mundo de los confines para, de esta manera, incorporarlo al mundo de la civilización” ya que “El bautismo del geógrafo era el acto por el que el desierto dejaba de serlo y que indicaba la conquista de las regiones vírgenes. Aunque ilusorio, este acto de nombrar el desierto como si hasta entonces hubiese sido sólo naturaleza innominada era, sin embargo, diferente al de cambiar el nombre a un sitio que ya tenía uno por ley o decreto estatal. En este segundo significa una disputa entre grupos que nombraban y construían el pasado de otra manera, pero que pero que pertenecían a la historia. En la negación de los nombres que los indígenas daban a su territorio, por el contrario, estaba presente la asociación de los mismos a un estado natural, anterior al uso del lenguaje”.
Los resultados científicos de la expedición se concretaron en los tres volúmenes del Informe Oficial aparecidos en 1881, uno sobre Zoología (Entrega I) por Doering (Vertebrados y Moluscos), Eduardo L. Holmberg (arácnidos), Carlos Berg y Enrique Lynch Arribálzaga (insectos); otro sobre Botánica (Entrega II) por Lorentz y Niederlein y el tercero sobre Geología (Entrega III) por Doering; una Entrega IV sobre Geología (Segunda Parte) y Paleontología no alcanzó a publicarse por falta de fondos.
Singularmente, en la descripción zoológica que sigue a la expedición al Río Negro se hace evidente que la mayoría de las especies había sido descripta con anterioridad. Así, ante la falta de nuevas especies entre los vertebrados, Doering sólo pudo homenajear a los conquistadores del desierto y fundadores políticos de la Nación bautizando con sus nombres a dos gasterópodos: elEudioptus avellanedae y el Plagiodontes rocae, especies de caracoles que viven asociadas en la naturaleza y que, agrega mordazmente Podgorny, “arrastran con ellas con ellas las banderas del avance del estado argentino”.
Bibliografía
Gallardo, José María “Los naturalistas y la Afirmación de la Soberanía Argentina en la Patagonia” En: “Revista nacional de Cultura” Nº 8. Bs As. Ediciones Culturales Argentinas. 1980
Guglielmini, Homero M. “Fronteras de la Literatura Argentina”. Bs. As. EUDEBA. 1972
Podgorny, Irina “La Patagonia como santuario natural de la ciencia finisecular”. En: “Redes. Revista de estudios Sociales de la Ciencia” Nº 14 V.7 Bs.As. Noviembre de 1999. Universidad Nacional de Quilmes.
martes 5 de abril de 2011
LA REVOLUCIÓN DE LAS ORILLAS

Por José María Rosa
Inesperada, sorpresivamente, sobreviene el levantamiento de las orillas que dará una fugaz tintura de pueblo a la Revolución. A las once de la noche del sábado 5 de abril se sabe que grupos de quinteros y arrabaleros montados en sus caballos se juntan en algunos lugares de la periferia de la ciudad: el más numeroso al oeste, en los corrales de Miserere; pero hay otros en los pagos de Palermo y en los mataderos del alto de San Telmo. En silencio se ponen en marcha hacia el centro, y a eso de la medianoche llenan el ámbito de la Plaza de la Victoria ante el desconcierto de los miembros de la Sociedad Patriótica que ven materializado al “pueblo” que invocaban en sus proclamas, y el temor de los vecinos de la clase principal ante la inesperada irrupción de “la chusma”.
¿Quiénes fueron los autores de la marea popular que la historia llama “revolución del 5 y 6 de abril”? Saavedra en sus Memorias asegura que ocurrió “sin mi noticia ni conocimiento” (esto permitirá a Mitre -enemigo de las exteriorizaciones populares- decir que “es la única revolución de la historia argentina cuya responsabilidad nadie se ha atrevido a asumir ante la posteridad a pesar de haber triunfado ampliamente”).
El Deán Funes escribe el 8 a su hermano Ambrosio sorprendido por “la furiosa borrasca cuando todo parecía calmo”, diciéndole que a las once y media de la noche del sábado lo sacó de la cama Agustín Donado (uno de los principales de la Sociedad Patriótica morenista), “lleno de temor porque une muchedumbre avanzaba hacia la Plaza”.
Aquello era una reacción espontánea del pueblo donde se mantenía el verdadero patriotismo sin artificios de retórica ni imitaciones de Contrato Social contra las gentes “de posibles” vinculadas al comercio portuario y los jóvenes “alumbrados” de la Sociedad Patriótica que pretendían dar un giro teórico a la Revolución. El propósito exteriorizado era cambiar toda la Junta (morenista y diputados provincianos) reemplazándola por la jefatura exclusiva de Saavedra que mantenía -¡pese a todo!- un prestigio en la masa popular; el vehículo fueron los alcaldes de la periferia, sobre todo Tomás Grigera alcalde de quintas, y su intérprete el Dr. Joaquín Campana abogado de prestigio en las orillas.
Joaquín Campana. Abogado y líder de los orilleros.
A medianoche, como dije, la Plaza de la Victoria estaba llena de orilleros a caballo que rodeaban el edificio del Cabildo en un imponente silencio. Los regidores buscaron la protección de la Fortaleza (actual Casa de Gobierno) para averiguar el propósito de la nocturna presencia de tanta gente, hasta esos momentos poco vistas en el centro de la ciudad. Grigera se hace intérprete ante los amedrentados vocales de la Junta: “El pueblo tiene que pedir cosas interesantes para la Patria”. Inútilmente los morenistas de la Junta han llamado en su ayuda al Regimiento de la Estrella comandado por French y constituido precisamente para sostener a la Sociedad Patriótica. Se ha diluido ante la sola presencia de los orilleros. Los demás regimientos que aún quedaban en Buenos Aires (parte de Patricios y Arribeños y los Húsares de Martín Rodríguez lejos de marchar contra los orilleros han abierto las puertas de sus cuarteles plegándose a la ola popular. De los Jóvenes de la Sociedad Patriótica no ha quedado ninguno en el café de Marcos ni en sus lugares de reunión; los vecinos “de posibles” han atrancado las puertas de sus casas, y no se puede contar con ellos.
No obstante, la conmoción popular no obtiene un triunfo pleno. Allí está el pueblo de Buenos Aires, el auténtico pueblo que echó a los ingleses en 1806 y 1807 y decidió las jornadas de la Semana de Mayo. Pero falta algo más. Falta un jefe.
Saavedra goza de popularidad, pero no es un caudillo. Carece de la arenilla dorada que debe tener todo jefe. Ante la presencia de esos hombres de a caballo que acaban de imponerse con su sola presencia y piden que gobierne solo, sin doctores, el coronel de Patricios no atina a aceptar. Tal vez hizo bien, porque no se sentía jefe y su gobierno personal hubiese sido un desastre. Su negativa reiterada consterna a los orilleros que acabarán por contentarse con el alejamiento de los morenistas, y su reemplazo por buenos vecinos que no tendrán mayores luces, pero les parecen más dignos de confianza.
Un solo y gran triunfo se saca de la desconcertante noche del 5 al 6 de abril. A pedido de Saavedra, el Dr. Campana toma la secretaria de la Junta. “La figura oscura y sin gloria del populacho de las quintas” según Mitre, ocupando nada menos que el sitial de Moreno. Pero esa figura oscura y sin gloria escribirá las mejores páginas -las únicas auténticamente revolucionarias- de los primeros años de la Emancipación.
Es explicable que los historiadores colonialistas lo repudien.
El espacio no me permite mucho, y me limitaré a la respuesta de Campana a Strangford que habla pedido a la Junta que mandase diputados a Cádiz, hiciese la paz con los españoles de Montevideo para “mejor combatir al tirano Napoleón”, y abriese más la puerta del libre comercio a la introducción de productos británicos.
Campana contesta el 18 de mayo: “Estas provincias exigen manejarse por sí mismas y sin los riesgos de aventurar sus caudales a la rapacidad de manos infieles… Sólo entrarían en una colación contra el tirano Napoleón siempre que se les reconozca su independencia civil…”; que de ninguna manera “se levantaría el sistema colonial que hemos destruido con nuestras manos”; y en cuanto a una paz con los españoles de Montevideo “se debe hacer saber al representante de esa Nación (Inglaterra) que es preciso se reconociese la independencia recíproca de América y de la Península (España), pues ni la Península tiene derecho a América, ni América a la Península”.
Y no insista el embajador inglés en “querernos dar por favor mucho menos de lo que se nos debe por justicia”.
Algún día deberá grabarse en planchas le bronce esta nota del 18 de mayo de 1811 en la que por primera vez se habla oficialmente de independencia, y también por primera vez se señala el imperialismo británico al decir que “no aventuraríamos nuestros caudales a la “rapacidad de manos infieles”.
Era muy temprano para actitudes semejantes. Strangford tenía muchos recursos a mano, y al recibir la respuesta de Campana quedó sellado el destino de esta figura oscura y sin gloria del populacho de las quintas. Se prepararon con habilidad las cosas, y en setiembre, previo acuartelamiento de las tropas leales al pueblo, los jefes militares se apoderaron de Campana y lo sumieron en un largo ostracismo.
¿Por qué pasarán siempre en setiembre cosas semejantes?
viernes 1 de abril de 2011
ALBERDI. VERDADERO Y ÚNICO PRECURSOR DE LA CLAUDICACIÓN

Por Julio Irazusta*
I
Alberdi ha sido de preferencia estudiado en su aspecto de Solón argentino, y la influencia de sus ideas en la organización institucional del país fue ya ampliamente señalada. Pero yo creo que hasta ahora no se ha establecido con precisión la fecha de su grandeza desde el punta de vista de la personalidad que decide los destinos de una nación.
Para mi esa fecha no es la de 1852, en que redactó Las Bases al enterarse en Chile de la caída de Rosas, sino la de 1838, año en que emigró a Montevideo. El papel que desempeña en la época llamada de la organización nacional es preponderante, pero no singular. Ya para entonces las ideas que expone en Las Bases habían ganado mucho terreno en la opinión del país, habían tenido otros expositores tan brillantes o tan vigorosos, si no tan claros como él; el giro tomado por la revolución liberal contra Rosas no dependía directamente de él, sino de hombres que tal vez ni lo conocían (aunque sufrieran por modo indirecto una influencia de su propaganda anterior). Es más. Quedan indicios (ya coordinados por Groussac), de que, hacia el final de la dictadura, Alberdi no veía con malos ojos los resultados obtenidos por el dictador, de que cualquiera fuese la fijeza de sus objetivos políticos fundamentales (que jamás variaron), su manera de concebir la oportunidad no era la de aquellos que se puede llamar sus correligionarios.
En 1838, al emprender en Montevideo la campaña política que debía provocar la alianza de la emigración argentina con las autoridades de la escuadra francesa que bloqueaba el puerto de Buenos Aires, Alberdi está solo. Ningún argentino, entre los peores enemigos de Rosas ha pensado todavía en acudir al extranjero europeo en busca de auxilio; ningún patriota prestigioso se ha atrevido a desafiar la opinión nacional aplaudiendo la intromisión de Francia en América. De sus compañeros de generación que luego habían de formar con él la pléyade de
Midiendo la acción de Alberdi por los obstáculos que venció con su tesón y su capacidad intelectual, por las dramáticas circunstancias en que la empezó, el joven emigrado de 1838 es indudablemente más grande que el hombre maduro de 1852. Y como esa acción fue trascendental para los destinos de nuestro país, me ha parecido indispensable no dejar que la fecha de su centenario pasara sin un recuerdo.
Hoy, en 1938, se palpan las consecuencias últimas de la política extranjerizante cuya adopción decidió Alberdi con su campaña de 1838. Para los partidarios como para los adversarios de esa política, ninguna figura de hace un siglo puede ser en estos momentos más digna de estudio que la de Alberdi. Así los primeros colocarán sus admiraciones y los segundos asignarán las responsabilidades, con más justicia. Otras conmemoraciones bullangueras e inoportunas celebradas este año parecen destinadas a confundirlo todo, a extraviar a los unos sobre el verdadero autor de la política aún imperante en el país, y a los otros sobre sus verdaderas consecuencias.
II
Si se quiere tomar el hilo de esa evolución del pensamiento de Alberdi que le permitiría luego todo un planteamiento novedoso del problema social y político del Río de Plata, se nos permitirá transcribir esta página de su Autobiografía:
“Durante mis estudios de jurisprudencia que no absorbían todo mi tiempo”, dice en ella, “me daba también a estudios de derecho filosófico, de literatura y de materias políticas”. En ese tiempo contraje relación estrecha con dos ilustrísimos jóvenes, que influyeron mucho en el curso ulterior de mis estudios y aficiones literarias: don Juan Manuel Gutiérrez y don Esteban Echeverría. Ejercieron en mí ese profesorado indirecto, más eficaz que el de las escuelas que es el de la simple amistad entre iguales. Nuestro trato, nuestros paseos y conversaciones fueron un constante estudio libre, sin plan ni sistema, mezclado a menudo a diversiones y pasatiempos del mundo. Por Echeverría, que se había educado en Francia durante
“Echeverría y Gutiérrez propendían por sus aficiones y estudios, a la literatura; yo, a las materias filosóficas y sociales. A mi ver, yo creo que algún influjo ejercí en este orden sobre mis cultos amigos. Yo les hice admitir, en parte, las doctrinas de
El pasaje es encantador. No da los detalles precisos de la evolución sufrida por Alberdi en el comercio intelectual con sus dos amigos. Los nombres de autores se hallan barajados en la página redactada por el anciano, como ocurrirían en las conversaciones de los jóvenes, sin ninguna notación concreta sobre las ideas particulares que cada uno de ellos le enseñara. Pero encierra sugestiones preciosas, que han servido de punto de partida para la investigación. Nadie ha realizado sobre el tema una más profunda que el doctor Coriolano Alberini en su conferencia sobre “La metafísica de Alberdi”, pronunciada en una colación de grados universitarios de 1933 y publicada en los Archivos de la universidad. Remitimos a esa conferencia para todo lo concerniente a la formación intelectual de Alberdi, y a su posición filosófica definitiva tal como quedó desde sus primeras publicaciones.
Lo fundamental para el objeto de este ensayo es que la evolución sufrida por el autor de Las Bases entre sus años de Colegio y el advenimiento de Rosas, lo había preparado a recibir el nuevo hecho político con su espíritu más realista que el aprendido en el primer grupo de autores citados por él en la página transcripta. El segundo grupo le había dado por así decir una clave de la historia mundial, que comprendía fenómenos como el del rosismo. Y cuando Rosas triunfó, Alberdi ya podía encararlo con serenidad.
Los románticos francesas le habían enseñado la concepción del progreso elaborada por la filosofía alemana, en contraste con el iluminismo francés del siglo XVIII. Para éste, el progreso era obra de la razón trascendente, exterior al mundo, anti-histórica, que persigue la realización de un ideal utópico por medio del despotismo ilustrado, de un derecho natural desligado de la tradición histórica, fuerza perturbadora. Para aquella, en cambio, el progreso era obra de una de una razón inmanente, insita en el mundo, que se va realizando en la historia e introduciendo en los conceptos del derecho natural los nuevos hechos aportados por la vida de la sociedad. El iluminismo utópico y legiferante, ciego a la realidad de cada momento y de cada lugar, era superada por el historicismo, cuyo respeto por las particularidades de época y de localidad le diera a Alberdi el criterio necesario para considerar los acontecimientos de que era espectador.
Cousin y los eclécticos, Lerminier y los románticos, difundieron en Francia, hacia el final de
Bien es verdad, como lo observa repetidas veces el doctor Alberini, que ni Echeverría ni Alberdi tomaron al pie de la letra las ideas de los publicistas franceses de la nueva escuela. En lo que se refiere al historicismo, de los dos elementos que él considera en el derecho, el histórico y el racional, su creador, el alemán Savigny, da más importancia al primero; su divulgador, el francés Lerminier, da más importancia al segundo. Pero no lo bastante a gusto de Alberdi, que en ve el peligro de la glorificación del hecho, implícita en el historicismo, y trata de evitarlo, corrigiéndolo mediante las teorías morales de Jouffroy. En lo que se refiere a la filosofía propiamente dicha, la nueva concepción del progreso es demasiado determinista, demasiado excluyente de la iniciativa humana. Al tomarla de los eclécticos y románticos franceses, repetidores de los filósofos postkantianos, Alberdi la corrige también, dando más juego a la libertad de determinación de la voluntad, y aceptando los fines del iluminismo unitario, es decir, sus ideales de civilización, pero negándole comprensión de los medios que la realidad argentina aconseja. Según la brillante fórmula del doctor Alberini, para Alberdi “es indispensable llegar a una síntesis de fines iluministas y de medios historicistas, merced a la teoría providencial del progreso, interpretada con hondo sentimiento de nuestra peculiaridad social”. Lo de la hondura de esa interpretación es discutible. Pero es cierto que A1berdi postuló su necesidad.
III
La independencia relativa con que nuestro personaje manejaba las ideas de los maestros en boga se manifestaba más en el terreno de la teoría que en el de la práctica. Por lo general, los jóvenes dejan el andador ideológico mucho antes que el andador moral. El mismo bachiller que se ha emancipado hasta cierto punto de los textos escolásticos, necesita catálogos de acción, es decir libros de casuistas, moralistas o sociólogos (según la época) que lo provean de recetas para tales y cuales hechos, menos manejables que las ideas. Ahora bien, si la escuela histórica proporcionaba categorías de juicio mejores que las de los ideólogos (y que permitieran a la nueva generación argentina encarar la realidad social del país con más tino que sus predecesores los unitarios), los historicistas franceses predicaban en ese momento con el ejemplo de modo más persuasivo que con la palabra. Hay menos semejanza entre las ideas de Alberdi y las de sus maestros, que entre la política del primero y la de los últimos.
La de estos consistía en un cambio de táctica, en abandonar el extremismo revolucionario de 1793 por una propaganda pacífica de los mismos fines esenciales. Desde 1834 el abogado Dupont había propugnado esa política en
El autor de Palabras de un creyente, al separarse de la posición reaccionaria del comienzo de su carrera (pues sabido es que Lammenais se inició junto a De Maistre y De Bonald), había dado la fórmula que la nueva generación argentina adaptaría a la política de los partidos locales: “miro al antiguo partido monárquico con todo el respeto que se debe a un glorioso veterano. Pero no puedo tener confianza en ese veterano, pues con su pierna de palo está incapacitado para avanzar con la nueva generación”. Salvo la imagen final, esas palabras de Lammenais en 1834 son casi las mismas que la nueva generación argentina diría sobre el partido unitario.
La política de Lammenais separábase, a la derecha, de los monárquicos, y a la izquierda, de los revolucionarios y jacobinos. Y dada la influencia preponderante que su libro más famoso, traducido por Larra con el nombre de Dogma de los hombres libres, ejerciera sobre los jóvenes rioplatenses en la cuarta década del siglo XIX, es fácil creer que su recetario práctico, de la conciliación de los partidos, fue adoptado al pie de la letra por sus admiradores de aquende el Océano, como el que mejor cuadraba con el nuevo realismo aprendido en la más reciente literatura política de Francia.
De España llegaban iguales voces de realismo en los pocos autores de la madre patria que Alberdi leía. Así p. e. Donoso Cortés, citado en otro pasaje de
“Las constituciones son las formas con que se revisten las sociedades en los distintos períodos de su historia y su existencia; y como las formas no existen por sí mismas, no tienen una belleza que las sea propia, ni pueden ser consideradas sino como la expresión de las necesidades de los pueblos que las deciden”…
…Las constituciones, pues, no deben examinarse, en sí mismas, sino en su relación con las sociedades que las adoptan… ... Las constituciones para que sean fecundas, no se han de buscar en los libros de los filósofos, porque sólo se encuentran en las entrañas de los pueblos”. (Consideraciones sobre la diplomacia y su influencia en el estado político y social de Europa, desde
Estas consideraciones impregnadas de sano realismo eran en España reflejo del mismo pensamiento europeo no español que Alberdi reflejaría en el Río de
IV
Aunque Alberdi no especifique la época en que sus ideas se aclararon, entre sus conversaciones con Echeverría desde 1829 en adelante y la publicación del Estudio preliminar en 1887, es de suponer que ello habría ya ocurrido hacia la época en que Buenos Aires debatió el problema constitucional de la suma del poder. La elaboración de un sistema como el que se expone en aquel libro, por mucho que tenga de ejercicio escolar, de trabajo de taracea con textos ajenos, no se puede improvisar. Y dada la suma de labor intelectual que implica, es legítimo atribuir a Alberdi las ideas que maneja en 1837 como adquiridas varios años antes.
Así las cosas, su actitud no podía ser, frente al predominio del hombre que representaba la causa opuesta a la suya, la que sus antecedentes de círculo y de educación permitían esperar. En las cartas que le escribían sus amigos de Buenos Aires durante su viaje a Tucumán en 1834, cuando aquel debate estaba en su punto más álgido, se transparentaba un gran temor a Rosas, un gran anhelo constitucional que se siente contrariado por las circunstancias. De regreso en el Río de
Tal la génesis psicológica de esa política de la nueva generación. Teniendo ante sí dos caminos: las armas o las ideas, optó por el segundo, como más a su alcance. Para ello se asoció, escribió. Pero, según las palabras de Alberdi, “transó (sic) aparentemente con el poder de entonces, lo agasajó para no ser estorbado por él”. (Alberdi Escritos póstumos, tomo XV, p. 433). Para mí es indudable que en esas palabras hay una esquematización demasiado rígida y torcida, y que en la conducta de los jóvenes acaudillados por Echeverría y Alberdi, hubo más sinceridad, menos maquiavelismo de los que dice este último. Es raro que la extrema juventud se alíe a tanta hipocresía como, aún en medio de los mayores peligros, supone la política que Alberdi esquematiza a posteriori de los hechos en las palabras citadas. Por esos mismos días la juventud liberal italiana arrostraba riesgos muy superiores a los ofrecidos por la severa represión de Rosas; los principillos reaccionarios de la península hicieron correr ríos de sangre entre 1830 y 1836. La diferencia de conducta no se debe a una diferencia fundamental de carácter entre unos y otros jóvenes, sino a la diferente manera de concebir lo operable. Al mismo tiempo que Alberdi tomaba la suya de los publicistas franceses a la moda, Mazzini la combatía en estos. Y la misma juventud liberal argentina que Alberdi presenta como poseedora de una prudencia monstruosa para sus años, daría poco después muestras de audacia sin cálculo, de heroísmo indudable.
La política de transacción entre los fines del iluminismo y el hecho federal parece haber sido sinceramente concebida y planeada a mediados de la cuarta década del ochocientos por aquellos jóvenes espíritus, cuya euforia de poseedores de la única doctrina explicativa de la novedad surgida en el país se nota en sus escritos de entonces, en los discursos de Sastre, Gutiérrez y Alberdi al inaugurar el Salón Literario, en el Preliminar al estudio del derecho. El análisis detenido de esas producciones lo hará más evidente.
V
En enero de 1837, Alberdi imprimió un prospecto de la obra que tenía en preparación sobre los principios del derecho. En él exponía la esencia de los conceptos que encerraría y desarrollaría aquélla. Pocos meses después aparecía el Fragmento preliminar al estudio del derecho. Si el título era largo más lo era el subtítulo, que rezaba como sigue “acompañado de una serie numerosa de consideraciones formando una especie de programa de los trabajos futuros de la inteligencia argentina”. La presunción del tono corresponde a la moda de la época y los cortos años del autor. Alberdi tenía apenas veintisiete, edad en que rara vez pueden dar toda su medida los espíritus filosóficos, que maduran tarde. El manejo de un complicado sistema de ideas en su libro (por artificiosa y poco espontánea que haya sido su redacción), y la conciencia sobre la rareza del hecho, debían de dar a Alberdi un engreimiento que cuadraba con el de sus maestros europeos, los románticos, personajes muy pegados de sí mismos. Pero el sentimiento de Alberdi en el caso no es injustificado. Teniendo en cuanta la circunstancia antes apuntada sobre la estación del florecimiento filosófico, su trabajo es notable. Notable por la concepción general, por la cantidad de filosofía verdadera que (no obstante los prejuicios de escuela) Alberdi ha encerrado en su libro, por su capacidad para el desarrollo de las ideas, por el aplomo de sus juicios, por su independencia de espíritu respecto de los maestros (cuyas fórmulas abandona muchas veces, sustituyéndoles otras de su cosecha), por su discernimiento de la compleja experiencia política nacional.
Vale la pena detenerse a comentar este libro, fundamental en la obra de Alberdi en la parte que interesa al objeto de estos estudios.
La filosofía no le interesaba a nuestro joven autor sino como proveedora de principios a cuya luz debían aparecer con toda claridad sus conceptos sobre el derecho. Este era el objeto permanente del Fragmento preliminar. Desde el principio confiesa Alberdi la evolución sufrida por él (bajo el influjo del publicista francés que introdujo el historicismo alemán en Francia) en la concepción del derecho: “Abrí a Lerminier”, dice, “y sus ardientes páginas hicieron en mis ideas el mismo cambio que en las suyas había operado el libro de Savigny. Dejé de concebir el derecho como una colección de leyes escritas. (Alberdi Escritos jurídicos, T. I, de la ed. de J. V. González). Señalado un extremo de la evolución, pasa a señalar el otro, con el cual entra de lleno en materia. El derecho es, para el autor del Fragmento preliminar “un elemento constitutivo de la sociedad, que se desarrolla con ésta, de una manera individual”, del mismo modo que “el arte, la filosofía, la industria, no son como el derecho, sino fases vivas de la sociedad, cuyo desarrollo se opera en una íntima subordinación a las condiciones de tiempo y lugar”. (Ibid, ps. 14-15); “aunque (el derecho) es indestructible y universal en su substancia, en su principio, su aplicación debe ser tan móvil como las relaciones que preside, y éstas como las necesidades sociales, tan fecundas también como los climas y los siglos”; “el derecho positivo es totalmente adherente, privativo, peculiar de cada pueblo, de cada momento; como dice Montesquieu, sería una rarísima casualidad que pudiese recibir una doble aplicación”. (Ibid, ps. 119-120).
El derecho relativo y variable es para Alberdi, pues, el positivo; no así el derecho natural, cuya inmutabilidad afirma declarando blasfemos a quienes la niegan. Es tan categórico sobre este punto que, en cierto momento, llega a confundir lo que él mismo había distinguido, estableciendo un pasaje del derecho positivo al derecho natural: “Con la serie de los tiempos” dice, “el derecho acaba por tomar una inflexibilidad de hierro” (Ibid, p. 100); y más adelante: “Cada día debe asimilarse más y más el derecho real al derecho racional...” (Ibid, p. 121). Ilusión contradictoria con sus afirmaciones iniciales. Pero una frase de Guizot, que cita de inmediato, remedia la contradicción: “La perfección racional es el fin, pero la imperfección es la condición”.
Otros desfallecimientos encierra el opúsculo, cuyo joven autor suele perderse en un laberinto de distingos, y que tan pronto coloca al derecho en el subordinado lugar que le corresponde como hace de él una disciplina intelectual que engloba a todas sus afines. Mas, pese a los defectos (o tal vez a causa de ellos el Fragmento preliminar es la manifestación más notable de pensamiento filosófico entre nosotros, durante el siglo XIX. Tal aparece también en la excelente página que resume los opuestos vicios del abstractismo jurídico y del historicismo extremos:
“Despreciar la historia, los hechos, la realidad, es oponerse a la fuerza, y negar a esta fuerza su dosis necesaria de verdad y legitimidad, pues que no es fuerza sino porque es o miente ser legítima. Despreciar lo racional, lo filosófico, lo universal, es despreciar la fuente de lo real, de lo histórico, de lo nacional, y por lo tanto, es comprender mal todo esto; es limitar la verdad a la realidad, la filosofía a la historia, todo hecho es verdadero, legítimo, justo, sin otra razón que porque es hecho. Tal es error de la escuela histórica. Sin duda que no es chico. El mejor partido será siempre un temperamento medio entre los extremos, de la escuela histórica que ve la razón en todas partes, y la escuela filosófica que no la ve en ninguna”. (Alberdi Escritos jurídicos, I; p. 123, ed. J. V. González).
Al precepto uniendo el ejemplo, el autor del Fragmento preliminar aplicó a la realidad argentina el criterio expuesto en esa página. La tópica de su aplicación se refiere más a la política que al derecho. Una palabra de su maestro Lerminier, que él califica de profunda: “la vocación del derecho es enteramente política” (Ibid, p. 159), había sacado a Alberdi de la órbita de lo jurídico puro a que se suelen limitar los estudios de los doctores noveles. Y su opúsculo de 1837 no es principalmente el preliminar al estudio del derecho que el título promete, sino un tratado de ciencia política argentina. Más por eso mismo es que el libro ha tenido nuestra atención. Pues lo que este trabajo se propone examinar no son las ideas jurídicas y filosóficas de Alberdi, sino su política, teórica y práctica, y su influencia decisiva en los acontecimientos del Río de
VI
Queda más arriba señalada de paso la esencia de la política emprendida por la joven generación argentina al definirse en el país el triunfo de la causa federal. Hay que insistir sobre ello. Hasta ahora no se ha destacado con exactitud uno de sus aspectos salientes. El Fragmento preliminar es, entre otras cosas, un estatuto intelectual ofrecido por Alberdi a Rosas. Las escapatorias ulteriores del publicista que había cambiado de opción práctica, aceptadas sin examen, han extraviado sobre el verdadero alcance de aquel hecho. Pero la confusión no resiste al estudio de los textos.
Cierto, la política planteada por Alberdi en su opúsculo de 1837 no es capitulación ante el triunfo federal. Es sólo una componenda, en la cual se reservan (para procurarlos a su tiempo) los fines esenciales de la causa opuesta. Su propio carácter imitativo de la política moderada seguida en Francia por los maestros del liberalismo es una prueba más de la seriedad con que Alberdi planteaba la transacción con el rosismo, no como astucia de campaña opositora bajo un régimen de censura de la prensa y despótica represión, sino como expediente de oportunidad para sacarle al despotismo, inevitable por el momento, lo que pudiera dar de sí, a la espera del otro momento en que la causa liberal volviese por todos sus fueros. La joven generación quería galopar al lado del potro, hasta que se amansara.
Pero la transacción, lejos de ser lo accesorio en el opúsculo de Alberdi, es parte fundamental del mismo, como que se enlaza con uno de los dos aspectos esenciales de su doctrina: el que se refiere a la necesidad de que el derecho positivo, relativo y mudable, contemple las exigencias de lugar y de tiempo. En ese criterio se basa todo el examen de la realidad nacional hecho por Alberdi en 1837.
Tomando las cosas desde el comienzo el autor del Fragmento dice: “cuando en mayo de 1810 dimos el primer paso de una sabia jurisprudencia política y aplicamos a la cuestión de nuestra vida política, la ley de las leyes: esta ley quiere ser aplicada con la misma decisión a nuestra vida civil, y a todos los elementos de nuestra sociedad, para completar una independencia fraccionaria hasta hoy”. (Alberdi Escritos jurídicos, I, p. 12 ed. J. V. González). Y agrega que los norteamericanos son “felices...por haber adoptado desde el principio instituciones propias a las circunstancias normales de su ser nacional. Al paso que nuestra historia constitucional no es más que una continua serie de imitaciones forzadas...La guerra y la desolación han debido ser las consecuencias de una semejante lucha contra el imperio del espacio y del tiempo” (Ibid, p. 18); “La inteligencia quiere también su Bolívar, su San Martín” (Ibid, p. 20); “tenemos ya una voluntad propia; nos falta una una inteligencia propia” (Ibid, p. 21); “una nueva era se abre, los pueblos de Sud América, modelada sobre la que hemos empezado nosotros, cuyo doble carácter es: la abdicación de lo exótico, por lo nacional; del plagio, por la espontaneidad; de lo extemporáneo, por lo oportuno; del entusiasmo, por la reflexión; y después, el triunfo de la mayoría popular sobre la minoría popular” (Ibid, p. 40).
Lo nacional, lo auténtico, lo espontáneo de que habla el autor del Fragmento preliminar no es, en resumidas cuentas, lo oportuno. Cuando creíamos que iba a delinear los rasgos particulares de una sociedad adulta, nos sale con que la particularidad que a ella le atribuye es la infancia “No tenemos historia, somos de ayer, nuestra sociedad en embrión... estamos bajo el dominio del instinto” (Ibid, p. 58). Más por lo menos reconoce el valor de la oportunidad en política. Y ello significa la superación del concepto unitario del transplante de las instituciones europeas al nuevo continente, tal y como aparecían en el viejo después de largos siglos de evolución. La polémica que en consecuencia lleva contra el partido derrotado es vigorosísima. Cuando la unidad filosófica, dice, acabe con la incoherencia general, escribiremos nuestro código, “expresión de la unidad social…Tal es lo que parecen no haber comprendido un instante aquellos que han pretendido someter nuestra constitución nacional a una forma unitaria. Y en este sentido nosotros acordamos preferentemente a los que han seguido la idea federativa un sentimiento más fuerte y más acertado de las condiciones de nuestra actualidad nacional” (Ibid, p. 58). Y en otro lugar: “Confesemos que la civilización de los que nos precedieron se había mostrado impolítica y estrecha: había adoptado el sarcasmo como un medio de conquista, sin reparar que la sátira es más terrible que el plomo, porque hiere hasta el alma y sin remedio. No debiera extrañarse que las masas incultas cobraran ojeriza contra una civilización de la que no habían merecido “sino un tratamiento cáustico y hostil"” (Ibid, p. 43). Y por último: “Pretender nivelar el progreso americano al progreso europeo, es desconocer la fecundidad de la naturaleza en el desarrollo de todas sus creaciones: es querer subir tres siglos sobre nosotros mismos” (Ibid).
El autor del Fragmento preliminar describe del siguiente modo la actualidad nacional: “los que piensan que la situación presente de nuestra patria es fenomenal, episódica, excepcional, no han reflexionado con madurez sobre lo que piensan. La historia de los pueblos se desarrolla con una lógica admirable. Hay, no obstante, posiciones casuales, que son siempre efímeras; pero tal no es la nuestra. Nuestra situación, a nuestro ver, es normal, dialéctica, lógica. Se veía venir, era inevitable, debía de llegar más o menos tarde, pues no era más que la consecuencia de premisas que habían sido establecidas de antemano. Si las consecuencias no han sido buenas, la culpa es de los que sentaron las premisas, Y el pueblo no tiene otro pecado que haber seguido el camino de la lógica. La culpa, hemos dicho, no el delito, porque la ignorancia no es delito. ¿En qué consiste esta situación? En el triunfo de la mayoría popular que algún día debía ejercer los derechos políticos de que había sido habilitada. Esta misma mayoría existe en todos los Estados de Sud América, cuya constitución normal tiene con la nuestra una fuerte semejanza que deben a la antigua política colonial que obedecieron juntos. El día que halle representantes, triunfará también, no hay que dudarlo, y ese triunfo será de un ulterior progreso democrático, por más que repugne a nuestras reliquias aristocráticas”. (Alberdi Escritos jurídicos, I, p. 39, ed. J.V. González)
…“Por lo demás, aquí no se trata de calificar nuestra situación actual; sería arrojarnos una prerrogativa de la historia. Es normal, y basta; es porque es, y porque puede no ser. Llegará tal vez un día en que no sea como es, y entonces sería tal vez tan natural como hoy. El Sr. Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo. Y por pueblo no entendemos aquí la clase pensadora, la clase propietaria únicamente, sino también la universalidad, la mayoría, la multitud, la plebe. Lo comprendemos como Aristóteles, como Montesquieu, como Rousseau, como Volney, como Moisés como Jesucristo. Así, si el despotismo pudiese tener lugar entre nosotros, no sería el despotismo de un hombre sino el despotismo de un pueblo: sería la libertad déspota de sí misma; sería la libertad esclava de la libertad. Pero nadie se esclaviza por designio, sino por error. En tal caso, ilustrar la libertad, moralizar la libertad, sería emancipar la libertad”. (Ibid, ps. 36-37).
En esa descripción, el maridaje del historiador y del iluminismo es perfecto. El hecho es dialectizado, pero no juzgado. Y al rehuir el juicio, Alberdi deja adivinar que, de formularlo, habría sido adverso. El sociólogo admite el hecho como exigencia del realismo postulado por la escuela histórica; mas el político idealista no deja de considerarlo un mal, aunque necesario, al encarar -en un prudente condicional- la hipótesis de su maldad, atribuyendo la culpa a quienes sentaron las premisas, es decir, a quienes pretendieron violentar la evolución del país.
El sesgo de esas consideraciones induciría a admitir la aludida escapatoria de Alberdi, que habla de los “sofismas” de su prefacio como de ardides de guerra. No así otros pasajes, que debemos transcribir para mostrar la importancia de la política transigente planteada y durante cierto tiempo ensayada por la nueva generación argentina:
“es…nuestra misión presente”, dice el autor del Fragmento preliminar, “el estudio y el desarrollo pacífico del espíritu americano, bajo la forma más adecuada y propia. Nosotros hemos debido suponer en la persona grande y poderosa que preside nuestros destinos públicos una fuerte intuición de estas verdades, a la vista de su profundo instinto antipático contra las teorías exóticas. Desnudo de las preocupaciones de una ciencia estrecha que no cultivó, es advertido desde luego, por su razón espontánea, de no sé qué de impotente, de ineficaz, de inconducente que existía en los medios de gobierno practicados precedentemente en nuestro país; que estos medios, importados y desnudos de toda originalidad, no podían tener aplicación en una sociedad cuyas condiciones normales de existencia diferían totalmente de aquellas a que debían su origen exótico; que, por tanto, un sistema propio nos era indispensable. Esta exigencia nos había sido ya advertida por eminentes publicistas extranjeros. Debieron estas consideraciones inducirle en nuevos ensayos, cuya apreciación es, sin disputa, una prerrogativa de
Se advierte ahí la misma repugnancia a juzgar el hecho Rosas, y los elogios a éste son nada más que concesiones. Pero es sincero el reconocimiento de su originalidad. Y el carácter de esa originalidad encaja perfectamente en el sistema filosófico sustentado por el autor del Fragmento preliminar. No es difícil que el joven Alberdi se creyera capaz de realizar una política americana original, aunque de modales europeos, superando el ensayo de Rosas. Pero esa ilusión no alcanza a perturbar el juego de las grandes ideas del historicismo que permitían comprender la realidad argentina del momento, tal cual ella se presentaba. Véase cómo insiste Alberdi en sus conceptos:
“No más tutela doctrinaria que la inspección severa de nuestra Historia próxima. Hemos pedido... a la filosofía una explicación del vigor gigantesco del poder actual; la hemos podido encontrar en su carácter altamente representativo. Y en efecto, todo poder que no es la expresión de un pueblo, cae: el pueblo es siempre más fuerte que todos los poderes, y cuando sostiene uno es porque lo aprueba. La plenitud de un poder popular es un síntoma irrecusable de su legitimidad. “La legitimidad del gobierno está en ser -dice Lerminier-. Ni en
Una cita de Napoleón en el mismo sentido es menos adecuada, puesto que al decir: “Todo gobierno que no ha sido impuesto por el extranjero es un gobierno nacional”, el usurpador del trono francés hablaba pro domo sua. Las necesidades de la argumentación han llevado al autor del Fragmento preliminar sin duda más lejos de donde se proponía llegar. Más adelante se verá cómo corrige el concepto de la legitimidad por el sólo hecho del origen popular del gobierno. Pero las anteriores consideraciones estaban destinadas a desvirtuar las habituales tergiversaciones de los emigrados sobre la legitimidad del poder establecido en
“Nada…más estúpido y bestial que la doctrina del asesinato político…Derrocar los gobiernos”, dice, “es pretender mejorar el fruto de un árbol cortándole Dará nuevo fruto, pero siempre malo, porque habrá existido la misma savia; abonar la tierra y regar el árbol será el único medio de mejorar el fruto. ¿A qué conduciría una revolución de poder entre nosotros? ¿Dónde están las ideas nuevas que habría que realizar? Que se practiquen cien cambios materiales, las cosas no quedarán de otro modo que los que están, o no valdrá la mejoría la pena de ser buceada por una revolución. Porque las revoluciones materiales suprimen el tiempo, copan los años y quieren ver de un golpe lo que no puede ser desenvuelto sino al favor del tiempo. Toda revolución material quiere ser fecunda, y cuando no es la realización de una mudanza moral que la ha precedido, abunda en sangre y esterilidad en vez de vida y progreso. Pero la mudanza, la preparación de los espíritus, no se opera en un día. ¿Hemos examinado la situación de los nuestros? Una anarquía y ausencia de creencias filosóficas, literarias, morales, industriales, sociales los dividen. ¿Es peculiar de nosotros el achaque? En aparte; en el resto es común a toda
Aquí aparece perfectamente expuesta la teoría del progreso pacífico difundida en Francia por los maestros del liberalismo europeo, y adoptada con calor por la nueva generación argentina. Hay en ella verdades válidas para todos los tiempos, pero que el mismo Alberdi desconocería pocos meses después, al emigrar a Montevideo y sumarse a la oposición a mano armada contra Rosas, incurriendo en errores admirablemente enrostrados a los unitarios en las páginas del Fragmento preliminar.
VII
¿Cuál fue la razón de que un año y medio más tarde, emigrado Alberdi a Montevideo, trocara esos conceptos de evolución pacífica por los de la necesidad revolucionaria?
Por todo lo que se sabe a ciencia cierta no es presumible que el cierre del Salín Literario, ni la cesación de
Alberdi lo confirma en Escritos póstumos. Pocos meses después de su llegada a Montevideo diría en artículo periodístico: “Emigrados espontáneamente, sin ofensas ni odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía... nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo ninguno personal. Ni a la persona, ni a la administración del señor Rosas tenemos que dirigir quejas personales de injurias que jamás nos hicieron” (Alberdi, Escritos póstumos, XIII, p. 478), y en los citados apuntes autobiográficos, resumiendo su actitud frente a los conflictos internacionales de Rosas con Bolivia, Uruguay y Francia; diría años más tarde de: “La juventud dejó inmediatamente la revolución inteligente (es decir, la del progreso pacífico exaltado en el Fragmento preliminar), y se entregó a la revolución armada: dejó las ideas y tomó la acción: este camino le pareció preferible, por ser más corto. Diplomacia, concesiones, manejos parlamentarios, todo quedó a un lado con las letras: la juventud dio la cara y se proclamó en guerra abierta con la tiranía. Ella no olvidó que el país no contenía elementos suficientes de reacción; y que era indispensable para hacer girar la rueda de la revolución adoptar un eje extranjero. Bolivia podía servir a este fin a falta de otro poder mayor. El Estado Oriental, con mucha más razón que Bolivia; pero ninguno como
Veamos en qué consistía esa cuestión francesa y cómo la tomaron los jóvenes liberales que emigraron para aprovecharla desde fuera, prescindiendo (como dice Alberdi) de la cuestión de derecho y mirándola “solo del lado de la utilidad revolucionaria” (Ibid, p. 436).
Es lo que haremos en una segunda parte de esta publicación.
*Artículo publicado en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas Nº 1, Buenos Aires, Enero 1939.