viernes 25 de febrero de 2011

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES HISTÓRICAS “JUAN MANUEL DE ROSAS”*



Manuel Gálvez en su juventud, fue uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.


Han transcurrido más de 85 años desde Caseros y la Historia oficial argentina mantiene el fallo condenatorio dictado por los vencedores, contra la época en que actuó y gobernó el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas, bajo el pretexto de que su juicio estaba definitivamente sustanciado y concluido.

Por varios motivos se impuso a las generaciones posteriores la obligación de considerar irrevisable aquel fallo. A parte el encono y la pasión puesta en juego, era evidente que ese criterio de interpretación histórica respecto a Rosas, no podía someterse a un proceso de revaloración más equitativo, en los momentos mismos en que el ideario político a que esa interpretación servía, comenzaba a aplicarse en el país, se configuraba en una Constitución y se afianzabas en el Gobierno.

Más el tiempo transcurrido y la circunstancia de que el derecho a la revisión se niega con más tenacidad que nunca, nos ha llevado a pensar si no hay en esa obcecación algo más grave que un mero recurso utilitario de oportunismo político o simple pasión atávica. Y efectivamente, hemos advertido que el motivo subordinante de la prohibición era la necesidad de evitar que la resistencia esforzada y sacrificada que mantuvo Rosas contra el extranjero, cuando éste pretendió avasallar nuestra soberanía, ofreciera contrastes demasiados enérgicos con algunos conceptos que la generación del 53 tenía acerca del patrimonio argentino e inscribió en el repertorio constitucional.

Como al organizarnos en esta Asociación no nos proponemos estudiar la época de Rosas para ilustrar convicciones doctrinarias sobre formas de gobierno, quedará fuera de nuestro alcance el cotejo entre el ideario político de aquella generación y el conjunto de operaciones y soluciones de orden práctico que hace del gobierno de Rosas un modelo de realismo y sagacidad política.

Pero en cambio, lo que de ningún modo puede callar el patriotismo, es que ese cotejo pone de manifiesto una diferencia sensible entre Rosas y sus adversarios, en cuanto al modo de entender y defender los intereses nacionales. Todo el gobierno de primero, que contó siempre con la voluntad nacional, es una sola y vigorosa respuesta a los más auténticos interrogantes nacionales, a las necesidades de la defensa armada y de su integridad territorial, al anhelo de la Nación en solicitud de un Estado soberano que la abarque y la interprete, sin menoscabo de su tradición y de su dignidad. Sus enemigos por el contrario, inspirados en otras tesis políticas, no lograron estructurar un Estado propio, en la acepción estricta del término, dejando abiertas las brechas por dónde se infiltraron fuerzas exóticas e intereses contrarios a la integridad de sus suelo y al acrecentamiento y distribución de su riqueza.

Frente a la experiencia iniciada el 53 cuyos frutos advierte nuestra época, Rosas se presenta nuevamente a la conciencia pública argentina como el hombre de un destino frustrado por una conspiración de intereses y de fuerzas anti-nacionales. El deber patriótico de retomar ese destino, implica el de estudiar a fondo la época en que fueran jalonadas sus primeras y más geniales directivas.

Aquél es el móvil, éste es el objeto de nuestra Asociación.

*Primera Declaración del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, aprobada por la Asamblea General de socios el 6 de agosto de 1938.


PRIMERA COMISIÓN DIRECTIVA DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES “JUAN MANUEL DE ROSAS”

Presidente: Gral. Juan B. Ithurbide

Vice-Presidente 1º: Dr. Manuel Gálvez

Vice-Presidente 2º: Tte. Cnel. Evaristo Ramírez Juárez

Secretario General: Dr. Ramón Doll

Secretario de la Sección Publicaciones: Dr. Ernesto Palacio

Id. de Archivo y Biblioteca: Sr. Julio Irazusta

Id. de Divulgación y Conferencias: Sr. Roberto de Laferrere

Id. de Administración: Dr. Ricardo Font Ezcurra

Vocales: Dr. Carlos Steffens Soler, Sr. Rodolfo Irazusta, Dr. Mario Lassaga, Sr. ISIDORO GARCÍA SANTILLÁN, Sr. ALBERTO EZCURRA MEDRANO, Sr. ALBERTO CONTRERAS. Dr. ALFREDO VILLEGAS OROMÍ, y Dr. LUIS M. DE PABLO PARDO.

lunes 21 de febrero de 2011

LA HISTORIA OFICIAL, CLARÍN Y UN PLUMÍFERO



Por Jorge O. Sulé

Cuando ya creíamos apagadas las grotescas alucinaciones contra Juan Manuel de Rosas, fruto del acalorado partidismo político post Caseros, vemos aparecer entre las cenizas de la historia oficial algunos rescoldos mortecinos que ya no pueden dar luz sobre las generalidades de una interpretación genuina y leal de la historia argentina.

Estos rescoldos anacrónicos han sido sacados de sus cenizas por el diario “Clarín” en su edición del domingo 28 de noviembre de 2010 alentados por el soplo denigratorio de un tal Marcelo Moreno, su autor firmante.

No nos referiremos al cargo “pecaminoso” de estanciero que el autor le endilga a Rosas, ni tampoco nos referiremos al “impiadoso masacrador de indios” que también le prodiga. Sobre la extracción sociológica de Rosas y la direccionalidad de su gestión política y económica ya se ha escrito mucho por lo que el autor de la nota debería estar actualizado, en cuanto a las relaciones de Rosas con los indios le recomendamos que consulte los propios testimonios de los indios de la época, aunque sabemos que las obras revisionistas fueron y son en gran parte silenciadas antes que refutadas o calumniadas antes que leídas. Por lo que vamos a detenernos en una perla que el autor cree encontrar para denigrar a Rosas y de paso pretende politiquear con la historia intentando un patético paralelismo entre Videla y Galtieri con Rosas.

Se trata del juicio que se les efectuó a los Reinafé –el gobernador federal de Córdoba y sus hermanos-, acusados del asesinato de Quiroga ocurrido en Córdoba el 16 de febrero de 1835.

El contexto histórico es el siguiente: fusilamiento de Dorrego y sus oficiales en Buenos Aires, asesinato del gobernador Latorre de Salta, asesinato de Quiroga en Córdoba, conspiraciones de los unitarios para retornar al poder etc., anarquía en suma. La Sala de Representantes sin vacilar y unánimemente designa a Rosas gobernador de Buenos Aires con la Suma del Poder Público, contexto que el autor omite. Omite también decir que Rosas exigió el juicio de los criminales en Córdoba. Omite decir que José Vicente Reinafé, el gobernador, un día antes del asesinato, se trasladó a la Villa del Rosario preparando su coartada, delegando el mando en su ministro Domingo Aguirre. Omite decir que Aguirre nombra una comisión investigadora integrada por dos empleados del mismo gobierno, uno de ellos sobrino de Francisco Reinafé. Omite decir que la comisión designada da largas al asunto y finalmente acusa a una partida santiagueña. Omite decir que, vuelto José Vicente, sigue dando largas al asunto expresando “esperemos el bostezo de los pueblos sobre el acontecimiento del finado Quiroga el que creo que quede en los papeles” en carta a su hermano Francisco. Se suceden los meses; la impresión era que se echaba tierra y todo quedaría en el olvido. El 7 de agosto a José Vicente en la gobernación le sucede Pedro Nolasco Rodríguez, suegro de José Antonio Reinafé. Ya habían pasado seis meses sin decisión. Rosas entra en cólera y exige el enjuiciamiento de los responsables. Finalmente, ante las presiones de Rosas, Rodríguez anuncia la captura de los hermanos Reinafé, dejándolos escapar previamente.

Francisco escapa a Montevideo, José Antonio a Antofagasta, Guillermo se esconde en las sierras. Los únicos detenidos son José Vicente, que cuenta con la coartada de haber delegado el gobierno, y Santos Pérez, el jefe de la partida asesina.

Rodríguez, en un último intento en salvar a sus parientes, dispone la confección de un tercer sumario; nueva dilación. Rosas, con la anuencia de Estanislao López pide derechamente al congreso provincial que se elija gobernador a Manuel López. Después de otras dilaciones a cargo de Santiago Derqui, presidente del congreso cordobés, es nombrado Manuel López y éste remite a los presos que han sido recapturados a Buenos Aires.

Por resolución de las provincias, cosa que también omite decir el plumífero a sueldo; Buenos Aires a través de Rosas debe juzgarlos.

Rosas delega el sumario y la sentencia en Manuel Vicente Maza, detalle que también omite decir el plumífero de marras. Santos Pérez confiesa haber seguido directivas de sus superiores, Guillermo como José Vicente y José Antonio culpan a Francisco fugado a Montevideo. Los procesados nombran a sus defensores. Uno de ellos Marcelo Gamboa presenta un escrito. No hace una defensa de fondo sino una requisitoria contra la falta de una constitución escrita. A su entender, los Reinafé no podían ser juzgados por una delegación de los gobernadores provinciales por Buenos Aires y pide publicar su defensa. Rosas se molesta con duro lenguaje “solo un atrevido insolente, pícaro legista…etc.” ha podido presentarse bajo la apariencia de ejercer un derecho de defensa “un pedido de publicar un escrito de propaganda política”. Rosas lo condena a subrayar “uno a uno los renglones de su atrevida presentación”, no salir a más distancia de veinte cuadras de la Plaza de la Victoria, no ejercer su profesión de abogado. “No cargar la divisa federal” si no cumpliese sería “paseado por las calles en un burro celeste”. No se sabe si Gamboa cumplió la pena de subrayar “los renglones”…ni de alejarse más de veinte cuadras, posiblemente cumplida por tratarse de una ciudad cuyo radio urbano no pasaba de quince cuadras. Pero no fue cumplida la de no ejercer su profesión porque ese mismo año firmaba escritos profesionales, incluso siguió el proceso de los Reinafé. Todo esto lo omite el turiferario de turno. Gamboa no fue perseguido ni paseado en el burro celeste ni sufrió arrestos ni visitas de la policía en los tiempos difíciles de 1840 y 1843. Ni tampoco Gamboa después de Caseros reclamó por alguna persecución en épocas de Rosas. Maza se pronuncia finalmente aconsejando el fusilamiento de Santos Pérez, los Reinafé que quedan y 17 de los 28 efectivos de la partida. Pasó la sentencia a Rosas que pide dictamen al asesor de Estado Dr. Lahitte quien solicita su confirmación. Los defensores, entre ellos Gamboa a quien se le ha levantado la inhibición, piden que se conmuten las penas. Rosas solicita informes a Maza y Lahitte que se pronuncian por el cumplimiento de la sentencia pero aconsejan se rebajen la de los soldados.

En la sentencia definitiva del 9 de octubre de 1836, de 17 soldados sentenciados se reducen a 3. El 26 de ese mes se efectúa la ejecución de los asesinos de Quiroga.

El Sr. Moreno en su nota en Clarín aligeró las cosas, silenció hechos y circunstancias, descontextualizó el relato, se valió de gazapos repetidos y descalificados por la investigación y quiso politiquear con la historia.

Esto último un escritor que estime su oficio no lo debe hacer y es definitivamente imposible cuando no se sabe historia ni se interpreta medianamente la política.

viernes 11 de febrero de 2011

HOMENAJE AL BRIGADIER GENERAL JUAN FACUNDO QUIROGA EN EL 176 ANIVERSARIO DE SU PASO A LA INMORTALIDAD


Miércoles 16 de Febrero 8:00 hs.




Cementerio de la Recoleta (Bóveda de la familia Quiroga-Demarchi).


“No hay que hacerle campo a la realización del inicuo proyecto de Rivadavia de esclavizar las provincias y hacerlas gemir al carro de Rivadavia, para de este modo fácilmente enajenar al país en general y hacer también desaparecer la Religión de Jesucristo” (Juan Facundo Quiroga).

miércoles 9 de febrero de 2011

LA HISTORIA OFICIAL Y LA HISTORIA





Por Ernesto Palacio*


Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años, un fenómeno perturbador: la indiferencia cada vez mayor de los alumnos ante las nociones que se le imparten. Es inútil que aquellos engolen la voz, es inútil que apelen al patriotismo y pretendan comunicar a los oyentes un entusiasmo que juzgan saludable por las virtudes de Rivadavia y de Sarmiento: consiguen, a los sumo, un “succés d’ estime”. La historia que dictan NO INTERESA, interesa cada vez menos a la población escolar. Este es el hecho indiscutible, que suele atribuirse corrientemente a la influencia de doctrinas exóticas o al origen extranjero de gran parte de los estudiantes. “¡Hay que apretarles las clavijas a estos hijos de gringos!” he oído exclamar de buena fe a un pedagogo, mientras aplicaba la represalia del aplazo. Esto no mejora las cosas. El fenómeno no sólo subsiste, sino que se agrava. Si se tiene en cuenta que los estudiantes de historia argentina cursan el cuarto año y son ya adolescentes con capacidad para razonar; si se tiene en cuenta que esa es la edad en que la personalidad se forma y se definen las vocaciones, dicha indiferencia adquiere importancia excepcional. La interpretación xenófoba, con sus consecuencias de solapada guerra civil, no puede satisfacernos. No es verdad que nuestros muchachos, cualquiera sea su origen, se desinteresen por las cosas que atañen a la patria. Están, por el contrario, ávidos de verdades útiles y son sensibles a todas las influencias inteligentes y generosas. ¡Hay que ver la atención apasionada con que siguen, por ejemplo, cualquier explicación leal sobre nuestros problemas vitales de nuestro comercio exterior! Aquí toda indiferencia desaparece y la preocupación patriótica se advierte en la expresión reconcentrada, en la contracción de los músculos, en los gestos nerviosos, alusivos a la urgencia de los grandes remedios. Si dicha indiferencia no puede atribuirse a la causa alegada, es indudable que debe achacarse a la materia misma, tal como hoy se dicta. Sabido es que, aparte de la guerra de la independencia, enseñada con acento antiespañolista, los motivos de exaltación que ofrecen nuestros manuales son la Asamblea del año XIII, con sus reformas ¡liberales!, el gobierno de Martín Rodríguez, la Asociación de Mayo ¡tan intelectual!, las campañas “libertadoras” de Lavalle, Caseros y –gloriosa coronación- las presidencias de Sarmiento y Avellaneda. Cuestiones de límites, no las hemos tenido; somos pacifistas. Guerra con Bolivia; pero ¿hubo tal guerra? En cuanto a la frontera oriental, es obvio que el Brasil sólo se ha ocupado de favorecernos, y que si alguna dificultad tuvimos, fue por culpa del “bárbaro” Artigas…Los alumnos se aburren mortalmente; no “le encuentran la vuelta a todo eso”. La historia. argentina, “telle qu’on la parte”, no conserva ningún elemento estimulante, ninguna enseñanza actual. Los argumentos heredados para exaltar a unos y condenar a otros han perdido toda eficacia. Nada nos dicen frente a los problemas urgentes que la actualidad nos plantea.
Historia convencional, escrita para servir propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones. El trabajo de restauración de la verdad, proseguido con entusiasmo por un grupo cada vez mayor de estudiosos, no ha llegado a conmover la versión oficial, que pronto se solemnizará en una veintena de volúmenes bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Será sin duda un monumento; pero un monumento sepulcral que encerrará un cadáver. No es posible obstinarse contra el espíritu de los tiempos. Ante el empeño de enseñar una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni 1a verdadera ni la oficial. No hay un abogado, un médico, un ingeniero que (salvo casos de vocación especial) sepan historia. Y es porque, en las lecciones que recibieron, sospechan confusamente la existencia de una enorme mistificación.
No entraré a considerar las causas que dieron origen a lo que llamo versión oficial de nuestra historia ni la legitimidad de la misma, porque ello nos llevaría a enfrentarnos con los problemas fundamentales del conocimiento histórico. Diré solamente que dicha versión no se ha independizado, que sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros, en una época en que se creía que el mundo marchaba, sin perturbaciones, hacia la felicidad universal bajo la égida del liberalismo y en que no sospechaban los conflictos que acarrearía la revolución industrial, ni la expansión del capitalismo, ni la lucha de clases, ni el fascismo, ni el comunismo. Impuesta por Mitre y por López tiene ahora por paladín al arriba citado doctor Levene, lo que, en mi entender, es altamente significativo. Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se la destinaba; fué el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea, el partido de la “civilización”. No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos; se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas Universidades, donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es “mal administrador”. Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos . Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a 1a independencia con respecto al extranjero. Se exaltó al prócer de levita frente a1 caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado. Con este bagaje y sus consecuencias –un pacifismo sentimental y quimérico, un acentuado complejo de inferioridad nacional- nos encontramos ante un mundo en que todos estos principios han fracasado. La solidaridad universal por el intercambio, que postulaba el liberalismo, se ha roto definitivamente. Vivimos tiempos duros. El imperialismo del soborno ha sido suplantado por el imperialismo de presa. Hay que ser, o perecer. ¿Cómo no van a sonar a hueco los dogmas oficiales? ¿Cómo pretender que nuestros jóvenes se entusiasmen con una “enfiteusis” u otra genialidad por el estilo, cuando les está golpeando los ojos 1a realidad política de una crisis mundial, con surgimiento y caída de imperios? Es la angustia por nuestro destino inmediato lo que explica el actual renacimiento de los estudios históricos en nuestro país, con su consecuencia natural: la exaltación de Rosas. Frente a las doctrinas de descastamiento, un anhelo de autenticidad; frente a las doctrinas de entrega, una voluntad de autonomía; frente al escepticismo, que niega las propias virtudes para simular las ajenas, una gran fe en nuestro pueblo y en sus posibilidades. Las condiciones del mundo actual demuestran que Rosas tenía razón y que las soluciones de nuestro futuro se encontrarán en los principios que él defendió hasta el heroísmo, y no en los principios de sus adversarios, que nos han traído al pantano moral en que hoy estamos hundidos hasta el eje. Basta lo dicho para expresar que la nuestra no es una posición simplemente “historiográfica” y que nos interesan muy poco los pleitos por galletita más o menos que puede plantear un doctor Dellepiane. Los hechos son conocidos y en este terreno la batalla ha sido totalmente ganada con los trabajos de Saldías, Quesada, Ibarguren, Molinari, Font Ezcurra etc., que han puesto en descubierto la mistificación unitaria. Lo más importante, reside hoy, a mi entender, en la interpretación y valorización de los hechos ciertos, en la forma realizada por algunos de los citados y, principalmente, por Julio Irazusta en su breve pero admirable “Ensayo”. Nadie niega que Rosas defendió la integridad y la independencia de la República. Nadie niega que esa lucha fue una lucha desigual y heroica y que terminó con un triunfo para 1a patria. Nadie niega que durante las dos décadas de su dominación, debió resistir a la presión externa aliada con la traición interna y que, cuando cayó, había ya una nación argentina. Contra estos altos méritos sólo se invocan objeciones “ideológcas”, promovidas por los “speculatists" que, al decir de Burke, pretenden adecuar la realidad a sus teorías y cuyas objeciones son tan válidas contra el peor como contra el mejor gobierno, “porque no hacen cuestión de eficacia, sino de competencia y de título”. (1). Frente a tal actitud, que implica -repito- una subversión de valores, se impone previamente una restauración de los valores menospreciados. Si fuera mejor, como opinaba Alberdi, la libertad interna que 1a independencia nacional; si fuera moralmente más sana la codicia que el heroísmo; si fuera más deseable la utilidad que el honor; si fuera más glorioso fundar escuelas que fundar una patria, tendría razón la historia oficial. Pero la filosofía política y la experiencia secular nos enseñan que los pueblos que pierden la independencia pierden también las libertades; que los pueblos que pierden el honor pierden también el provecho. Esto lo sabemos bien los argentinos. ¿Cómo no habríamos de volver los ojos angustiados al recuerdo del Restaurador? Rosas representa el honor, la unidad, la independencia de la patria. Mirada a la luz de principios razonables, la historia argentina nos muestra tres fechas crucia1es: 1810; el año 20 que vió la reacción armada contra la tentativa colonizadora a base del príncipe de Luca, y la resistencia de Rosas contra una empresa análoga, pero mas peligrosa. Si después del 53 seguimos siendo una nación, a Rosas se lo debemos, a la unión que se remachó durante su dictadura y que la ulterior tentativa secesionista no logro quebrar. Esto lo han reconocido hasta sus peones enemigos, empezando por el mismo Sarmiento. Siendo así ¿cómo no guardarle gratitud, cómo no admirar su grandeza? Yo creo que ésta es evidente y que quienes no la perciben padecen de incapacidad para percibir la grandeza en general y permanecerían igualmente impasibles -salvo su sometimiento pasivo al juicio heredado- ante la de un Bismarck o un Cronwell. Prueba de ello es que no pasa inadvertida a los observadores extranjeros que se asoman a nuestra historia, como ocurre con el mejicano Carlos Pereyra y con el alemán Oswald Spengler. La grandeza de Rosas pertenece al mismo orden que la reconocida por Carlyle a Federico II de Prusia, quien “ahorrando sus hombres y su pólvora, defendió a una pequeña Prusia contra toda Europa, año tras año durante siete años, hasta que Europa se cansó y abandonó la empresa como imposible” (2). Alemania le levanta estatuas a su héroe en todas las ciudades. Por eso es grande Alemania. Nosotros lo proscribimos al nuestro y tratamos de proscribir también su memoria, mientras les erigimos monumentos a quienes entregaron fracciones del territorio nacional y nos impusieron un estatuto de factoría. Porque era ¡un tirano!... Es decir, porque tuvo que sacrificar toda su energía y desplegar el máximo de su autoridad para salvar a la patria en el momento más crítico de su historia; porque persiguió como debía a quienes se empeñaban en fraccionar el territorio, y no obtuvo otro premio que la satisfacción de haber cumplido con su deber. Era, como dice Goethe, “el que DEBIA mandar y que en el mando mismo entra su felicidad”.

Wer befehlem soll
Muss im befehlem Seligkeit empfinlem.

La primera obligación de la inteligencia argentina hoy en la glorificación -no ya rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino. Esta glorificación señalará el despertar definitivo de la conciencia nacional. Los tiempos están maduros para la restauración de la verdad, que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas, explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de nuestros adolescentes un legítimo orgullo patriótico. Esto es lo que hoy, trágicamente, falta. Los próceres de la historia heredada, los próceres CIVILES representan y hacen amar (cuando lo consiguen) conceptos abstractos: la civilización, la instrucción pública, el régimen constitucional. Rosas, en cambio, nos hace amar la patria misma, que podría prescindir de esas ventajas, pero no de su integridad ni de su honor.


(1) Reflexions on French Revolution, pág. 164.
(2) Frederick the. Great. T. I, pág. 21.
(3) Fausto. 2a parte, 4º acto.


*Artículo publicado en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, Año I, Número I. Enero de 1939.