jueves 27 de enero de 2011

“LA SENDA DEL SAMURAI” (APUNTES SOBRE LOS ORÍGENES DEL JAPÓN MODERNO)

Mutsuhito.


Samurai.

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

A la memoria de Moisés Mauricio Prelooker

“Es mejor prender una vela que maldecir las tinieblas” (Confucio).

Desde hace ya muchos años constituye un lugar común entre los “analistas de café” el célebre apotegma de un premio Nóbel de economía que sentenció: “Existen cuatro clases de países en el mundo: Desarrollados, subdesarrollados, Japón y la Argentina”, dando a entender que un país pródigo en recursos materiales y humanos no tiene nada y que otro, sometido a las adversidades del medio geográfico y a las trágicas vicisitudes de su historia lo tiene todo.
Dicha frase a pasado a integrar la larga lista de sentencias autodenigratorias con las cuales la “intelligentzia” y sus voceros que, pontifican respecto a la “nociva” experiencia histórica de los protagonismos populares y nos estigmatizan como representantes del pensamiento arcaico o resabios de ideologías perimidas y arrasadas por los vientos de una discutible globalización. Omiten destacar que el Japón pudo convertirse en un país moderno porque fue atípico, porque se aferró a sus instituciones tradicionales, porque mantuvo en forma inquebrantable su propia personalidad nacional.
El desarrollo japonés se caracterizó por un elevadísimo ritmo de acumulación, sobre todo de capital productivo. La reinversión llegó a la tercera parte del producto en el largo período de prosperidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial. El capitalismo japonés fue fundamentalmente austero, no solo en los estratos superiores, sino en toda la población
Los gastos militares, que antes constituían el 7% del producto, se redujeron a niveles insignificantes a partir del gobierno del general Mc Arthur. Por otra parte, el mismo gobierno japonés impuso una reforma agraria más avanzada que la que habían deseado algunos reformadores. El desmantelamiento de las fuerzas armadas liberó a muchos técnicos, que iniciaron modestas empresas que después alcanzaron dimensiones gigantescas. El gobierno y la iniciativa privada incorporaron masivamente la tecnología de Occidente, sobre todo por el envío sistemático de gente a formarse en el exterior. Pero no renegó de sus propios valores ni abjuró de su historia y su tradición. Solo se admitieron las trasnacionales cuando el Japón pudo tenerlas y competir con ellas.
Ahora bien, ¿A qué se debe la austeridad del capitalismo japonés?, ¿Algunos pueblos están predestinados a la acumulación previsora y otros al derroche por su carácter nacional o por un determinismo genético?, ¿Existe algún fatalismo histórico que lleva a algunas naciones a la prosperidad y a otras a la pobreza y a la dependencia?

Indagando el pasado

En 1543, un barco comercial portugués que iba rumbo a China naufragó en alta mar y después de varias semanas de estar a la deriva encalló en la isla Tanegashima en el extremo sur de Kyushu. Los tripulantes fueron rescatados por los isleños, quienes repararon el buque portugués para que pudieran volver a su patria. Los portugueses, muy agradecidos, hicieron una demostración de “tubos negros que lanzaban fuego estruendosos y simultáneamente dan al blanco con una distancia de más de setenta metros”. El señor feudal de Tanegashima se asombró por la precisión con que alcanzaron el blanco las balas y compró dos ejemplares a cambio de una cuantiosa cantidad de plata. Fueron los primeros fusiles que se conocieron en Japón.
Unos años después, los portugueses volvieron a Japón trayendo muchos fusiles tratando de venderlos bien; pero el precio que lograron no llegaba al nivel esperado. Después de varios días de frustración, los portugueses descubrieron que ya en el mercado japonés estaban en venta gran cantidad de fusiles fabricados por los japoneses. Resultó que el señor de Tanegashima (Tokitaka, 1528–1579) al comprar los dos fusiles, ordenó a su súbdito, Kinbei Yaita, encontrar la manera efectiva de reproducirlos. Kinbei desarmó los fusiles y con la ayuda profesional de los herreros de espadas logró dominar la metodología para fabricarlos.
La técnica de manufactura de fusiles fue transmitida a Sakai (en aquella época era el centro comercial “industrial” de Japón. Se ubica al lado de Osaka). Los herreros especializados en producir las famosas espadas japonesas dominaban los secretos de cómo forjar el acero y dar tratamiento térmico más adecuado para aumentar la resistencia del metal. Tenían sus talleres alrededor de Sakai y empezaron a manufacturar los fusiles con mejores resultados que los originales en cuanto a la calidad de la puntería y resistencia al calor.
Al principio, los tradicionales señores feudales no reconocieron el verdadero valor de los fusiles. Los consideraban armas cobardes e indignas de un samurai y rechazaron darles un lugar merecido en la estrategia militar. Pero la historia de Japón fue drásticamente modificada a partir de la batalla de Nagashino en 1575, cuyos protagonistas no fueron famosos caballeros con armaduras, lanzas y espadas, sino desconocidos fusileros.
Este episodio, y posteriores, se encuentra en el encantador e imprescindible libro de Kanji Kikuchi: “El origen del poder. Historia de una nación llamada Japón” (Sudamericana. 1993) de obligatoria lectura para quien quiera aproximarse al espíritu nipón. Con este incidente, se inicia una lucha de cuatro siglos contra las tentativas de los “bárbaros del este”, es decir, los occidentales.
Una sociedad jerárquica

Hasta 1867 existía en Japón una estructura de poder dual. El emperador, con residencia en Kyoto, resumía la autoridad religiosa y la santificación de la jerarquía social, pues otorgaba títulos y poderes nobiliarios, pero carecía de funciones políticas reales. El verdadero poder estaba en manos de los grandes señores feudales, los daimyos, entre los cuales descolló Tokugawa, quien dio su nombre a todo este período. El emperador era un personaje sin poder real, relegado a un papel simbólico, de carácter esencialmente religioso. El verdadero jefe de gobierno era el shogun, equivalente al chambelán de palacio de los francos, que ejercía un cargo igualmente hereditario.

Al servicio de los daimyos estaba la casta militar de los samurai y, en la base, los labradores (no), los artesanos (ko), los comerciantes (sho) y los desclasados (hinin, “no humanos”); todos despreciados y oprimidos al no ejercer la actividad guerrera, y sujetos a disposiciones rigurosas sobre vestimenta, prohibición de montar a caballo, etc.
Los daimyos y sus guerreros profesionales, los samurai, combinaban una difusa lealtad al emperador y a las antiguas instituciones con una despiadada explotación de los campesinos, cuya situación era tan desesperante que los inducía con frecuencia al mabiki (infanticidio) con el objeto de los niños sobrevivientes pudieran seguir alimentándose.
Los occidentales intentaron repetidas veces poner el pie en el Japón, aunque los shogun – en un intento desesperado de cortar todo lazo con Occidente – llegaron a prohibir la construcción de barcos oceánicos y a castigar con la pena de muerte el arribo de extranjeros. Pero todo cambió con la penetración imperialista: en 1853, cuatro barcos pintados de negro dirigidos por el Comodoro norteamericano M. C. Perry (1794-1858) aparecieron el la bahía de Tokio (Edo de entonces) y exigieron la apertura del Japón. ¿La razón?, aunque parezca increíble: las ballenas.
En aquel entonces, los puertos japoneses se necesitaban como bases de reabastecimiento para los buques balleneros norteamericanos. Los estadounidenses, conquistando la frontera oeste, llegaron a California. La población norteamericana estaba en franca expansión y la demanda de la grasa de ballena, una suerte de petróleo de la época, como aceite para las lámparas y la materia prima para fabricar alimentos y jabones, crecía cada vez más. Al principio, los norteamericanos cazaban ballenas en el Océano Atlántico, pero al exterminarlas (los cachalotes del Atlántico), se trasladaron al Pacifico y pronto se convirtieron en los dueños del Océano Pacífico del Norte. Los buques balleneros salían de su base en California y tomaban a las islas Hawai como base de reabastecimiento. Según la estadística del año 1846, los buques balleneros norteamericanos en el Océano Pacífico sumaban 736 y la producción anual de aceite de ballena llegó a 27.000 toneladas.
Estos buques balleneros persiguiendo cachalotes navegaron desde el mar de Behring hasta la costa norte del Japón. Entrando al siglo XIX, los buques balleneros norteamericanos aparecieron varias veces en la costa japonesa, pidiendo suministros de agua y comida, además de combustible. Porque la autonomía de esos balleneros que navegaban a vapor no era suficiente para un viaje que demandara más de cinco meses. Conseguir la base de reabastecimiento en Japón, o no, era de vital importancia para mejorar la productividad de estos buques factorías. Sin embargo, las autoridades locales de las pequeñas aldeas de pescadores del Japón automáticamente rechazaron a los buques balleneros y ni siquiera les permitieron desembarcar. Para ellos no hubo ningún motivo de discusión al cumplir la orden de la Carta Magna celosamente respetada durante siglos por sus antepasados. A nadie le importaba el por qué del aislamiento. No tratar con los extranjeros era simplemente una regla de juego que había que cumplir so pena de muerte, y punto. La ley de aislamiento ya formaba parte del ser japonés.[[1]]
El Comodoro Perry volvió a la bahía de Edo en el año siguiente (1854), esta vez con siete negros buques de guerra, y llegó hasta la distancia adecuada para el alcance de sus modernos cañones que apuntaban al castillo y a la ciudad de Edo, y exigió de nuevo la apertura. El Shogunato de Tokugawa, completamente asustado, firmó el acuerdo de amistad con Norteamérica, concediendo dos puertos como base de reabastecimiento para sus barcos: Shimeda y Hakodate.
De esta manera, el aislamiento en que el Japón vivía desde el comienzo del siglo XVII fue levantado a la fuerza por la escuadra de Perry. Ese año arribó al Japón el primer Cónsul General de Norteamérica, Mr. Harris (1804-78). La misión del señor Harris era lograr la firma del Tratado de Libre Comercio bilateral con el Gobierno del Japón. Inmediatamente lograron concesiones similares Inglaterra, Holanda, Francia y Rusia.
Esto contribuyó a desprestigiar al Shogun, y el Emperador, apoyado por una parte de la nobleza, de los samurai que controlaban la flota y el ejército, y de algunas poderosas familias de banqueros, depuso al Shogun, destruyó el poder territorial de la nobleza feudal e impuso un régimen centralizado: un ministerio de quince miembros, fuerzas armadas unificadas, impuestos, administración y justicia nacionales.
El grito que surgió en Japón, sin embargo, fue Isshin: volvamos al pasado, recobremos lo perdido. Era lo opuesto a una actitud revolucionaria. Ni siquiera era progresiva. Unida al grito de “Restauremos al Emperador”, surgió el de “Arrojemos a los bárbaros”, igualmente popular. La nación apoyaba el programa de volver a la edad dorada del aislamiento, y los pocos dirigentes que vieron cuán imposible era seguir semejante camino fueron asesinados por sus esfuerzos de renovación.
Con la misma terca determinación con que se habían negado durante cuatro siglos a todo contacto con los extranjeros (salvo la curiosa excepción de los holandeses, que eran tolerados, pero confinados en una isla artificial) los japoneses se lanzaron a la aventura de vencer a los occidentales con sus propias armas. Se acusó al shogun – uno de cuyos títulos era el de “generalísimo dominador de los bárbaros” – de ser incapaz de impedir la humillación nacional, se le obligó a renunciar y se desencadenó un tsunami bautizado como “Restauración Meiji”.

La Restauración Meiji

Desde 1867 ocupaba el trono imperial un muchacho de quince años, Mutsuhito, quien adoptó en 1868 para designar su reinado el nombre del año en curso, Meiji (“gobierno ilustrado”). Los eruditos del culto nacional (Shinto) habían ganado mucho apoyo para su concepción de que el Japón era un país superior, por contar con una casa imperial fundada por la Diosa del Sol. Estas enseñanzas – que constituían en realidad la doctrina nacional japonesa – fueron rescatadas por los grandes señores feudales del sudoeste del Japón, que querían debilitar la institución del Shogunato para imponer su propia autoridad.
Cuando el Estado se configura como tal, a partir de la acumulación mercantil, elementos como la religión (transformación cultural del animismo, según algunos antropólogos), queda incorporado al orden estatal como regulador del consenso.
Se levantó así la bandera del “retorno a lo antiguo” (fukkó) y los jóvenes samurai, violentamente antiextranjeros – que se habían vinculado extensamente entre si a través de años de entrenamiento en las academias de la espada, y que a menudo eran pobres – se plegaron al bando de los daimyos del sur, y derrocaron al último shogun, entregando el poder al emperador adolescente, en cuyo nombre se había realizado todo el movimiento.
En 1868 los principales señores feudales fueron convocados al palacio imperial de Kyoto, donde se proclamó la restauración del poder imperial. Al año siguiente la capital fue trasladada a Tokio, y se inició la construcción del Japón moderno.
Para 1889 se había creado una monarquía constitucional fuertemente oligárquica, con dos cámaras: la de los pares, vitalicios, designados por el emperador y elegidos por los grandes propietarios, y la de diputados, elegida por los habitantes que pagan censo (500.000 sobre 50 millones que componían la población total. El apoyo directo del régimen lo constituía la casta militar.
Tales cambios no modificaron la situación del jornalero agrícola, ferozmente explotado, y fueron acompañados por el empobrecimiento brutal de los pequeños campesinos propietarios, que debieron vender e hipotecar sus tierras. Tampoco se evitaron totalmente las tensiones entre la casta militar y la nueva burguesía. Pero la estructura samurai, actuando sobre el capitalismo existente y el poder fuertemente centralizado, dio origen a un desarrollo aceleradísimo, que se benefició del éxodo de los campesinos arruinados y de los obreros agrícolas, empujados por la miseria hacia las ciudades, donde formaron un enorme ejército de mano de obra barata.
La centralización del poder permitió que, en lugar del tradicional laissez-faire de los capitalismos occidentales, se instituyera un fuerte capitalismo de Estado, que mediante la asociación con la nueva oligarquía, dio origen a una rápida trustificación, tanto en la banca como en la industria. El Estado creó y modernizó la industria del hierro, del acero y las empresas textiles, cediéndolas luego a los particulares. Se crearon instituciones bancarias a imitación de las de Estados Unidos, y los comerciantes japoneses, apoyados por el Estado, desplazaron a los extranjeros.
El período llamado Meiji significó así la estructuración en pocos años de una sociedad capitalista centralizada, monopólica, militarista, que producía a muy bajos costos debido a lo económico de la mano de obra. Estaban dadas todas las condiciones para que Japón se lanzara a la expansión imperialista y territorial, en conflicto con las otras potencias, y en primer término con Rusia, con la que debía dirimir la hegemonía sobre la costa asiática del Pacífico. [[2]]

Pilares de la transformación

Los líderes revolucionario-tradicionalistas estaban convencidos que la fuerza de los países occidentales provenía de tres factores:

1) el constitucionalismo, que originaba la unidad nacional.
2) La industrialización, que proporcionaba fuerza material
3) Un ejército bien preparado. La nueva consigna fue: “país rico, armas fuertes” (fukoku-kyohei).
Basados en estas premisas pusieron en marcha drásticas reformas que significaron en poco tiempo la liquidación de toda la estructura de la sociedad feudal. En primer término se obligó a los grandes daimyos a revertir sus propiedades al trono, que era considerado titular de toda la tierra japonesa. Los señores feudales, en un primera etapa, fueron nombrados gobernadores de sus antiguos feudos.
Pero eso duró poco. En 1871 los gobernadores-daimyos fueron convocados a Tokio, se les entregó un título de nobleza, a la usanza occidental, y se les quitaron sus cargos, al mismo tiempo que se declaraba abolido oficialmente el feudalismo. Los 300 feudos fueron convertidos en 72 prefecturas y tres distritos metropolitanos.
No menos decidida fue la campaña contra la estratificación social que había predominado durante la época feudal. Era fácil otorgar títulos y generosas pensiones a los grandes señores feudales, pero resultaba mucho más difícil reubicar a más de dos millones de samurai y demás dependientes, sin dinero y sin tierras. A éstos se les concedió una pensión igual a una parte de su antiguo estipendio, y cuando la erogación resultó una carga demasiado pesada para el erario, se los sustituyó por bonos del tesoro, inconvertibles y de bajo interés. Se les prohibió también portar espada y seguir exhibiendo su característica coleta.
Pronto las pensiones y bonos se esfumaron, pues la inflación devoró gran parte de su valor. Por otra parte, los samurai carecían de capacidad para adaptarse a las nuevas condiciones imperantes. En 1873, el mazazo final: se instituyó la conscripción obligatoria, con lo cual los samurai perdieron su tradicional monopolio del servicio militar. Hubo motines, por supuesto, pero fueron sofocados. El más célebre fue el de Saigo.
Caballos desbocados
Después de la Restauración Meiji, los samurai que pelearon para derrocar el régimen feudal, advirtieron que habían sido utilizados y que su premio había sido la desocupación y la pérdida de todos sus privilegios. Al hecho de no poder portar katana ni la indumentaria que los había caracterizado durante siglos se sumaba la obligación de tener que trasladarse a Tokio (ex Edo) con el consiguiente abandono de sus castillos tradicionales y la separación de sus súbditos. Era el precio a pagar por la modernización a la que consideraban una traición a los valores tradicionales y nacionales y una imitación servil de todo lo extranjero.
Takamori Saigo, quien fuera Comandante Supremo de las Fuerzas Unidas Reales que derrotaron al Shogunato, surgió por propia gravitación como líder de los descontentos.
Por esa época, al igual que la actual, Rusia porfiaba en lograr puertos cálidos en el sur, que no se congelaran en el invierno (Tal fue una de las principales causas, sino la principal, de la invasión a Afganistán), en algún lugar en la Bahía del Mar Amarillo o en la costa coreana. Por ello el Imperio Ruso se interesaba tanto en Manchuria o en la Península Coreana a las que Japón consideraba vitales para su defensa. Saigo intentó resolver militarmente los dos frentes aprovechando la energía latente de los samurai ora desempleados y planeó la invasión de Corea. El rechazo a sus planes detonó la rebelión de Satsuma de 1877.
Fue la última de las grandes protestas armadas contra las reformas del nuevo gobierno Meiji, y sobre todo contra aquellas que representaban una amenaza para la clase samurai al acabar con sus privilegios sociales, reducir sus ingresos y obstaculizar su tradicional estilo de vida. Son muchos los samurai de Satsuma que en 1873 abandonaron el gobierno junto a Saigo, resentidos por el rechazo a la propuesta de éste de invadir Corea y por el proceso de reforma, que parecía hacer caso omiso a sus intereses. La rebelión surgirá por fin en enero de 1877, acabando con el suicidio de Saigo. Cuenta la tradición que se quitó la vida cometiendo el tradicional seppuku (harakiri) junto con trescientos de sus últimos seguidores.
Junto con Saigo, murieron los samurai como fuerza política vigente. Pero la imagen que dejaron, idealizada y embellecida, renació inmediatamente después de la muerte como símbolo de la ética del pueblo. El espíritu honorable de los samurai y sus almas nobles empezaron a buscar un lugar en el corazón de los ciudadanos comunes de Japón. Hoy se venera su memoria junto a las leyendas de los Marinos de Tsushima, el general Kuribayashi de Iwo Jima o los más de 300 pilotos Kamikaze de la Segunda Guerra Mundial.
Con ligeras variantes, este episodio fue narrado en las novelas de Yukio Mishima, las películas de Kurosawa o en la versión hollywoodense de “El último samurai”.

Como generar capital sin endeudarse

La abolición de los señores feudales y la expropiación de sus feudos hizo posible desechar el viejo sistema de tenencia de la tierra e instituir un sistema impositivo regular y confiable. Los líderes del Japón moderno estaban convencidos de que sólo podían y debían depender de sus propios recursos. Para obtenerlos no vacilaron en decretar un impuesto en dinero del 3% sobre los valores inmobiliarios, para lo cual se realizó previamente, en 1873, un censo agrario, determinando sus tasaciones sobre la base de los rendimientos medios en los años anteriores. Este censo permitió también otorgar títulos de propiedad a los campesinos, a quienes se liberó de todas las tabas feudales, dándoles entera libertad para escoger sus propias siembras.
Todas estas medidas requirieron cierto tiempo, y como implicaban cambios fundamentales, hubo momentos de gran confusión y frecuentes desajustes, que provocaron levantamientos y manifestaciones de campesinos. Sin embargo, la entrega en propiedad a los campesinos, junto con las enérgicas medidas adoptadas por el nuevo régimen para promover los adelantos tecnológicos y adoptar nuevos fertilizantes y semillas seleccionadas, produjeron finalmente un enorme incremento en la producción agraria. Sobre esas bases se construyó el Japón moderno, que en tres décadas pasó de sus inofensivos barcos de guerra de madera a una poderosa flota, con la cual el almirante Togo hundió en el estrecho de Tsushima (1905) a toda la flota rusa del Báltico, que acudía a Extremo Oriente para tratar de levantar el bloqueo japonés.
El impuesto a la tierra y la emisión de papel moneda avalado por los valores inmobiliarios se convirtieron durante varias décadas en la principal fuente de recursos del Estado japonés.
En toda su historia, el Japón sólo ha hecho uso de un préstamo inglés de un millón y medio de libras esterlinas.
Así, en el plazo de una generación y contando solamente con sus propias fuerzas, el Japón se convirtió en una gran potencia. Téngase en cuenta para valorar lo realizado, la extrema pobreza del territorio japonés, que obliga a depender tanto del mar como de la tierra para alimentarse. La alternativa consistía en convertirse en una colonia europea o norteamericana, a lo cual Japón parecía predestinado por su carencia de recursos materiales y su falta de tradición tecnológica. Eligió otro camino.
Japón probó que un pueblo asiático era capaz de desarrollar los adelantos técnico-industriales ostentados por los occidentales, y luego enfrentar militarmente a estos, aún derrotándolos, como sucedió con Rusia. El Japón, como ejemplo que demostraba la mentira occidental de una superioridad basada en la raza o en recónditas cualidades espirituales, contó con las simpatía del naciente movimiento nacionalista, tanto chino como indio, indonesio, vietnamita, birmano, malayo o filipino.

¿Imitación o creatividad endógena?

La autogestión y la imitación ¿Son en realidad dos polos opuestos? Un país que desee acelerar su industrialización debe ser capaz de reconciliar ambos aspectos, como lo demuestra la experiencia japonesa.
En 1875 el gobierno Meiji inició la primera fábrica moderna de manufactura de hierro, en Kamaishi, bajo la supervisión de un ingeniero británico. Durante veinte años habían operado allí pequeños hornos, construidos también conforme a un diseño extranjero, pero sin ingenieros extranjeros. Los hornos habían tenido dificultades financieras, pero técnicamente habían tenido éxito. Con todo, el gobierno ignoró esta tecnología tradicional y prefirió los métodos británicos. Los resultados fueron desastrosos. Al cabo de cien días se acabó en carbón. Después de un tiempo se reanudó la producción utilizando coque. Pero esto dio por resultado la congelación del hierro y el coque en el horno y, así, hubo de clausurarse toda la planta.
La investigación tecnológica e histórica señala las tres causas siguientes del fracaso: había una amplia brecha entre la modernidad de la tecnología en que se basaba el nuevo horno y la forma anticuada de producir carbón: la ubicación de los hornos y el sistema total de transporte no eran adecuados para proporcionar rápidamente materia prima, y el diseño del horno mismo era fundamentalmente defectuoso. Además, la operación era dirigida por extranjeros, quienes no tomaron en consideración las características del mineral de hierro y el carbón japoneses. Debe añadirse una cuarta causa, a saber, la veneración por Occidente que sentía el gobierno. Este fracaso inicial de establecer la industria moderna del hierro en Japón demuestra claramente los peligros de importar tecnología sin prestar atención a las condiciones locales, y también demuestra la ventaja dela tecnología doméstica, es decir, su integración prioritaria con las condiciones locales.
Si deseamos examinar intentos anteriores de crear un moderno sector de la manufactura de hierro, podemos volvernos a la historia de la fundición de cañones. Aquí encontramos lo que se puede designar como el “modelo de la autogestión /imitación”, que podría demostrar ser un ejemplo valiosos para los países actualmente en desarrollo. Los hornos de reverbero en Saga, Kagoshima, Nirayama, Tottori y Hagi se basaban todos en un libro en idioma holandés. Hubo un prolongado proceso de prueba y error: tan solo la mitad del hierro se fundía, los cañones estallaban al primer disparo, etc... Pero no debe pasarse por alto el hecho de que, en medio de innumerables fracasos tuvieron un progreso constante. En efecto, en solo unos cuantos años todos los problemas iniciales habían sido superados y para fines del período Edo (1600 –1868) habían construido alrededor de doscientos cañones, incluyendo tres con rayado en espiral, que eran el último avance en la Europa contemporánea. Pese a innumerables fracasos, la velocidad con que asimilaban la nueva técnica exógena nos parece sorprendente. Ha habido muchos debates acerca de las razones de esta velocidad, pero aquí es de interés especial la posición adoptada por el profesor Shuji Ohashi: Usando sus estudios detallados sobre la metalurgia del hierro en las postrimerías del período Edo, el profesor Ohashi ha mostrado tres etapas diferentes en el proceso de formación de la tecnología del fundido de cañones en Saga. Cada una de estas etapas tuvo su propia contraparte en el desarrollo europeo.
La primera etapa fue el fundido de cañones de bronce. En Japón, este período duró de 1842 a 1859, mientras que la misma tecnología en Europa había permanecido en la etapa del bronce hasta mediados del siglo XVII. En ambos lugares, constituyó la base histórica para el fundido de cañones posterior. En Japón, esta segunda etapa de fundir cañones de hierro tuvo lugar entre 1851 y 1859 y correspondió a un avance que tuvo lugar en Europa desde mediados del siglo XVII a la década de 1850. La tercera etapa, que data de 1863, se centró en la capacidad de hacer cañones rayados de acero fundido. Esta etapa correspondió al desarrollo europeo desde la década de 1840. Debe observarse que, aunque cada etapa cubrió solo un breve período de tiempo, Saga había pasado exactamente por las mismas etapas y en el mismo orden que Europa.
En este desarrollo, confiaron no sólo en su propia experiencia en el fundido de cañones de bronce, sino también en muchos otros logros de la ciencia y la tecnología locales, tales como la elaboración de ladrillo refractarios, la utilización de la energía hidráulica, la aritmética japonesa local y, sobre todo, la totalidad de la tecnología doméstica de manufactura de hierro. Los artesanos desde hacía tiempo habían hecho armas, tales como espadas y pistolas, e implementos agrícolas tales como rastrillos y hoces de hierro en bruto y acero. Las temperaturas de sus horno eran comparables a la de los altos hornos. Así, los artesanos tenían un nivel notablemente alto en el arte del forjado y la fundición, y estaban bien informados acerca del comportamiento del hierro fundido y otros materiales diversos en altas temperaturas.
Sin el apoyo sólido de la tecnología local y de sus propias experiencias en las tecnologías precedentes, no puede esperarse que tenga éxito cualquier intento de imitación. Esto está fuera de toda dudad. Pero ¿podrían haber alcanzado los mismos resultado sin imitación alguna?. Sin duda, pero posiblemente con mucha lentitud. El intento de imitar un modelo occidental sin duda los alentó.
Exactamente debido a que sus intentos de fundir cañones fueron una imitación de tecnología exógena, estos intentos fueron acompañados por problemas nuevos, previamente desconocidos. La resolución de éstos requería de un nivel de destreza tecnológica más alto que el que realmente habían logrado los ingenieros. Afortunadamente, las brechas que se encontraban cada vez eran lo suficientemente pequeñas como para superarlas. Pero, debido a la presencia de estas brechas, el incremento de sus habilidades puede describirse mejor como una serie de “saltos” en vez de cómo un simple progreso.
El desarrollo tecnológico japonés ha conocido muchos saltos así, uno de los cuales, por lo general, se considera como la fecha de nacimiento de la moderna industria del hierro de Japón: el primero de diciembre de 1857 vio encenderse el primer fuego en el alto horno de Kamaishi, un horno de carbón que una vez más se basó en el libro único mencionado arriba. Claro está que, fuera de estos saltos, hubo fracasos, pero también éstos fueron importantes, ya que prepararon a los ingenieros japoneses para su siguiente salto. Esta característica (es decir, una serie de saltos pequeños) del desarrollo tecnológico japonés es extremadamente importante para los países actualmente en desarrollo. En la medida que los países emergentes pretenden alcanzar el mismo nivel tecnológico que los países desarrollados en un período de tiempo más corto, sus planes de desarrollo necesariamente deben diseñarse como una serie de saltos.
Los problemas sociales relacionados con los saltos tecnológicos también deben ser interesantes para los países que inician su propio desarrollo. Los saltos técnicos deben ser vistos en sus contextos sociales e históricos. Pues, aunque en sí es un logro tecnológico, cada salto siempre fue parte inseparable de algún movimiento social histórico. El primer salto surgió de la agitación que comenzó con el choque social ocasionado por la Guerra del Opio y la aparición de buques de guerra occidentales y que terminó con la caída del gobierno Edo. Muchos cañones fundidos durante esa época fueron disparados contra el gobierno de Tokuwaga así como contra escuadrones occidentales. El segundo salto, claro está, estuvo asociado con el gran cambio social después de la Revolución Meiji, y el tercero con la tensión internacional entre la guerra ruso-japonesa. Mas tarde, también, los acontecimientos históricos siguieron siendo el incentivo de los saltos.
Hablando de manera general, en siempre que Japón tuvo siempre éxito en utilizar la pasión nacionalista creada por los períodos de agitación, y emplearla como fuerza motriz para un salto tecnológico. Esto sigue siendo verdad. Por ejemplo, los dirigentes japoneses hicieron uso pleno de la crisis del petróleo en 1973 a fin de crear un sentimiento de urgencia que pudieron aprovechar para el desarrollo integral de tecnología economizadora de energía.
Respecto a los sentimientos nacionalistas como ayuda para crear un salto tecnológico, un período especialmente interesante de la ciencia y tecnología japonesas es el período entre las dos guerras mundiales. La Primera Guerra Mundial impresionó mucho a los japoneses con las virtudes de la ciencia. Mas concretamente, habían sufrido varios tipos de carencias porque hubo que detener ciertas importaciones, y admiraban a los alemanes por haber inventado materiales sustitutos, bajo circunstancias similares, gracias a su ingenio científico. La tendencia que comenzó con esta guerra fue la “ciencia de los recursos”, que significaba la ciencia para asegurarse los recursos y para la invención de sustitutos, así como la ciencia de los “materiales de los recursos”. El problema que Japón había afrontado durante la guerra fue una especie de “dependencia tecnológica” parecida a la que puede verse ahora en los países periféricos. En consecuencia, más tarde se recalcó la independencia respecto de la tecnología occidental.[[3]]

El respeto a la propia cultura, clave del éxito japonés

¿Cómo puede una sociedad reaccionar a las influencias exógenas y desarrollar capacidades potenciales endógenas? El hecho de que ambas van de la mano se ha demostrado repetidamente a lo largo de la historia. Como hemos visto, la experiencia japonesa misma lo comprueba: Japón fracasó cuando trató sencillamente de importar el conocimiento, sin tener en cuenta las condiciones propias. E incluso Europa lo había tomado en préstamo y lo había integrado, ya que en la temprana edad de este milenio Europa aprendió mucho de la ciencia y técnica altamente avanzadas de las zonas culturales árabe, hindú y china. Este proceso incluyó abundantes ejemplos de imitación y préstamo. Pero, una vez arraigados en la cultura europea, estos elementos exógenos permitieron que surgiera la energía latente en las condiciones domésticas europeas. Y Europa comenzó a desarrollarse rápidamente.
Sobre la industrialización del Japón existen los excelentes estudios del profesor Kazuko Tsurumi, que rechaza la opinión que considera la ciencia y la tecnología como entidades independientes de la cultura de cualquier sociedad en particular. Cada cultura tiene sus propias formas tradicionales de conocer y hacer. Esto significa que habrá un conflicto entre toda la tecnología prestada y la cultura local del país que la pide en préstamo, conflicto que no puede resolverse sino en el momento en que la tecnología se haya integrado a la cultura. El profesor Tsurumi investigó los conflictos en la tecnología local de la manufactura del hierro en el período Meiji en Japón. Este enfoque se recomienda a sí mismo como un método tecnosociológico. Si comparamos los diversos conflictos ocasionados por la importación de tecnología en algunos países, podemos encontrar muchas claves para la comprensión de la relación entre tecnología y cultura social. No obstante, al comparar China y Japón, el profesor Tsurumi siempre parece considerar la autogestión de manera favorable y positiva, refiriéndose a la imitación en términos negativos. Pero sería imposible para los países en desarrollo alcanzar la industrialización sin imitar o tomar a préstamo tecnología. Tal el caso de nuestra industria metalmetalúrgica de aplicación agrícola.

Un país capitalista atípico

Como Rusia, el Japón llegó tarde al desarrollo capitalista. Pero a diferencia de aquella, a partir de la Revolución Meiji de 1867, el sistema feudal fue superado en forma muy acelerada, por un lado; por el otro, también a diferencia de la burguesía rusa, la japonesa, apoyada en un fuerte capitalismo de Estado, logró controlar férreamente el proceso excluyendo del mismo la presencia y penetración del capital extranjero.
La modernización del Japón, ocurrida de este modo, prácticamente se salteó el período del capitalismo de libre competencia, pasando en forma casi directa del feudalismo al capitalismo monopolista. La Restauración Meiji (1868) convirtió al Japón en un país moderno, aunque atípico. En realidad, tendríamos que señalar que pudo convertirse en un país moderno porque fue atípico, porque se aferró a sus instituciones tradicionales, porque mantuvo en forma inquebrantable su propia personalidad nacional.
Ese espíritu independiente se puso de manifiesto en todos los terrenos. En lo referente al desarrollo industrial japonés, este fue totalmente autofinanciado, y los nipones no pidieron el más mínimo crédito a Occidente. Los bancos controlados por el Estado y ampliamente provistos de fondos provenientes de la recaudación del impuesto a la tierra, suministraron todos los capitales necesarios para crear la industria pesada y la liviana. Una vez que se consolidaron las grandes familias (zaibatzu), dotadas de enorme poder económico y político, e integradas en algunos casos por parientes y amigos de los líderes Meiji, se les fueron entregando las plantas industriales. El desarrollo tuvo un ritmo impresionante, pero gracias al bajísimo nivel de vida de la población.
Al mismo tiempo, se producía una profunda revolución político - religiosa. Un decreto imperial de 1890, que amalgamaba elementos confucianos y shintoístas, estableció la política educacional del nuevo régimen. Las lealtades feudales fueron reemplazadas por la lealtad a la Nación, encarnada en la figura mítica del Emperador, como un deber patriótico ineludible. Se inculcó en todos los estratos sociales el ideal samurai del honor y la lealtad, que de este modo se convirtió en la herencia legada por los antiguos clanes dominantes. También quedó claramente en vigencia la veneración por los ancianos – rasgo típico de toda cultura arcaica – y los estadistas de mayor edad, después de abandonar la función pública, integraban una especie de gerontocracia, formando un consejo asesor que mantuvo en forma inflexible la continuidad y la coherencia de la política japonesa.
No se podría comprender nada de lo que ocurrió en Japón en estos cien largos años sin tener presente esta mezcla inextricable de lo antiguo y lo moderno. Y digámoslo con claridad: para que un país se realice debe asumir plenamente su destino y su tradición nacional, es decir, debe de tener como punto de referencia su futuro y su pasado.
En estos términos es posible comprender lo que ocurrió en Japón. En ese país se mantenía totalmente viva, apenas recubierta por un débil estrato feudal, la cultura arcaica, que liga al hombre con su tierra y consigo mismo, esa sociedad que el mundo occidental niega, porque lo toca demasiado de cerca, o que lo relega a los pueblos que llama “primitivos” (Véase al respecto las obras de Pierre Clastres). La Restauración Meiji rescató y permitió el afloramiento de dos aspectos básicos de esta sociedad, en las condiciones históricas muy especiales de ese aislado país insular:
1) la lealtad a la institución imperial, en la cual habían quedado sintetizados y simbolizados todos los valores espirituales de la aldea arcaica, y
2) el odio a los bárbaros es decir, hacia la civilización occidental, en lo cual no se equivocaban en absoluto, porque esa civilización representaba una amenaza clara de destrucción de todos sus valores esenciales.[[4]]

Civilización y Barbarie

¿Por qué pudieron los japoneses afianzar su existencia como nación ante las presiones de todas las potenciales coloniales?
Disentimos en un todo con las explicaciones reduccionistas de ciertos “analistas” que atribuyen el desarrollo nipón a su espíritu imitativo y pragmático. Esta, explicación, elemental por cierto, que atribuye a una civilización milenaria un supuesto deslumbramiento por la técnica y la cultura de Occidente, se da, como hemos visto, de bruces con la realidad, con la historia del Japón. No es otra cosa, que una de las tantas manifestaciones de etnocentrismo occidental.
El Japón evitó ser aplastado e impuso su presencia como nación porque se replegó sobre sus propias tradiciones, que se apoyan en el basamento inconmovible de la cultura arcaica, cimiento insustituible de una comunidad bien organizada.
De este modo se constituyó, como hemos dicho, en el heraldo de las reivindicaciones nacionales de otras naciones asiáticas. Lo logró porque a partir de sus propios valores, plenamente vigentes, antepuso ante todo lo demás su reconstrucción nacional, tras ser el único pueblo del planeta en sufrir una agresión atómica, aceptó una total austeridad, desechó todo lo superfluo y contando solamente con sus propias fuerzas se colocó en dos décadas a la vanguardia de las potencias industriales.
Comprendieron que en el dilema “civilización o barbarie” tan caro al pensamiento de nuestros liberales; que llegaron a importar maestras norteamericanas que ni siquiera sabían el castellano y esgrimieron la consigna para realizar una salvaje campaña de “limpieza étnica” con las montoneras del interior, que civilización es lo propio y barbarie lo extraño. Y los países que lo advierten tienen defensas más eficaces ante el intento la imposición del pensamiento único, mediante el bombardeo masivo de los medios de comunicación donde se ofrece un supuesto mundo racionalista y eficiente. “Un infierno climatizado que nos quieren vender como felicidad” decía Julio Cortázar. Un racionalismo que ha realizado un asalto despiadado e irracional contra el hombre y la naturaleza y una eficacia que se traduce en crisis y guerras eternas.
Al igual que el Japón. Debemos afirmar que nuestro propios valores y nuestras propias esencias son mas trascendentes, porque hacemos propio el certero axioma de Le Corbusier: “Lo que permanece, en las empresas humanas, no es lo que sirve, sino lo que conmueve”

[1] Kikuchi, Kenji. “El origen del Poder. Historia de una nación llamada Japón” Bs.As. Sudamericana.1993
[2] Benedict, Ruth “El Crisantemo y la Espada”. Madrid. Alianza Editorial. 1974
[3] Hemos tomado algunos datos del Dr. Tetsuro Nakaoka de la Universidad Metropolitana de Osaka
[4] Prelooker, Moisés Mauricio “Historia de un capitalismo austero”. En “Aletheia” Nº 2 Bs.As. Julio de 1984

viernes 21 de enero de 2011

JOSÉ MARÍA ROSA Y LOS MILITARES DEL PROCESO




Por Enrique Manson



El año 1978 la dictadura cívico-militar que se había bautizado Proceso de Reorganización Nacional pasaba por su mejor momento.

La guerrilla estaba liquidada. En realidad su capacidad combatiente ya no existía en marzo de 1976, pero a mediados del ’78 la cacería de disidentes había pasado con éxito la prueba, y las mazmorras estaban colmadas de desaparecidos.

El 25 de junio, un exultante Videla había entregado, en un estadio de River colmado, la copa de campeones del mundo a Daniel Passarella. Como decía Massera, el triunfo demostraba que la Argentina estaba para grandes logros.

La gestión económica de Martínez de Hoz parecía funcionar viento en popa, abandonando el “decadente intervencionismo estatal” que, según el súper ministro, había frenado a la Argentina por décadas. Los políticos se manifestaban conformes con la marcha de la gestión. Así lo habían dicho, al cumplirse el primer aniversario del secuestro helitransportado de Isabel Perón, hombres como el dirigente radical que proponía “una solución a la portuguesa, con un primer ministro”. Un ex ministro peronista decía que los justicialistas eran optimistas “ma non tropo,” en cuanto a la salida política. Tales afirmaciones se publicaron en el diario La Opinión por pluma de Fanor Díaz, en un artículo titulado El silencio de los políticos. “Los restantes políticos consultados,” señala Díaz, “más allá de críticas parciales y secundarias, se mostraron coincidentes en el apoyo al gobierno militar, especialmente en lo que hacía a la guerra sucia.”

La organización sindical había sido aplastada, aunque algunos gremios producían acciones aisladas, como los paros de Luz y Fuerza de 1976 –que costaron la desaparición de Oscar Smith- y los realizados en empresas automotrices. Pero habría que esperar a abril del año siguiente para asistir a un paro general.

Sólo un grupo de mujeres, que el diario Buenos Aires Herald llamaba The mad women, el sábado 30 de abril de 1977 a las tres y media de la tarde, se habían reunido en la plaza de Mayo para iniciar sus rondas en las que reclamaban por sus hijos desaparecidos.

En ese escenario, el 27 de julio, se dio a conocer un libro en el que el periodista Pablo José Hernández relataba sus Conversaciones con un historiador nacionalista en el que los dictadores parecían no haberse interesado. Era José María Rosa.

Era un volumen de memorias en forma de largo reportaje. Pero entre los acontecimientos familiares, los orígenes del nacionalismo y del revisionismo histórico en los años ’30, y las andanzas políticas y diplomáticas del protagonista en tiempos aparentemente lejanos, se filtraban inocentes comentarios sobre la política griega reciente que, en su condición de embajador argentino, había podido observar.


Con minucioso interés, Rosa –observador imparcial- describía el fin de la dictadura de los coroneles, y especialmente, el juicio al que se sometió a esos militares golpistas al reestablecerse el régimen constitucional.

“Poco antes de las elecciones,… el ambiente contra los militares era total, se ordenó la prisión de los revolucionarios de 1967, acusados ‘por la alta traición de deponer a las autoridades constitucionales’. Creo que fue un proceso único en la historia: comparecieron ante la Corte de Casación de Atenas, el más alto tribunal griego…, unos revolucionarios acusados de haber triunfado en su revolución...Grecia sentó una jurisprudencia que encontró favorable resonancia en Europa…. fueron apresados Papadoupoulus y la junta de coroneles sin darse el motivo. Se creyó en una maniobra política de (el primer ministro) Caramanlis porque el prestigio de los militares estaba muy en baja, y los opositores… hacían cargos al gobierno de lenidad con los tiranos. El aplauso de la gente fue total, y Caramanlis ganó las elecciones por un margen que no se esperaba, 54% de los votos…Al poco tiempo se supo que el Supremo Tribunal de Atenas… los juzgaría por la denuncia de un particular –no del gobierno- que les imputaba nada menos que ‘traición a la patria’. En una primera audiencia…, el abogado del acusador dijo ‘que la constitución obliga a un soldado a defender a la patria y a las autoridades constituidas y no haberlo hecho era una traición a la patria misma´…las cosas fueron poniéndose graves. Veinte jefes que aceptaron haber dado las órdenes que movilizaron a las tropas…, fueron detenidos por el juez de instrucción…Mientras se sustanciaba el sumario…, el parlamento votó por unanimidad… una ley estableciendo que el delito de ‘traición a la patria’ es imprescriptible…al abrirse ante el Supremo Tribunal, con gran estrépito de fotografías, radio, televisión, periodistas extranjeros, el proceso a los veintiún coroneles. No se los acusaba de rebelión sino de traición a la patria. La requisitoria del fiscal (que al hacérmela traducir me pareció una brillante pieza) hacía un distingo entre el delito de rebelión que comete un civil cuando se alza contra el gobierno, y el de traición de un grupo de militares que valiéndose de la instrucción, organización y armas que les da la patria para combatir al enemigo o defender el orden interno, levantan las fuerzas armadas contra las autoridades constituidas. No obran como ciudadanos –decía- sino como militares en un campo ajeno a su profesión. No importaban las buenas intenciones que los hubieran movido, su proceder era una traición y pedía para ellos la pena de muerte…Papadoupoulus leyó una defensa basada en la ‘necesidad de salvar a la patria del desorden, la corrupción y el comunismo’ dijo “encontrarse en paz con su conciencia” y terminaba apelando “al tribunal de la historia”
…la sentencia del tribunal fue inmediata: ‘Pena de muerte por delito de traición a la Patria’. De inmediato un ujier trajo una nota del gobierno: en atención a la buena fe de los imputados que ignoraban que su hecho constituía una traición a la patria, se les conmutaba la pena de muerte por la de reclusión perpetua...”.

En esa época, yo integraba un grupo de profesores de Historia que colaboraba con el Maestro en otra publicación, y Rosa nos comentaba en su estudio lo que le estaba dictando a Hernández para el libro. Lo hacía con una fruición que coincidía con lo que alguna vez le señaló su amigo Arturo Jauretche: “Vos hablás de la historia con rencor de contemporáneo”.

Es que no estaba hablando de historia. En alguna oportunidad, Pablo le hizo una entrevista al locutor Antonio Carrizo. A la hora del café, éste le preguntó: “Che ¿Cuando usted le preguntaba sobre los militares griegos, estaban hablando de la Argentina?”.

Es que a Pepe Rosa, al decir de su compañero de exilio Miguel Unamuno, “no le entraban las balas”. ¿Lo hubieran desaparecido los chacales si hubieran sido capaces de entender el mensaje oculto? No nos interesa escribir sobre lo que habría pasado, si hubiese pasado lo que no pasó. Lo cierto es que el hombre que había creído alguna vez en Uriburu, por antiyrigoyenismo confeso, el que había apoyado al movimiento del 4 de junio por creer que ese era el camino para afirmar la soberanía nacional en los años ’40, hacía rato que se había alineado con el pueblo. Y así como se había jugado la vida con Valle contra los fusiladotes de 1956, seguía poniéndose en la línea de fuego, cuando los dirigentes políticos actuaban con comprensible prudencia, porque los castigos eran terribles.

Su expresión de deseos, que eso era lo que sentía cuando hablaba “con rencor de contemporáneo” –como decía Jauretche- de Grecia para no mencionar a “la Argentina” -como supuso Carrizo- no fue su último choque con los más salvajes tiranos que soportó nuestra historia.

En la revista Línea, en noviembre de 1981, los llamó pendejos, aunque poniendo la expresión en boca del rey Alfonso el Sabio, y los tildó de Subversivos y corruptos, lo que le valió una querella por injurias, que le iniciaron Videla, Massera y Agosti. De ese juicio cuenta Alberto González Arzac: “Íbamos a las audiencias como quien va a la guerra, salíamos de Línea…con un grupo de muchachos…acompañándolo a Don Pepe. En los pasillos quedaba la muchachada esperando la suerte de él; a la sala de audiencias entrábamos Pepe y yo, que era su abogado; adentro, un juez del proceso que presentaba en todas sus paredes fotos de él codeándose con almirantes, generales y brigadieres. Las partes eran representadas por brigadieres, generales y almirantes, todos ellos auditores que señalaban con el dedo a Don Pepe. Y ¿cuál era la reacción de Don Pepe? … no perdía el humor y decía ‘El gobierno del Partido Militar’… y cuando le llamaban la atención decía: ‘Bueno, disculpe Su Señoría’…

A mí me corría frío por la espalda y el ni se inmutaba… todavía desaparecían personas… los operativos se sucedían por doquier y ¡Don Pepe, con ese par de pelotas que tenía, manifestándose allí de esa manera!”


viernes 14 de enero de 2011

17 DE NOVIEMBRE DE 1972: TRIUNFO POPULAR SOBRE EL DESAMOR



Por Pablo A. Vázquez

“Hicimos esta revolución para que el hijo del barrendero siga siendo barrendero!” Con esta honestidad brutal un marino de alta graduación le espetó a un par de dirigentes sindicales que esperaban ser interrogados a fines de 1955.

Desestabilización, bombardeos y acciones armadas desencadenaron el golpe de dicho año, terminando con el gobierno constitucional de Perón. De la tibieza de Lonardi a los fuegos de Aramburu y Rojas la intensión fue una: exterminar al peronismo.

Fui sorprendido al inicio de mi adolescencia con un texto de Horacio Cerrutti Guldberg, Filosofía de Liberación Latinoamericana, quien afirmó: “la filosofía de liberación se expresa con gran fuerza en uno de los momentos claves de la historia de uno de los pueblos de esta América, el que representará el regreso del general Juan Domingo Perón a la Argentina. Más que el triunfo del propio Perón, lo es del peronismo. Olvidada la primera etapa de gobierno de Perón, el peronismo se ha transformado en una gran esperanza. La esperanza de todo un pueblo que se consideró ya ligado a la historia de otros pueblos del continente, inclusive, con pueblos más allá de este continente, junto con los cuales ha de luchar por cambiar una situación que les ha sido impuesta…”.

De esa afirmación poderosa que me impactó me pregunté por que había que olvidar lo anterior si debía ser la cimiente que generó una revolución en las ideas en los ‘70. Planes Quinquenales con de 70.000 obras en 10 años, política exterior independiente, pleno empleo y dignidad en un pueblo feliz no podían dejarse de lado. Más cuando ese basamento fue el motor de la lucha por recuperar a Perón como vector de la historia social argentina y significante de un proyecto pleno de liberación.

Por otro lado estaba la praxis del movimiento obrero organizado y del peronismo todo de esos años que posibilito la toma de conciencia en los años de plomo posteriores al ‘55, soportando una andanada de acciones impulsadas por el desamor y la revancha.

Secuestro y profanación del cuerpo de Evita; Decreto 4161 - prohibiendo todo lo referente a Evita y Perón -; encarcelamiento y torturas de dirigentes sindicales y políticos; reapertura del Panela de Ushuaia, fusilamientos a Valle y a los participantes del Movimiento de Recuperación Nacional; Plan CONINTES; intentos de asesinato a Perón es su exilio venezolano; represión a huelgas y actos en plazas; anulación de las elecciones donde triunfó Framini; obstrucción de las listas con candidatos peronistas; impedir la prosecución del vuelo de Perón en 1964 desde Brasil; la Noche de los Bastones Largos; el Cordobazo; El Gran Acuerdo Nacional…

Acciones desesperadas desde el odio para anular al peronismo, atacando su base social e identitaria. Pero cuanto más fue hostigado, más se fortaleció!

“Los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la libertadora. Villa Manuelita no!”. Quizás el hecho cultural que inició la Resistencia Peronista, la epopeya que marcó, como mito fundante, la conciencia de nuevas generaciones que repensaron su destino y miraron con mejores ojos a las masas que se identificaban con Perón.

Rumores, caños improvisados, pintadas nocturnas, grupos armados y atentados culturales con libros incendiarios de Hernández Arregui, Rosa, Chávez, Ramos, Scalabrini y Jauretche. La matriz de dependencia sería esmerilada por textos como molotov al centro de las dictaduras y por la organización d estudiantes y trabajadores.

Perón - desde su exilio en Paraguay, Venezuela, Panamá, República Dominicana y España - inició la batalla política desde la comunicación con cientos de cartas, cintas, discos, reportajes y documentales, como un proto Facebook y Twitter. Cual webmaster buscó organizar a sus seguidores e implementar una comunicación alternativa a la superestructura cultural hegemónica. Una guerrilla comunicacional adelantada décadas a las accionara de Chávez.

Sostuvo: “Está implícito el deseo de realizar una unión a base de una solidaridad que impulsa a todos los dirigentes, tanto sindicales como políticos, hacia una grandeza y desprendimiento que permita asegurar una subordinación absoluta a las conveniencias del conjunto por el sacrificio de pasiones o intereses individuales. No se trata que gane o pierdan otros, sino de que el Movimiento pueda cumplir sus fines, porque de lo contrario, ningún peronista debe soñar en realizarse en un Movimiento que no se realice. (25 de septiembre de 1968).

Esa unidad de concepción para la unidad de acción guió a miles que posibilitaron que un 17 de noviembre de1972, superando miedos y represión, se acercaran a Ezeiza. Del charter con representantes de la política y la cultura emergió el Líder bajo el paraguas de Rucci y el amparo de su pueblo. La lucha de 17 años tuvo sentido, el sentir del pueblo quebró el desamor. Los poderosos otra vez eran los que aman la vida.

domingo 9 de enero de 2011

FERMIN: UN EPISTEMÓLOGO DE LA PERIFERIA

Juan Manuel de Rosas (por Mario T. Speroni).

Eva y Juan Perón.

Fermín Chávez.



Por Francisco José Pestanha


"La CIVILIZACIÓN unitaria es resistida tercamente por la BARBARIE federal: he aquí el hecho argentino que ha de ir desencadenando nuestras luchas morales y políticas durante todo el siglo XIX. Frente al unitarismo racionalista se yergue la idea vernácula y una forma de vida que responde a la verdadera situación del hombre argentino y a su espontáneo desarrollo” (Fermín Chávez).



        En esta oportunidad voy a referirme a un integrante de nuestra corriente de pensamiento que - para quien les habla – constituye el más lúcido pensador que albergó el movimiento peronista durante el siglo pasado y principios del que ahora transitamos. Me refiero puntualmente al compañero Fermín Chávez.
Relataré entonces algunos aspectos destacados de su vida, ya que gran parte de ellos, son indispensables para entender su producción, para concluir esta conferencia con una breve enunciación sobre ciertos aspectos de su obra teórica e historiográfica.
          Fermín Chávez, integra esa pléyade de pensadores argentinos que se reconocen como componentes de una corriente de pensamiento que, si bien nunca se organizó como tal, concibió y desarrolló una modalidad del pensar que el mismísimo Chávez denominó genialmente como epistemología de la periferia. Debo resaltar esta característica, ya que en general existe una no muy afortunada tendencia a encuadrar o encasillar actividades - y en ese sentido - advierto a los mas jóvenes que nuestra corriente de pensamiento nunca aspiró a consolidar un encuadramiento o una forma de organización, no sólo por los diferentes matices que nos caracterizan - sino además - por razones de índole histórica, metodológica, conceptual y generacional sobre las que en alguna oportunidad posterior haré especial hincapié.
     Quiero aclararles además algo que he manifestado en numerosas oportunidades pero que lamentablemente tengo que reiterar constantemente en el sentido que malentienden y simplifican nuestro trabajo, quienes sostienen que la labor que desarrollamos se circunscribe hacia un rescate melancólico del pasado. La gran preocupación del Pensamiento Nacional fue y es muy por el contrario el futuro. Nosotros apelamos al pasado como rescate y elaboración de una experiencia histórica colectiva que valoramos, y en ese orden, somos historicistas, pero dicho rescate siempre orienta hacia la construcción un futuro objeto final de nuestros desvelares.
             Los otros días ante un auditorio juvenil que nos reclamaba un análisis de coyuntura, comparé nuestro trabajo con el que desempeñan los autores de ciencia ficción, pero dicha comparación no resulta descabellada, ya que cuando abordamos la obra de nuestros referentes nos encontremos con razonamientos atemporales y con una clara referencia al futuro. Pongo por ejemplo siempre las discusiones sobre el artículo 40 de la constitución de 1949. Sobre esto volveremos por que ya es tiempo de hablar de Fermín Chávez.
            Benito Enrique Chávez (Fermín) nació un 13 de julio de 1924 en “El Puebito”, un caserío cercano a la ciudad de Nogoyá Provincia de Entre Ríos. Asentado con ese nombre en la alcaldía, en otro documento paradójicamente figura “Benito Anacleto”, por cuanto a mediados de 1945, tuvo que realizar un trámite para la rectificación de la respectiva partida. Hijo de Gregoria Urbana Giménez oriunda de Paysandú, y de Eleuterio Chávez, transcurrirá sus primeros años en un medio rural que nunca olvidará y que determinará la notable sencillez y humildad de su espíritu.
         La fecha de nacimiento de Fermín no resulta dato menor, ya que como puntualizaremos posteriormente, nuestro maestro es integrante de una generación posterior a la de Jauretche, Scalabrini, Manzi o Irazusta, Doll y Palacio, hecho que le permitió condensar algunas las principales manifestaciones e ideas de sus antecesores.
Su padre - nacido en 1880 - fue agricultor hasta el año 1920 fecha en que tiene que abandonar la actividad. Son los inicios de la crisis del modelo agro – exportador que empezó a manifestarse en la periferia. Los pequeños agricultores así, se constituyen en las primeras víctimas del crack que hará tambalear al “granero del mundo”. Don Eleuterio trabajará posteriormente como peluquero y fabricante de escobas de palma. En la misma década recuerda Chávez, su padre administrará un pequeño boliche de campo en el distrito de “Crucesitas”.
       De puro cuño yrigoyenista, a Fermín siempre le llamo la atención esa faceta política de Don Eleuterio, pero especialmente, el contacto que existía entre “El Peludo” y el criollaje. Sus primeros recuerdos políticos se remontan a la campaña de 1928, donde rememora que su padre lo hacia subir a una mesita junto al camino que cruzaba delante de la casa para que les gritara a los del otro bando ¡Viva Yrigoyen! “Yrigoyen presidente / Melo –Gallo que revienten”. Fermín interpretará posteriormente que para muchos criollos, Yrigoyen representó una suerte de reencarnación del Caudillaje. Eleuterio militara para el yrigoyenismo hasta 1951. En los comicios del 52 confesará posteriormente que votó a Perón.
       Por su parte, la tradición López Jordanista y su ponderación por Leandro Gómez, será herencia de su abuela Martiniana, quien había estado casada con Santiago Moreira un hombre que había integrado las tropas de Ricardo López Jordán y caído prisionero luego de la batalla de “Don Gonzalo”, batalla que marca tal vez la definitiva derrota de los federales y donde las tropas “nacionales” al mando de Gelly y Obes utilizarán las primeras ametralladoras el 9 de diciembre de 1873. El Hijo de Moreira, Santiago Pantaleón según reconoce el mismo Chávez, tuvo sobre él muchísima influencia debido a sus relatos históricos - y además rememora - la palabra de la abuela Martiniana “era palabra santa” en la intimidad familiar.
       Una vez por semana llegaba al Pueblito la revista “Caras y Caretas”, publicación que alimentó las lecturas del joven Fermín. Los Chávez no tenían radio, pero cada tanto podían escucharla en la casa de su tía Vitalia López. Por su parte, el golpe del 30, fue vivido en su casa como un drama - y su padre llegó a alistarse en el movimiento insurreccional que protagonizaron los hermanos Kennedy realizada el 3 de enero del año 1932 en La Paz, Provincia de Entre Ríos.
          Su primer período formativo, estará íntimamente marcado por ciertas contradicciones existentes entre el relato oficial de la historia que adquirió la Escuela Nº 14 - provincial - y los relatos históricos que circulaban dentro de su ámbito familiar. De todos modos Fermín reconoció en alguna entrevista que dicho establecimiento, no se seguía a rajatabla el relato épico del panteón de próceres consagrado por la “unanimidad Nacional” impuesta por la generación del 80.
          La crisis del treinta obligará a la familia Chávez a radicarse en Nogoyá. Vivirán un tiempo en casa de su tía Rosa Moreira. De regreso al Pueblito, Fermín volverá a estudiar en la escuela 14 y recién conocerá a la gran ciudad “Paraná” en 1936, oportunidad en que visitan a su hermana mayor María Petrona.
Chávez proseguirá a instancias de Fray Reginaldo de la Cruz Saldaña (hombre de la iglesia al que le estará eternamente agradecido), sus estudios en Córdoba en un colegio apostólico dirigido por los padres Dominicos que se encontraba orientado hacia las vocaciones sacerdotales. En una entrevista nuestro maestro reconoció que esta es oportunidad fue única, ya que en Nogoyá no había en esa época escuela nacional, y la de Victoria, era solo para las familias acomodadas.
       Concluido el secundario en Córdoba, viajará a Buenos aires a estudiar filosofía como novicio al Convento de Santo Domingo, para posteriormente partir hacia Cuzco con la intención de perfeccionarse en teología en un colegio internacional Dominico.
        Su estadía en Buenos Aires entre 1939 y 1942 será determinante en su posterior accionar político e intelectual, ya que coincidirá con el “cenit” de los Cursos de Cultura Católica. Chávez recuerda que el Principal de la Orden - el Padre Páez - enseñará en dichos cursos junto a –entre otros - Leonardo Castellani, Alberto Molas Terán, y César E. Pico. De esta forma se acercará al Nacionalismo en una época donde además el clima de la guerra influía nítidamente en la política local. En 1941 publicará su primer poema en “Crisol”, un diario nacionalista argentino dirigido por Enrique P. Osés.
     Tres años transcurrirán de su estadía en Cuzco, cuando acontecerá el 17 de octubre de 1945, anoticiándose lo que ocurrido en su patria por radio. Fermín regresará al país recién en octubre de 1946, para casi inmediatamente incorporarse a la lucha política, sosteniéndose económicamente gracias a los buenos oficios de Fernández Unsain quien lo hará ingresar en la redacción Diario “Tribuna”, un periódico de orientación nacionalista donde escribirán entre otros, Gilberto Gomes Ferrán, Luis Soler Cañas y el mismísimo Jorge Massetti. Según sus propias palabras el periodismo le brindó “una disciplina de trabajo que no hubiese adquirido posiblemente fuera de él” (textual).
        Previamente publicó un poema en homenaje a Darwin Passaponti asesinado al anochecer del 17 de octubre de 1945 en la revista “Tacuara”, publicación perteneciente la Unión Nacionalista de Estudiantes Universitarios.
        Respecto a sus influencias intelectuales, Fermín reconocerá en forma principalísima a la obra de Santo Tomás de Aquino y a las enseñanzas de Jacques Maritain y Garrigou-Lagrange. Pero además hará especial hincapié en la influencia que sobre él ejercieron autores nacionales como Ramón Doll, Ernesto Palacio, la predica del periódico Crisol, y en especial los artículos Osés. No obstante ello, en ciertas entrevistas, ha reconocido influencias de Leopoldo Lugones y de Leopoldo Marechal, entrelazadas con lecturas de Federico García Lorca, Pablo Neruda y Miguel Hernández.
      Fermín reconoció públicamente que en aquellos tiempos previos al peronismo, el único hombre de FORJA que conocían era Raúl Scalabrini Ortiz, ya que nacionalistas y los forjistas transitaban por senderos paralelos. Mientras el nacionalismo estaba en la calle, la labor forjista era más bien de índole cultural y conceptual, hecho que – reconoce - no le quita relevancia histórica a esta señera agrupación protoperonista. Manifestó además que en aquella época, existía una versión nacionalista ciertamente elitista de inspiración maurrasiana, “que corresponde al nacionalismo surgido durante el gobierno de Alvear momento en que Juan Domingo Perón es Capitán e ingresa a la Escuela Superior de Guerra”. Entre 1926 y 1929 - aproximadamente- se producirá el nacimiento del periódico “Nueva República y luego Liga Republicana, en los que actúan figuras como Ernesto Palacio, Roberto de Laferrére, Federico Ibarguren, Juan E. Carulla, Julio Irazusta, César E. Pico, Daniel Videla Dorna, etc”. La Liga Republicana – sostuvo Fermín en alguna oportunidad - junto con el Socialismo Independiente de Pinedo y González Iramain, “serán fuerzas de choque que terminaron con los últimos restos del prestigio de Yrigoyen y del radicalismo en el poder” (textual).
          Fermín recuerda por su parte que al advertir el fracaso político de Uriburu, algunos integrantes de este nacionalismo asumirán un antiimperialismo militante que los llevará a colaborar con las investigaciones realizadas por Lisandro de la Torre sobre el cuestión de las carnes, e inclusive, acompañaran la acción de cierto radicalismo conspirativo durante la Década Infame. De “todo el viejo nacionalismo que comienza a evolucionar alrededor del ’35, en plena década infame, surge una corriente popular” sostendrá (textual).
Respecto al surgimiento de Perón, Fermín relatara en cierta oportunidad que “varias figuras de ese nacionalismo convergerán al peronismo, así como otras se opondrán: no quieren a Perón, y al rechazarlo a él rechazan al movimiento popular. Estos nacionalistas ven a Perón como un caudillo excesivamente pragmatista, o -para decirlo con las palabras que se utilizaron, no sólo desde el nacionalismo sino también desde el lado liberal- como un oportunista que sabe hacerse cargo del momento histórico y que va adelante” (textual). Pero hay otros nacionalistas que se acercaran y se insertan en el peronismo como “Alberto Baldrich, que aún hasta hoy, ejemplifica esa corriente nacionalista que actuó en el campo cultural más que en el político”.
       Para Chávez el nacionalismo argentino ira evolucionando y de un nacionalismo originario elitista y maurrasiano se ira hacia un nacionalismo popular. Después de 1935 afirmará “lo importante del nacionalismo son los periódicos y los nuevos elementos que entran en acción golpeando al Régimen. Por ejemplo la idea de Justicia social aparecerá en algunos manifiestos de la época. Manuel Gálvez lo entenderá y “algunos nacionalistas como José Luis Torres, que redacta aquel manifiesto que el general Juan B. Molina le dirige a la Alianza en 1942 y en el cual están explícitas, prácticamente, las tres banderas del peronismo”.
Fermín durante el primer peronismo y siendo ya agente estatal en Salud Pública a instancias de Ramón Carrillo, será destinado a la Oficina de Prensa de la GGT donde colaborará con el órgano oficial de la central obrera. En 1950 conocerá a Eva Perón al integrarse a una peña de jóvenes escritores y poetas que se reunían todos los viernes en la sede del Hogar de la Empleada. Con Evita compartirán algunas cenas y tertulias en la residencia de Agüero y Alvear, y lo harán debajo de la habitación de Perón: ¡No griten mucho muchachos podemos despertar al general! recuerda que ella les reprendía cuando alzaban la voz. Por esos años también se casará con Antonia Simó con quien tendrá dos hijos; Fermín (ya fallecido en un trágico accidente aéreo) y Simón, un talentoso músico y fotógrafo. Además trabajará en la Dirección General de Cultura, bajo la dirección de Castiñeira de Dios.
        Su primer libro “Como una antigua queja”, será impreso en los talleres de la CGT gracias al papel cedido por la Federación de Trabajadores del Papel, Cartón, Químicos y afines, y el segundo libro, “Dos elogios dos comentarios”, será editado por la Peña Eva Perón. En 1952 luego del fallecimiento de la Jefa espiritual de la nación, estrenará “Un árbol para subir al Cielo”, una fantasía para niños de su autoría dirigida por Lola Membrives, -y entre 1953 y 1957 - será además redactor de la revista Dinámica Social.
         Acontecida la Revolución Libertadora su respuesta fue inmediata; Publicará “Civilización y Barbarie. El Liberalismo y el mayismo en la Cultura Argentina”. Participara además de numerosas publicaciones clandestinas como “De frente”, “El populista”, y “Norte”.
       En 1958 es designado por Perón miembro suplente del comando táctico creado para comunicar y difundir la orden de voto a Frondizi, pero al negarse a votarlo, es separado inmediatamente del cargo. En 1960 ingresará a la redacción de Clarín como un simple redactor. En 1963 es delegado interventor del Partido Justicialista de Santiago del Estero - y 1964 - la Fundación Scalabrini Ortiz publicará “Poemas de fusilados y proscriptos”
        Ya en los años 70 dictará la materia de Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en 1973 y 1974. Como periodista y columnista se desempeñara además en Crítica, Panorama, La Prensa, El Hogar, Crisis, Megafón. Según Enrique Manson: “La ojeriza de López Rega lo excluyó del primer retorno "peroniano". No ocurriría lo mismo con el segundo y definitivo. Fermín contaba del viaje de regreso que tenía buena orientación en el aire, y notó que el avión cambiaba su rumbo para aterrizar en Morón. Tardó en enterarse de los acontecimientos que habían obligado al cambio” (textual). En 1990 recibirá el Premio Consagración Nacional por parte de la Secretaría de Cultura de la Nación, en 1991 dictara la materia Historia del pensamiento Argentino en la Universidad de La plata, y entre 1996 y 1998 Historia Social y Económica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Lomas de Zamora.
          Fermín publicó mas de 46 libros continuando además la obra de José María Rosa con la colaboración prestigiosos autores como con Juan C. Cantoni, Jorge Sulé, y Enrique Manson. Alguna de sus obras mas destacadas son: “El liberalismo y el mayismo en la historia y en la cultura argentinas” (1956), “Vida y muerte de López Jordán” (1957), “José Hernández, periodista, político y poeta” (1959), “Perón y el peronismo en la historia contemporánea”, vol. 1 (1975), “Historicismo e iluminismo en la cultura argentina” (1977) , “La recuperación de la conciencia nacional” (1983), “Perón y el justicialismo” (1985), “Porque esto tiene otra llave. De Wittgenstein a Vico” (1994), “La conciencia nacional” (1996), “Alpargatas y libros”, vols. I y II (2003/2004), “Historia del país de los argentinos” (1967). Además libros de poemas como el ya mencionado “Como una antigua queja” publicara entre otros “Una provincia del Este” (1951), “Poemas con fusilados y proscriptos” (1964), y desde siempre, sostuvo un pormenorizado análisis de lo gauchesco como signo de la cultura popular. En este sentido más recientemente, en el 2004 publicó “Historia y antología de la poesía gauchesca”, un trabajo de setecientas páginas donde reunió la obra de más de ochenta poetas.
      Hasta aquí, una resumidísima reseña de la vida de Fermín Chávez. Pero aunque no constituya estrictamente el objeto de esta conferencia - en estos últimos quince minutos - voy a enunciarles algunas de las ideas que forman parte de lo que podríamos denominar el marco conceptual sobre el que Chávez desarrollo su labor intelectual. Y digo solo algunas de las ideas, ya que la producción de Fermín ha sido tan vasta que resultaría imposible exponer en una sola conferencia ni siquiera el enunciado del contenido mismo de su obra.
          Recordemos lo dicho anteriormente en el sentido que Fermín pertenece a una generación posterior a la de Scalabrini, Palacio Manzi, Taborda, Anquin, y Jauretche hecho que le permitirá - entre otras cosas – ir conociendo, elaborando y condensando su producción.
         Fermín Chávez coincidirá por ejemplo con Arturo Jauretche, respecto a la existencia en nuestro país de una superestructura cultual alienante consolidada mediante un mecanismo de importación a - crítica de ideas, conceptos y productos culturales instalado en nuestras elites. Entre dichas ideas, el iluminismo será considerado Fermín como una ideología a histórica de la dependencia. Para Chávez después de la derrota de Rosas en la batalla de Caseros y de la posterior defección de Urquiza, se consagró en el poder de nuestra patria una elite erigida a la sazón de las ideas europeas (adoptadas a libro cerrado) que bajo la consigna civilización o barbarie intentó “civilizar” a la patria “bárbara”. Este fenómeno de índole sociológico al consolidarse en el tiempo mediante su instalación en los distintos estamentos del sistema educativo, fue transformándose en una deformación de índole ontológica, ya que ciertos preceptos y perjuicios, se fueron expandiendo por vastos sectores de la sociedad. Por eso Fermín insistía que las crisis argentinas son primero “ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas". En síntesis: una de sus principales líneas de investigación de nuestro maestro se orientó hacia el análisis de los mecanismos de coloniaje cultural y sus consecuencias, entre ellas, la disociación entre las elites “ilustradas” y el pueblo.
        Otro aporte importantísimo de Fermín fue la valoración crítica de los aportes conceptuales de las distintas vertientes del nacionalismo argentino, a la conformación de la doctrina nacional popular y humanista que conformo el peronismo. El abordaje que Fermín realiza de la producción teórica del nacionalismo y su evolución hacia lo que el denomina “nacionalismo popular de cuño humanista” son imprescindibles no solamente para comprender al primer peronismo sino a aquella etapa de la historia argentina.
           Por su parte sus legados historiográficos fueron descollantes. No solamente los conocidos respecto al Chacho Peñaloza y a López Jordán, sino además los publicados respecto a José Hernández a Juan Manuel de Rosas y a distintos personajes olvidados de nuestra cultura. Su libro sobre López Jordán constituye un antes y después en la historiografía entrerriana, y las consecuencias de este texto, aun resultan notables.
Coincido con muchos, que el gran aporte de Fermín, se orienta hacia la comprensión del Peronismo como fenómeno político, sociológico y cultural. En momentos como los actuales donde muchos autores han orientado su lápiz hacia el análisis integral del peronismo - para nosotros - éstos serán incompletos si no se aborda íntegramente el corpus que constituye la producción de Chávez, reiterando en ese sentido que Fermín, fue el mas grande pensador que albergo el peronismo durante el siglo pasado y principios del que transcurre.
           Por último y lamentando que el tiempo es tirano y me obliga a concluir, quiero introducirlos en una tesis sobre la que recientemente hice especial referencia. Me refiero a aquella que sostiene que la poesía gauchesca, se reencarnó en el tango orillero y posteriormente en ciertas versiones del rock nacional. Por que razón destaco esta posición? Como enunciamos precedentemente luego de Caseros y de Pavón, comienza a consolidarse en nuestro país una superestructura cultural y académica alienante. Y digo alienante ya que dicha superestructura fue alimentada por productos culturales e ideológicos importados, estableciéndose así una disociación entre las elites y el pueblo.
         Mientras las elites intentan imponer esos “contenidos” civilizatorios el pueblo va resistiendo a esa imposición alienatoria mediante la producción y difusión de productos culturales propios, auténticos y con una nítida impronta tradicional. Así, la poesía gauchesca primero, el tango orillero luego, y ciertas versiones del rock nacional constituirán para Fermín hitos de resistencia contra dicha imposición, reencarnándose elementos de uno en el otro.