viernes 26 de noviembre de 2010

AL "HISTORIADOR PROFESIONAL" LUIS ALBERTO ROMERO

Ernesto Palacio, uno de los máximos exponentes del revisionismo histórico.


Al "Historiador Profesional" Luis Alberto Romero
De "un escritor aficionado", Oscar Juan Carlos Denovi Secretario General del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas*






*Respuesta del Dr. Oscar J. C. Denovi al artículo del Prof. Luis Alberto Romero publicado en La Nación el día 18 de noviembre de 2010.





Como de costumbre los historiadores adeptos a la llamada Historia Oficial, comienzan sus admoniciones con un lenguaje sibilinamente despectivo, con el que condicionan al lector no suficientemente informado. En este caso, una vez más, se dice lo siguiente en el artículo “Transformar la derrota en victoria”, del diario La Nación de la edición del 18 de noviembre: “…las tropas de Rosas intentaron inútilmente bloquear el acceso de la flota británica por el río Paraná.” Debió decirse, señor Luis Alberto Romero, pues es él, el autor, las tropas argentinas, y no fue inútilmente según veremos luego. A renglón seguido, continua con su arremetida descalificadora, llamando a quienes sustentamos posiciones opuestas a la versión liberal y en ocasiones falsa o mutilada, “escritores , ” , quienes asumimos la tarea de “ batir el parche y despertar sentimientos e imaginarios de un nacionalismo hondamente arraigado en nuestra sociedad.” Muchas gracias, lo sabíamos, pero nos halaga igualmente.
A renglón seguido, niega que la Historia Oficial mantuvo oculta la Batalla de la Vuelta de Obligado. Digamos al respecto, en primer lugar, que cuando se hablo de ella, se la llamó combate, disminuyendo su importancia de esa manera, porque entre uno y otro concepto, media una diferencia de envergadura notable. Por los elementos comprometidos por ambos bandos, aun con la notable disminución técnica de los aportados por los argentinos, se trató de una verdadera batalla de la que habla las bajas propias, los daños infligidos a la flota anglo francesa que debió permanecer en Obligado 40 días reparando sus daños, y la opinión de militares de la época, entre ellos del General San Martín.
Sin duda, tenemos que referirnos a épocas del pasado inmediato y mediato, acerca del ocultamiento en la historia argentina, de este acontecimiento. En escritos del siglo XIX, no lo fue del todo, pero luego en el siglo XX, casi desapareció de los libros, sobre todo de los de texto de los estudios primarios - mención de los acontecimientos - y de los correspondiente a los estudio secundarios. Puedo atestiguar al respecto, porque cursé mis estudios primarios y secundarios entre 1945 y 1960. Uno de los autores mencionados por Romero, como prueba de que la Vuelta de Obligado era citada en los libros del pasado, es José Luis Busaniche, autor que varió de su posición liberal, después de ser informado por escritos revisionistas publicados desde 1939 por el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, y por otras entidades de igual orientación, asentadas en Santa Fe. Pero las publicaciones de Busaniche se conocieron avanzada la década del sesenta. El otro autor mencionado, fue Ernesto Palacio, otro tanto puede decirse de él, puesto que su obra fue publicada y difundida también a lo largo de la década del sesenta. En cuanto a Ferns y Lynch, su difusión fue posterior aún. De modo que en las generaciones de padres de familia ajenos a la lectura de la historia, gravita aun en notable proporción, la historia enseñada en los estudios primarios y secundarios. Testimonio de ello, es la ignorancia increíble de nuestros jóvenes en muchos aspectos, en los que se destaca el pasado argentino..
Más adelante, vuelve sobre los resultados de la contienda en ese lugar de Obligado, para recordar que fue una derrota. Pero ocurre que la acción a la que se refiere y ahora nos referimos, fue la primera de otras que con las que siguieron constituyeron la guerra del Paraná, guerra no declarada - por los interventores - pero guerra que culmina, meses después, en la Angostura del Quebracho (4/6/1846) con una victoria, victoria parcial, pero victoria al fin, porque en esa Batalla, otra más en la estadística de las olvidadas, por diversas causas, cesó la lucha. En más vino las tratativas diplomáticas, donde la “cazurra y tozuda” diplomacia de Rosas, logró que ambas potencias no solo reconocieran el Paraná como río interior argentino, sino que debieron saludar el pabellón nacional con 21 cañonazos por exigencia ahora si de Rosas. (En las tratativas, intervino el notable jurista Felipe Arana, Ministro de Relaciones Exteriores).
En un golpe de efecto digno de una escena teatral, Romero refiere luego el éxito de “las fuerzas militares de Rosas”, no de las argentinas, reiterando el viejo truco ya empleado, que sirvió para distraer la atención del lector no advertido, y sigue sirviendo todavía, aunque no con la misma eficacia. Entonces, según Romero, Parlmeston sustituyó a Alberdeen en 1846, y como el segundo era el partidario de la fuerza, mientras Parlmeston lo era de la negociación, triunfó entre la tesis de la negociación. O sea tuvimos paz y victoria, no por mérito propio, sino ajeno.
Lejos de ello, lo que ocurrió fue que la guerra se había ganado en 1846. No solo por el triunfo en la Angostura del Quebracho, donde nuestras fuerzas incendiaron 7 mercantes de la flota, provocaron innumerables daños a los buques de guerra y mercantes, y numerosas bajas en las tripulaciones, sino que a favor de la altura de los acantilados costeros de esa parte del Paraná, solo sufrieron las fuerzas propias, 4 muertos y un número insignificante de heridos. No era el único factor, hasta pocos días antes del 4 de junio, los barcos se habían cobijado en Corrientes, pero el fracaso de la operación comercial que había impulsado la operación “liberadora” de nuestros ríos, había dejado de ser atractiva- Pero además, las tropas entrerrianas de los ejércitos del gobernador Urquiza, venían sumando triunfos y amenazaban apoderarse de Corrientes, lo que lograron pocos meses después. No solo no había dinero sino seguridad para barcos venidos de Europa. San Martín había sido consultado meses atrás y desde Nápoles había respondido en una nota que se publicó primero en un diario inglés, y luego en uno francés. No se trata del argumento de un Halcón, frente al que sostienen las palomas. Se trata de historia completa, que el señor Romero debiera conocer, ya que tiene los oropeles de investigador del CONICET. Se trata entonces, volviendo a la controversia que suscita el artículo publicado el 18 de noviembre, de honrar lo que inicialmente comenzó a ganarse el 20 de noviembre pese a la derrota de ese día, y prosiguió ganándose el 16 de enero de 1846 en San Lorenzo, en los innumerables combates con artillería volante librados antes del primer mes de ese año, después de este, hasta esa Batalla de la Angostura, y los combates posteriores hasta la iniciación de las negociaciones. Una operación a escala mayor, ya había sido descartada en 1838 por Francia, y lo fue entonces por su alto costo y resultados inciertos, como lo había apreciado San Martín en la mencionada carta de Nápoles- Por lo tanto, bienvenida la celebración del triunfo en la guerra y en la diplomacia, en ambos terrenos triunfó la Confederación Argentina.
Luego en su artículo se pregunta si la acción fue “nacional”, así, entre comillas. A Romero le parece dudoso. En primer término vamos a señalar que a nosotros, los revisionistas, nos parece nacional todo lo que le conviene a la Nación en el terreno espiritual y material. Aquí hemos desarrollado una cultura que tiene valores y desvalores. Procuramos exaltar los valores y corregir sus opuestos. Por cierto esta es una tarea ardua, pero entre otras cosas, somos revisionistas porque es parte de esa tarea. Luego no ignoramos que lo que hace a lo “nacional” viene de lejos, por ello rechazamos la idea que lo nacional nació en 1810. Más bien pensamos que el espíritu de lo nacional se conforma como la fundición de metales en un crisol. Cada uno aporta lo suyo a la masa común, pero no se individualiza, sino que adquiere como propio lo que otros aportaron junto a su aporte. Así se ha construido nuestra cultura y nada dice que esto puede y debe cambiar. La idea del volgeist que según Romero tenemos los revisionistas, es una idea que esta en una de las versiones del ramillete que compartimos. Pero se equivoca una vez más en atribuirnos una fijación en la idea del espíritu y materialización de lo nacional. Lo “criollo” es una mezcla de etnias hispánicas, indígenas y mediterráneas, con otra de lenguas de igual origen, con una mentalidad que comenzó a formarse cuando los europeos descubridores cortaron sus lazos con el viejo mundo, y entrelazados con los americanos, comenzaron a ver el mundo desde aquí.
Según dijo el autor mas adelante, en 1845 el Estado argentino estaba en construcción. Esto es cierto, en Enero de 1831 mediante el Pacto Federal se daba la patada inicial para la formación del Estado, después de veinte años de frustraciones. Por dicho Pacto, se formaba la Confederación Argentina, a la que adhirieron todas las provincias. La Nación se había pronunciado en el termino de casi dos años a partir de 1831, y luego se fue perfeccionando lo que había sido improvisado o imperfecto. Rosas sostuvo la unidad de las provincias, como lo comentó Sarmiento, su principal crítico. Y aquí nos encontramos con otro golpe bajo del señor Romero, “…es seguro que Rosas bloqueando el Paraná e impidiendo la libre navegación de los ríos, sostuvo los intereses de Buenos Aires, una provincia que, bueno es recordarlo, hasta 1862 vaciló entre integrar el nuevo Estado o conformar un Estado autónomo.” En primer lugar, la libre navegación de los ríos, era para los barcos extranjeros, ya que los argentinos disponían de esa libertad, en segundo lugar, quienes segregaron la provincia de Buenos Aires y mantuvieron esa situación hasta 1862, fueron los enemigos de Rosas, que la prolongaron hasta 1880 y desataron una cruenta lucha para impedir la capitalización de la ciudad de Buenos Aires.
Para finalizar esta respuesta que ha abundado en desmontar los hábiles argumentos del señor Romero, aptos para confundir al lector que no conoce historia, diremos que los escritores neorrevisionistas -que el autor del artículo de La Nación confiesa le cuesta llamarlos historiadores- no nos sentimos afectados por las imputaciones que el señor Romero nos adjudica. Mas bien, es un timbre de honor que nos distingue.

martes 23 de noviembre de 2010

VUELTA DE OBLIGADO Y LA AUTOAFIRMACION NACIONAL

Artilleros de la Confederación Argentina.



Fermín Chávez (1954).


Juan Manuel de Rosas (por Claude Sauvageot).
                                   


Por Francisco José Pestanha


El notabilísimo pensador entrerriano Fermín Chávez supo percibir en la batalla de la “Vuelta de Obligado” un verdadero jalón de nuestra autoafirmación nacional.
Para quienes no la recuerdan, dicha conflagración constituyó una de las más importantes de la epopeya independentista argentina, y tuvo lugar el 20 de noviembre de 1845 en un recodo del río Paraná a escasos 20 kilómetros de la localidad de San Pedro, Provincia de Buenos Aires. Protagonizaron la contienda por un lado las tropas de la Confederación Argentina liderada en aquél entonces por Don Juan Manuel de Rosas, y por el otro, las compuestas por la entente cordiale, una alianza entre Inglaterra y Francia, dos de las potencias mas aventajadas de la época.
El enfrentamiento se prolongó por un lapso aproximado de 9 horas, logrando las tropas enemigas perforar las líneas de grandes cadenas que atravesaban el río. Muchos historiadores coinciden que las huestes al mando de Lucio N. Mansilla profesaron una perspicacia y un heroísmo dignos de subrayar, y que la estrategia militar adoptada por el restaurador fue brillante.
Los daños producidos a la “entente” en Obligado, y posteriormente en Tonelero, San Lorenzo y Punta Quebracho, obligaron a los enemigos a desistir de una “intervención en el Río de la Plata” que si bien estuvo orientada (aunque encubiertamente) a garantizar sus propios intereses comerciales, escondía alguna intención inducida “desde adentro” para independizar la Mesopotamia.
José de San Martín desde el exilio comprendió como pocos la importancia estratégica de este acontecimiento manifestando en alguna oportunidad: “Ya sabía la acción de Obligado; ¡que iniquidad! De todos modos los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. El libertador a su muerte en reconocimiento a éstas y otras acciones, legará por disposición testamentaria a Rosas el sable con el que luchó por la independencia.
La autoafirmación es un mecanismo psicológico mediante el cual reforzamos las propias ideas, poderes, fortalezas y habilidades. En su faz colectiva, constituye un dispositivo de cohesión social mediante el cual nos reconocemos positivamente como parte de un todo entrelazado por la solidaridad. La autoafirmación es, en definitiva, un dispositivo de autovaloración.
Obligado en particular pero en especial el rechazo a un bloqueo impuesto por dos potencias coloniales, constituye un evento que habla nítidamente de una de una capacidad colectiva subyacente, y el Poder Ejecutivo Nacional comprendiendo su magnitud, acaba de decretar felizmente al 20 de noviembre como feriado nacional. Anhelamos que esta festividad constituya un espacio para la reflexión sobre ciertas potencialidades que efectivamente poseemos, pero que por alguna razón extraña, solemos ejercitar una vez cada tanto.

domingo 21 de noviembre de 2010

¿POR QUE EL 20 DE NOVIEMBRE ES EL DIA DE LA SOBERANIA?

Florencio Varela. Juan Manuel de Rosas


Por José María Rosa

El 13 de enero de 1845 en París, noche nevosa según el testimonio de uno de los presentes, François Guizot, primer ministro de Luis Felipe, rey de los franceses, reúne a cenar en el Ministerio de Relaciones Exteriores a los técnicos del Plata que se encontraban en la capital de Francia.

De dicho ágape surgirá la intervención armada anglofrancesa, y su posible colaboración brasileña en los asuntos internos de las repúblicas sudamericanas.

Concurren el embajador de Inglaterra Lord Cowley, sir George Ouseley, que partiría al Plata llevando la intimación a Rosas, Mr. De Lurde hasta entonces Encargado de Negocios francés en Buenos Aires, el almirante Mackau, ministro de Marina, y que conociera a Rosas en 1840 cuando fue a llevarle la paz por instrucciones de Thiers, Mr. Desages director general del Ministerio, y el vizconde de Abrantés en misión especial de Brasil para acoplarse a la proyectada expedición.

Los Antecedentes de la Intervención Desde 1842 andábase en ese negocio. Francia había fracasado en su intento de imponerse por la fuerza de sus cañones y de su dinero “que sembró la guerra civil” a la Confederación Argentina gobernada por un hombre del carácter férreo de Rosas.

Hacia 1842 la política de la "entente cordiale" de Inglaterra y Francia hizo renacer la posibilidad de una nueva intervención, esta vez combinadas las fuerzas militares de ambas naciones: no era admisible que los pequeños países surgidos de la herencia española obraran como si fueran Estados en uso pleno de su soberanía y se negaran a recibir los beneficios “libertad de comercio, tutelaje internacional, libertad de sus ríos navegables” de las "naciones comerciales".

Había que hacer, en primer lugar, de la ciudad de Montevideo una factoría comercial, de propiedad común anglofrancesa, desde donde dominar la cuenca del Plata después, establecer la ley de los mares “es decir, su libre navegación” a los ríos interiores argentinos, y finalmente dividir en mayores fragmentos esa Confederación Argentina que Rosas se había empeñado en mantener incólume del naufragio del antiguo y extenso virreinato del Plata.

De allí la nota conjunta que los ministros inglés y francés en Buenos Aires (Mandeville y De Purde) habían pasado a Rosas apenas producida la batalla de Arroyo Grande. Diciembre de 1842: prohibíase ayudar a Oribe a recuperar su gobierno oriental y se amenazaba con tomar las medidas consiguientes si los soldados argentinos atravesaban el Uruguay en unión con los orientales para expulsar las legiones extranjeras que mantenían a Montevideo.

Pero Rosas quedó sordo a la amenazas: contestó poco más o menos que en las cosas argentinas y orientales mandaban solamente los argentinos y los orientales. Consecuente con su respuesta el ejército aliado de Oribe, atravesó el Uruguay, y en febrero de 1843 empezó el sitio de Montevideo, defendida por las legiones extranjeras y por el almirante inglés Purvis.

En febrero de 1843 esperábase por momentos la intervención conjunta amenazada por la nota de Mandeville y De Lurde que Rosas había osado desafiar. Pero no llegaba. Es que 1843 no había sido un año propicio para la entente cordiale, amenazada de quebrarse por la cuestión del matrimonio de la joven reina de España.

La misión del argentino Florencio Varela De allí el desdichado fracaso del abogado argentino Florencio Varela, enviado a Londres en agosto de 1843 por el gobierno de la Defensa de Montevideo a indicación del almirante inglés Purvis.

Llevó instrucciones para convencer al canciller Aberdeen de que la "causa de la humanidad" reclamaba la inmediata presencia de la escuadra británica en el Plata.

Gestionaría también la "tutela permanente" inglesa a fin de salvar al Plata en adelante de la barbarie nativa. Intervención y tutela retribuidas “lo decían las instrucciones” con la libertad absoluta de comercio y la libre navegación de los ríos.

Para cumplir mejor su cometido y documentar la "causa de la civilización", la casa inglesa Lafone confeccionó en Montevideo un record de los actos de barbarie que convenía atribuir a Rosas.

El periodista argentino José Rivera Indarte, ducho para esos menesteres, recibió el encargo de redactar el record abultándolo de manera que impresionara en Europa: se le pagó un penique por cadáver atribuido a Rosas.

Confeccionó Las tablas de sangre, que por dificultades de impresión no estarían listas en el momento de embarcarse Varela, pero le llegarían a Londres a los fines de su misión.

Aberdeen recibió a Varela. El trato no fue el esperado por el argentino. No obstante traducirle Las tablas de sangre, el inglés no pareció emocionarse con los horrores recopilados por Rivera Indarte; tampoco tomó en serio "la tutela permanente" ni las cosas que le ofrecía el ex argentino.

Le contestará fríamente que Inglaterra defenderá la "causa de la humanidad" dónde y cómo lo creyera conveniente, sin menester de promotores ni alicientes, y se le importaba un ardite cuanto pudieran ofrecerle los nativos auxiliares.

Inglaterra haría y tomaría lo que más le conviniese, sin otro acuerdo que "con las grandes naciones comerciales" asociadas a la empresa.

Varela no entiende; nunca entendió nada de la política americana ni de la europea. No comprende ese desprecio hacia "su gobierno" tan favorable a Inglaterra, ni que se hiciera caso omiso de sus tentadoras ofertas; jamás tuvo conciencia de su posición ni sentido de las distancias.

Váse de Europa “después de una gira por París, donde tuvieron mayor éxito las Tablas de sangre” mohino y decepcionado de los "poderes civilizadores". "La Inglaterra “escribe en su Diario de viaje” no conoce ni sus propios intereses".


La cena de Guizot En 1844 las cosas mejoraron y la `entente cordiale` pudo reanudarse. Más alerta Brasil que el despistado gobierno de Montevideo, envía entonces su comisionado: el vizconde de Abrantés.

Aberdeen lo recibe mejor que a Varela; al fin y al cabo Brasil era un imperio constituido y no un gobierno nominal de ocho cuadras escasas, mantenido a fuerza de subsidios y de legiones.

Pero Inglaterra no quiere la participación de Brasil en la empresa a llevarse en el Plata; no le convenía fortalecer ese imperio americano ni darle entrada al Plata.

Como Abrantés representaba a un emperador no podía despedirle a empujones, como lo hizo con Varela; lo hará más diplomáticamente, pero lo hará.

Tras conversar con Abrantés en Londres (que también ha venido a hablarle "de la causa de la civilización", oyendo del inglés el despropósito de "que la existencia de la esclavitud en Brasil era vergüenza mayor que todos los horrores atribuidos a Rosas por sus enemigos", lo despacha a París.

Allí se arreglará la intervención en definitiva y la posible participación de Brasil.

Pero eso es la cena de Guizot en el ministerio la noche del 13 de enero de 1845. Muy a la francesa se discutirá la acción en la sobremesa. Y al servirse el café y el coñac, Guizot abre el debate sobre el interrogante ¿Qué propósito y qué medios dar a la intervención? Abrantés no se anima a postular "la causa de la civilización" después de lo ocurrido con Aberdeen.

Las Tablas de Sangre podían ser útiles para impresionar al gran público, pero evidentemente no producían efecto en los políticos.

Sin embargo, todos son partidarios de pretextar ostensiblemente la "causa de la civilización", pero agregándole las "necesidades de las naciones comerciales", la "independencia de Uruguay, Paraguay y Entre Ríos" que había que preservar de la Confederación Argentina, y la "libre navegación de los ríos" argentinos, orientales, paraguayos y entrerrianos.

En cuanto a Rosas... Mackau, que lo ha conocido en 1840 hace su elogio: es un patriota insobornable, un político hábil, un gobernante de gran energía y un hombre muy querido por los suyos.

Desde luego, es un obstáculo para los planes de la intervención y costaría llevarlo por delante; aunque contra las escuadras combinadas nada podría hacer.

De Lurde, que también lo ha conocido en Buenos Aires, se desata en elogios para Rosas: su gobierno ha impuesto el orden donde antes imperaba el desorden; tal vez los argentinos se hubieran acostumbrado a obedecer a una autoridad y pudiera reemplazárselo por otro gobernante más amigo de los europeos, pero la cuestión es que Rosas no cedería a una intervención armada: "se refugiaría en la pampa y desde allí hostilizaría a los puertos".

A su juicio la intervención irá a un completo fracaso; mejor era dejar las cosas como estaban y tratar con Rosas de igual a igual "sacándole los beneficios comerciales posibles".

Abrantés está de acuerdo, en parte, con De Lurde. Pero no cree que la intervención iría a un completo fracaso. Combinadas Inglaterra, Francia y Brasil, su fuerza sería irresistible; a Rosas podría perseguírselo hasta el fondo de la pampa. Pero, eso sí, deberían emplearse todos los medios para obtener el triunfo.

En caso de no emplearse medios eficaces (expedición marítima y fuerzas de desembarco en número aplastante), mejor era olvidarse de una intervención y "no exponerse a la irritación de un hombre como Rosas".

Ouseley trae le palabra de Inglaterra. Nada de expediciones de desembarco que por dos veces habían fracasado en Buenos Aires (1806 y 1807).

Lo que se buscaba era otra cosa, para lo cual el gobernante argentino carecía de fuerza para oponerse: una gran expedición naval que levantara el sitio de Montevideo, tomara posesión de los ríos, y gestionara y mantuviera la independencia del Uruguay, Entre Ríos y Paraguay.

De Montevideo se haría una factoría para las grandes naciones comerciales; de común acuerdo entre las nacionales comerciales y Brasil, se fijarían los límites de los nuevos Estados del Plata.

Buenos tratados de comercio, alianza y navegación los unirían con las naciones comerciales.

Abrantés se desconcierta ante esa repetición de "las naciones comerciales" que parecerían excluir a Brasil, y pregunta cuál sería la participación del Imperio en la empresa. "El ejército brasileño operaría por tierra concluyendo con Oribe".

Abrantés protesta, pues eso sería "recibir solo la animosidad de Rosas, pues las fuerzas de Rosas se manifestarían por tierra, si los tres aliados participaban en común, también en común deberían emplearse".

Cowley corta: Inglaterra no enviará expediciones terrestres.

Mackau no quiere la participación de Brasil "que complicaría la cuestión". Ouseley añade que por una fuerte expedición naval podrían cumplirse los objetivos de la intervención: en cuanto a Rosas y su Confederación Argentina, aislados al occidente del Paraná, no podrían oponerse a lo que se hiciera a oriente de este río.

Guizot resume las opiniones como final del debate.

Se emplearían "solamente medios marítimos", a no ser que Brasil quisiera, usar su ejército de tierra; la acción naval sería suficientemente poderosa para hacer a los aliados dueños de los ríos, del Estado Oriental, de la Mesopotamia y del Paraguay, cuya "independencia se garantizaría".

Estos Estados se unirían con sólidos lazos comerciales y de alianza con los interventores.

Brasil se retira Abrantés informa esa noche a su gobierno. Ha comprendido que muy diplomáticamente no se quiere la participación brasileña.

No solamente Aberdeen le ha exigido la renovación de los leoninos tratados de alianza y de tráfico de esclavatura como previos a la alianza, sino Brasil no obtendría objetivo alguno en la intervención.

Todo sería para las naciones comerciales; que fijarían los límites de los nuevos Estados con el Imperio (desde luego, en perjuicio del Imperio), y serían las solas dueñas de las nuevas repúblicas. Brasil vería cortarse para siempre su clásica política de expansión hacia el sur.

Además, dejarle la exclusividad de las operaciones terrestres contra Rosas era una manera de obtener el retiro del Imperio, pues Brasil no tomaría exclusivamente semejante responsabilidad. Y dando por terminada su misión se retira de París.

Empieza la Intervención Gore Ouseley, portando el ultimátum previo a la intervención, viajó a Buenos Aires. Exigió el retiro de las tropas argentinas sitiadoras de Montevideo, juntamente con las orientales de Oribe y el levantamiento del bloqueo que el almirante Brown hacía de este puerto.

Se descartaba su rechazo por Rosas. Poco después llegaba el barón Deffaudis con idéntico propósito en nombre de Francia.

Mientras Rosas debate con los diplomáticos el derecho de toda nación, cualquiera fuere su poder o su tamaño para dirigir su política internacional sin tutela foráneas, se presentaron en Montevideo las escuadras de Inglaterra y Francia comandadas respectivamente por los almirantes Inglefield y Lainé.

Pendientes aún las negociaciones en Buenos Aires, ambos almirantes se apoderaron de los buquecillos argentinos de Brown que bloqueaban Montevideo, arrojaron al agua, la bandera Argentina y colocaron al tope de ellos la del corsario Garibaldi.

Ante ese hecho -ocurrido el 2 de agosto de 1845- Rosas elevó los antecedentes a la Legislatura, que lo autorizó "para resistir la intervención y salvar la integridad de la patria". Ouseley y Deffaudis recibieron pasaportes para salir de Buenos Aires. La guerra había empezado.

Obligado (20 de noviembre) El 30 de agosto la escuadra aliada íntima rendición a Colonia, que al no ser acatada es desmoronada a cañonazos al día siguiente. Garibaldi, con los barcos argentinos, de los que ahora es dueño, participa en este acto y se destaca en el asalto que siguió.

El 5 de septiembre los almirantes se apoderan de Martín García: Garibaldi, con sus propias manos -que más tarde serían esculpidas en bronce en una plaza de Buenos Aires-, arrió la bandera argentina.

De allí la escuadra se divide. Los anglofranceses remontan el Paraná, mientras Garibaldi toma por el Uruguay y sus afluentes: el corsario se apodera y saquea Gualeguaychú, Salto, Concordia y otros puntos indefensos, regresando a Montevideo con un enorme botín de guerra.

Mientras tanto Hontham y Trehouart navegan el Paraná en demostración de soberanía, y para abrir comunicaciones con su ejército "auxiliar" que, al mando del general Paz, obraba en Corrientes.

Pero el 20 de noviembre, al doblar el recodo de Obligado, encuentran una gruesa cadena sostenida por pontones que cerraban el río, al mismo tiempo que baterías de tierra iniciaban el fuego.

Es el general Mansilla, que por órdenes de Rosas ha fortificado la Vuelta de Obligado y hará pagar caro su cruce a los interventores.

Al divisar los buques extranjeros ha hecho cantar el Himno Nacional a sus tropas y abierto el fuego con sus baterías costeras.

Hontham y Trehouart contestan y llueven sobre la escasa guarnición Argentina los proyectiles de los grandes cañones de marina europeos.

Siete horas duró el combate, el más heroico de nuestra historia (de las 10 de la mañana a las 5 de la tarde). No se venció, no se podía vencer.

Simplemente, quiso darse a los interventores una serena lección de coraje criollo. Se resistió mientras hubo vidas y municiones, pero la enorme superioridad enemiga alcanzó a cortar la cadena y poner fuera de combate las baterías.

Bizarro hecho de armas, lo califica Inglefield en su parte, desgraciadamente acompañado por mucha pérdida de vidas de nuestros marinos y desperfectos irreparables en los navíos.

Tantas pérdidas han sido debidas "a la obstinación del enemigo", dice el bravo almirante.

¿Se ha triunfado? La escuadra, diezmada y en malas condiciones, llega a Corrientes, y de allí intenta el regreso.

En el Quebracho, cerca de San Lorenzo, vuelve a esperarla Mansilla con nuevas baterías aportadas por Rosas. Otra vez un combate, otra vez "una victoria" -el paso fue forzado- con ingentes pérdidas.

Desde allí los almirantes resuelven encerrarse en Montevideo; transitar el Paraná es muy peligroso y muy costoso.

Se deshace el proyecto de independizar la Mesopotamia gestionado por los interventores en el tratado de Alcarás porque Urquiza ya no se sintió seguro. Se deshace la intervención.

Poco después -13 de julio de 1846- Samuel Tomás Hood, con plenos poderes de Inglaterra y Francia, presenta humildemente ante Rosas el "más honorable retiro posible de la intervención conjunta". Que Rosas lo haría pagar en jugoso precio de laureles.

Por eso el 20 de noviembre, aniversario del combate de Obligado, es para los argentinos el Día de la Soberanía.

Algunos panegiristas de Varela han negado la imputación de Paz, por no referirse las instrucciones de Varela a la independencia de la Mesopotamia. Pero nada tenían que decir estas instrucciones del gobierno de Montevideo sobre un asunto que le era ajeno. Por otra parte, la imputación de Paz no puede asombrar a quien conozca la política de esos años: la independencia de la Mesopotamia era un viejo propósito acariciado por quienes buscaban fragmentar en mayores porciones al antiguo virreinato. Lo quisieron Inglaterra y Francia en 1845; lo quiso Brasil en 1851. No lo pudieron cumplir los primeros por la enérgica repulsa de Rosas; no lo pudo hacer el último por la oposición inglesa a crearse una republiqueta en beneficio de Brasil. En beneficio suyo -como en 1845 y 1846- era otra cosa. Urquiza no fue ajeno a ambas propósitos de desmembrar la Argentina.

Volviendo a Varela. Pese a la radical expresión de la Historia de la Academia "La acusación de desmembrar la mesopotamia hecha a Varela -no tenía más falta que la de ser equivocada-. Si llega a formularse nuevamente deberá ser calificada de infundada" VII, 2º sc., p.265), lo cierto es que Varela, Carril y la mayor parte de los unitarios y aún el mismo Urquiza querían desmembrar la Mesopotamia. La prueba documental es terminante y decisiva.

En realidad, poco importa lo que dijera o pretendiera Florencio Varela. La desmembración de la Mesopotamia no hubiera sido lo más lamentablemente deplorable de su triste misión. Quién tenía instrucciones para ofrecer la tutela permanente de Inglaterra en el Plata, importa poco que hubiera querido dividir administrativamente a su patria en dos o catorce porciones.

miércoles 17 de noviembre de 2010

HISTORIA DEL “DÍA DE LA SOBERANÍA”







Por Federico Gastón Addisi


El término “Día de la Soberanía” fue acuñado por el eminente profesor revisionista José María Rosa y se estampó por primera vez, haciendo su aparición pública, el 20 de noviembre de 1950 durante la presidencia del General Perón. Si bien el Gobierno de Perón no se había manifestado abiertamente a favor del revisionismo, no dejaba de ser permisivo con ciertas manifestaciones de este signo. Así es que, según el propio José María Rosa, el gobierno permitía pegar afiches a favor del Restaurador de las Leyes, cosa no fue posible hacer una vez derrocado el peronismo.
Asimismo, la batalla de Obligado fue conmemorada oficialmente por primera vez, el 20 de noviembre de 1953, por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Aloé quien expresó en su discurso: “este es el homenaje que el General Perón rinde a los héroes que murieron por la defensa de la soberanía nacional”.
En 1954 se creó la “Organización popular por la repatriación de los restos del General Rosas”, presidida por José María Rosa y Ernesto Palacio. Ambos de destacada actuación dentro del movimiento nacional justicialista. El primero de ellos, fue embajador de Perón en su tercera presidencia; primero en Paraguay y luego en Grecia. En tanto que Ernesto Palacio fue legislador en el período 1946-52.
A pedido y sugerencia del historiador José María Rosa y por medio de la Ley Nº 20.770, se instauró el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado.
El primer festejo “oficial” por el Día de la Soberanía tuvo lugar el 20 de noviembre de 1973, en la Provincia de Buenos Aires, con Perón como Presidente y Bidegain como Gobernador. Hasta allí se acercó el por entonces Ministro del Interior, Benito Llambí, y en el acto multitudinario expresó: “Obligado y su mensaje no son pasado, son también presente y porvenir inmediato. Las constantes históricas siguen operando en toda su fuerza. Nuevos modos y métodos más sofisticados han sustituido a los antiguos procedimientos de colonización. La balcanización y los propósitos de sometimiento, tienen vigencia latinoamericana. También la tienen su integración y su independencia. Las banderas de Obligado permanecen como nuestras banderas. Son las banderas que han regresado al gobierno, con el Teniente General Juan Perón. El, desde su alta condición de conductor del pueblo argentino, y de abanderado de las naciones del Tercer Mundo, ha señalado con sintética objetividad la tarea a encarar: el año 2000 verá una América Latina unida o sometida. Estas es nuestra tarea. Esta es la tarea argentina. Y la tarea latinoamericana. Este es el estilo de vida que se desprende de la batalla de la Vuelta de Obligado. Esto es lo que no está impuesto por las escalas de valores, que reconocemos como herencia de un pasado del que nos sentimos orgullosos, y que son las únicas que han de asegurarnos el porvenir, del que puedan enorgullecerse nuestros nietos”.
La ley 20769 sobre la Repatriación de los restos del Brigadier General Don Juan de Rosas tuvo un proyecto primitivo, presentado por el senador Cornejo Linares. Este fue considerado y aprobado por el Senado en la sesión del 14 de noviembre de 1973, pero sufrió modificaciones en la Cámara de Diputados, que lo aprobó modificado. El senador salteño fundamentó su proyecto diciendo: “(…) Y este año de 1973 no puede pasar sin que el Honorable Congreso de la Nación rinda el homenaje sencillo y sentido de recordación ala pueblo que, expresado por sus milicias armadas en el ejército nacional de la Confederación Argentina, defendió, fiel a su juramento de “hasta que la muerte nos separe de la lucha”, nuestra soberanía nacional el 20 de noviembre de 1845, amenazada por la escuadra anglo-francesa respaldada por corsarios que, como Garibaldi, mercenario por vil metal, asolaban las costas del Río de la Plata en procura de derrocar al Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación y prohombre de esta lucha por la soberanía (…)”
“ (…) Las baterías de Obligado resonaron por el mundo entero demostrando que los argentinos, pocos o muchos, sin contar los elementos, no se dejarían avasallar impunemente.
No por nada es que el pueblo, con su natural intuición patriótica, hace ya mucho identifica los grandes destinos de la patria con la invocación de nuestros cuatro grandes caudillos nacionales: San Martín, Rosas, Yrigoyen y Perón”.
“(…) A un Estado no le basta con la declaración de su independencia y el reconocimiento por los demás Estados de la tierra para ser una nacionalidad. Necesita que se lo respete en el pleno uso de sus derechos interiores y exteriores. Es decir, necesita hacer valer su soberanía.
Ninguna afirmación en este sentido existe en nuestra historia patria que tenga más fuerza y elocuencia que la de la heroica batalla de la Vuelta de Obligado. De allí que, con el presente proyecto de ley declarando fiesta nacional su aniversario, busquemos prolongar esta afirmación de soberanía en el tiempo, para ejemplo permanente de las nuevas generaciones argentinas”.
Vuelto a tratar el tema en el Senado, fue aprobado en la sesión del 25/26 de septiembre de 1974. La diferencia del proyecto original, a la revisión que fue tratada; se encontraba en que la última no declaraba el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional. Ello motivó otro proyecto de ley, presentado por el diputado Gallo, que fue tratado y aprobado a continuación de la sanción de la Repatriación de los Restos del Restaurador. De esta manera, en la sesión del 25/26 de septiembre de 1974, se aprobaron las leyes:
- 20.769, que disponía: Art. 1: Dispónese la repatriación de los restos del ex gobernador de Buenos Aires y encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. Art. 2: Créase una Comisión Nacional que arbitrará todas las medidas conducentes para la inmediata ejecución de esta ley. Presidirá dicha Comisión el titular del Poder Ejecutivo, quedando, éste facultado para fijar su composición y funcionamiento, y organizar y rendir los homenajes y honores correspondientes a los cargos desempeñados por el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. Esta Comisión procurará cumplir su cometido el día 20 de noviembre, aniversario de la Vuelta de Obligado. Art. 3: Los gastos que demande el cumplimiento de la presente ley, se imputarán a Rentas Generales. Art. 4: Comuníquese, etc.
- 20.770, que disponía: Día de la Soberanía. Declaración el 20 de noviembre de cada año en conmemoración del Combate de la Vuelta de Obligado, librado el 20 de noviembre de 1845. (Sanción: 26 de septiembre 1974; promulgación: 3 octubre 1974; publicación: B.O. 16/10/74).
Como quedó demostrado en el presente artículo, el anhelo de insertar el “día de la soberanía” en el calendario nacional, como día festivo, data de varios años.
En consonancia con este deseo, el actual gobierno, a través del decreto número 1584/2010 estableció el 20 de noviembre como feriado nacional por conmemorarse el “Día de la Soberanía”. Sin embargo, éste asueto no quedará inmóvil, honrando año tras año la gesta de Obligado, sino que será móvil. Y para empezar – mal – el lunes 22 de noviembre del presente año será “feriado turístico”…



Bibliografia:

- Quattocchi – Woisson, Diana, Los males de la memoria, Emecé, Bs As., 1995, pág. 314.
- Linares Cornejo, Juan Carlos, Acerca de Rosas y otros temas, Congreso de la Nación, Bs, As, 1975, pp. 19, 20, 21.
- Anales Legislación Argentina, T. XXXIV. D, 1974, pág. 3312.
- Congreso Nacional, Diario Sesiones, Cámara Senadores, T. III, 1973, pág. 2277.
- Revista Las Bases, Buenos Aires, 28/11/1973, p. 55.

jueves 4 de noviembre de 2010

ROSAS Y EL CONSTITUCIONALISMO


Por Alberto González Arzac


El acceso de Juan Manuel de Rosas al escenario político argentino acaeció en momentos en que el “constitucionalismo” hacía sentir su presencia tras grandes acontecimientos mundiales sucedidos a fines del siglo XVIII, como fueron la Constitución norteamericana de 1787 y la Declaración de los Derechos del Hombre y el ciudadano francesa de 1789-1791.

En nuestro país, la Asamblea del Año XIII no pudo sancionar una Constitución y ya habían fracasado dos intentos de Constitución unitaria en 1819 y 1826. Los pactos interprovinciales que se fueron sucediendo desde el Tratado del Pilar de 1820 abrieron nuevas perspectivas de organizaci6n federal, intentada en 1827 por Manuel Dorrego como gobernador de Buenos Aires, Juan B. Bustos (Córdoba) y Estanislao López (Santa Fe), pero también fracasadas en diciembre de 1828 tras el amotinamiento del general Juan Lavalle.

Sin embargo, la elaboración doctrinaria del Derecho Constitucional fue algo posterior: en 1834, el ministro francés Francois Guizot creó la cátedra de esa disciplina en la Universidad de París para enseñar la Constitución monárquica de 1830, y, coincidentemente en nuestra Universidad de Córdoba, Santiago Derqui creó la de Derecho Público para enseñar el Pacto Federal de 1831 y las constituciones provinciales vigentes en el país, además de principios universales de la asignatura.

Rosas como pensador político

Mucho se ha divulgado la creencia de que Juan Manuel de Rosas careció de ilustración política y constitucional. Un ejemplo de ello es la afirmación de Segreti: “Rosas no fue un pensador político; por hábitos diría, fue un estanciero que las alteradas circunstancias de la coyuntura lo empujaron a la vida política para defender sus intereses”. No son pocos los que han partido de ese error, edificando así juicios equívocos sobre el pasado histórico argentino.

Sánchez Viamonte efectuó esta generalización: "El caudillo es la forma rudimentaria del líder, como el pueblo-multitud es la forma rudimentaria del partido político. Diferencia de grado, pero grado de cultura, y la cultura es calidad siempre".

Cuantos han criticado desde ese ángulo el pensamiento político y constitucional de Rosas, lo han hecho casi por inercia, partiendo de la premisa “antirrosista” de vincular a Rosas con la “barbarie”.

Arturo Sampay -uno de los pensadores políticos más eminentes que ha tenido el país- escribió una obra donde puede leerse: “Rosas, con firme vocación para la política, conformó tempranamente su ideal, tras afanosos estudios y hondas reflexiones. En plena juventud, en planes de gobierno que concibió, expuso por escrito su ideal, no tanto, seguramente, para difundirlo, sino -como acontece a los hombres de autentica vocación política- para esclarecerse a sí mismo". Sampay no fue “rosista”, sino un estudioso del pensamiento político de Rosas con criterio crítico, al punto de calificar como “reaccionarias” sus ideas. El término “reaccionario” fue utilizado por ese autor “con el exacto significado que le da al vocablo la ciencia política, a saber, la doctrina que propugna o el politico que pretende restaurar no decaídos principios de conducta social objetivamente valiosos, sino formas jerárquicas de vida colectivas allanadas por el progreso social”.

Personalmente he disentido respetuosamente con el maestro Arturo Sampay en ese punto de vista, entendiendo que esas formas de vida colectiva estaban entonces aún plenamente vigentes en nuestros país.

Pero dudas no caben de que ha sido Sampay el más erudito autor dedicado al análisis de la documentación sobre el particular en los archivos de Rosas y en las obras por él frecuentadas, tanto en sus primeros años como durante su actuación política y el exilio en Southampton. Así lo hizo desde el Rosas joven que estudió a Cicerón, Edmundo Burke, José María de Maistre, Tomás Paine. Gaspar de Réal de Curban y otros autores, hasta el Rosas gobernante que en nota a su colaborador, el sabio napolitano Pedro de Angelis, le encarga “una relación de las obras de Derecho Público, con expresión de las mejores y más necesarias”, “para yo encargarlas donde las haya”; o el anciano Rosas visitado en 1873 por Vicente y Ernesto Quesada en Southampton, a quienes expuso su pensamiento constitucional.


Después de su libro Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, volvió Sampay a referirse a él, calificándolo como “uno de los mas clarividentes estadistas reaccionarios del siglo pasado”, al analizar su política a través de algunos hitos fundamentales de la historia constitucional argentina, particularmente el Pacto de Confederación del 4 de enero de 1831: “Rosas consiguió, después de algunos años de guerras civiles y de negociaciones, que todas las provincias adhiriesen al Pacto, con lo cual éste se convirtió en la Constitución argentina vigente hasta que se sancionó la Carta Federal de 1853”. A pesar del análisis crítico, Sampay sintetizó su juicio sobre Rosas al afirmar que “impuso la unificación política de las provincias bajo la hegemonía de la Provincia de Buenos Aires y ello comportó siquiera parcialmente un progreso de la Nación; como lo fue la unión política de los Estados alemanes que bajo la subordinación a la Prusia feudal impuso Bismark”.

No deseo polemizar ahora con las opiniones del maestro, porque lo he hecho en vida de él en largas pláticas que aún añoro. Pero quiero destacar el lugar dado a Rosas por quien fuera una autoridad en la Ciencia Política y el Derecho Constitucional. Para él, Rosas no era un “bárbaro” ni un caudillo inculto. Era un estadista, un pensador político y un gobernante eximio, que supo conducir la Provincia de Buenos Aires y al país hacia objetivos perfectamente definidos.


La Confederación


La gran disgregación de las provincias que integraron el Virreinato del Río de la Plata era una realidad incontrovertible en el momento que Rosas asumió preponderancia política. Desde 1810 la provincia del Paraguay se había impuesto una actitud autonomista, acordando luego un tratado interprovincial el 12 de octubre d 1811. Las provincias del Alto Perú habían declarado su independencia el 6 de agosto de 1825, conformando la República Boliviana después que el Congreso argentino lo consintiera por ley del 9 de mayo de 1825. La provincia Oriental había permanecido en constante disputa con españoles y lusitanos hasta que fue declarada independiente por el tratado argentino-brasileño de 1828. Las restantes provincias, si bien reconocían su identidad argentina, no eran ajenas al proceso de disgregación, dándose instituciones locales a partir del reglamento dictado para Misiones en 1810. El gobierno nacional en 1813 y 1814 creó las provincias de Cuyo, Corrientes, Entre Ríos, Salta y Tucumán. En 1815 declararon su autonomía Córdoba y Santa Fe. Y entre 1820 y 1821 hicieron lo propio Mendoza, San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Catamarca; incluso Buenos Aires debió darse sus propias instituciones en 1820, arrastrada por aquel proceso. La Nación argentina no era un Estado, sino un mosaico de estados ligados por vínculos históricos, culturales y económicos que habían afrontado en común la guerra de la emancipación.

Par eso, el incuestionable realismo de Rosas lo llevó a admitir que estaba ante un país de estructura federal.

Uno de los autores mas consultados por Rosas, Gaspar de Réal de Curban, decía: “El Estado compuesto es un conjunto de Estados estrechamente unidos por algún lazo, de suerte que parecen ser un solo cuerpo, aunque cada estado conserva su soberanía particular. Estos gobiernos compuestos suelen ser de dos especies. La primera es cuando dos o mas Estados soberanos, sin incorporarse el uno al otro, se juntan y tienen un solo y mismo Rey, aunque la soberanía sea ejercida separadamente por cada una de las potencias”. “La segunda especie es cuando varios Estados se ligan por una Confederación general y perpetua para tener en esta unión las fuerzas que le han parecido necesarias en su seguridad común. Los Estados confederados se unen para ejercer en común ciertas funciones del poder soberano, como el derecho de hacer la guerra y la paz; en tanto que los tratados de comercio, el establecimiento de los impuestos, la creación de las magistraturas, el derecho de legislar en general, la vida y la muerte de sus ciudadanos, siguen reservados a la potestad de cada Estado particular, aunque con alguna dependencia a la Confederación”. “En la Confederación cada miembro se desprende de una parte de la soberanía; es general y perpetua, y los confederados conservan cada uno su gobierno pero bajo un jefe común”.

Gaspar de Réal de Curban (1682-1752) había escrito para los monarcas franceses, pero su Science du Gouvernement -según Sampay- fue “la principal fuente literaria del pensamiento político de Rosas”, al punto que “por una nota de Rosas al director de la biblioteca pública (del 25 de abril de 1846) cuya copia se conserva en el Archivo General de la Nación (División de Gobierno Nacional Secretaría de Rosas, 1846, S. X. c 26 a. 5 n. 4), sabemos que el libro de Gaspar de Réal era el consultado hasta en los últimos de su gobierno”.

Es claro que Rosas debía adaptar esas enseñanzas a la realidad republicana de nuestras provincias. Otón Bismark pudo hacerlo tiempo después proclamando el Imperio germano con el Rey de Prusia por Emperador; pero nuestra naturaleza política exigía ajustar las ideas a la República.

Habrá ejemplos en Europa y América. Los cantones de la Confederación Helvética habían sido reconocidos como estado soberano por el Tratado de Westfalia (1648) antes de convertirse en República federativa (1803). Los Estados Unidos de Norteamérica, independizados de Inglaterra en 1776, se organizaron en Confederación hasta que dictaron su Constitución federal (1787).

Indudablemente, la Confederación era el sistema de gobierno apropiado en ese momento para garantizar la unidad y asegurar el gobierno de nuestras provincias y su representación exterior, superando la anarquía y la disgregación. Y esa Confederación no se instrumentaba mediante una “Constitución” propiamente dicha, sino mediante un “Pacto” que hacía las veces de ella, donde los estados contratantes acordaban normas de convivencia pacífica, unidad militar, personalidad exterior común, pero se reservaban su propia Independencia para revisar las condiciones pactadas y denunciar el acuerdo si fuera necesario.


Pacto Federal de 1831


Después de la batalla de Oncativo (25 de febrero de 1830), con el triunfo armado de José María Paz sobre Facundo Quiroga, se estableció una fuerte Liga del Interior organizada militarmente contra las provincias federales del litoral. Eran los “unitarios”, que tras el fracaso de las constituciones de 1819 y 1826 adoptaban una metodología federal para organizar el país.

Quiroga pensaba que las “garantías y probabilidades de una paz segura sólo pueden ofrecerse en la Constitución del país”, pero decía a Rosas en carta del 10 de enero de 1830: “EI General que firma y sus bravos han jurado no largar las armas de las manos hasta que el país se constituya según la expresión y voto libre de la República”.

Rosas había asumido el poder en la Provincia de Buenos con un sólido apoyo político, coordinando su acción en el Litoral con Estanislao López y en el interior con Facundo Quiroga y Juan Felipe Ibarra, todos ellos caudillos federales. En tanto Paz, fortalecido tras el triunfo de Oncativo, influía en las provincias norteñas en pos de una organización unitaria, objetivo que no abandonó hasta caer prisionero, e incluso perseveró en él tiempo después.

El 4 de enero de 1831, Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firmaron el “Pacto de la Confederación Argentina”, conocido como “Pacto Federal”. Fue uno de los “pactos preexistentes” que invocaría el Preámbulo de la Constitución de 1853 y adoptó el nombre de “Confederación Argentina”, uno de los mencionados en el artículo 35 de la Constitución de 1860 como denominación oficial.

Joaquín V. González dijo que ese pacto federal “contiene las bases de un orden federativo...que fue el mismo que, ratificado por los gobernadores de otras Provincias en 1852, sirvió de punta de partida para la definitiva organización de la Nación”.

La Confederación fue la gran obra constitucional de Rosas, quien logró que el pacto firmado entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos en 1831 estuviera ratificado un año después por las diez restantes provincias argentinas (Jujuy recién declaró su autonomía en 1835), adhiriendo en 1831 Mendoza, Corrientes, Córdoba, Santiago del Estero y La Rioja; y en 1832 Tucumán, San Juan, San Luis, Salta y Catamarca.

Aún cuando algunos hayan mantenido la idea de Nación, todos los pactos interprovinciales anteriores habían sido parciales, inspirados en la disputa entre grupos de provincias: el Tratado de Pilar (1820), los de Vinará y Tucumán (1821), del Cuadrilátero (1822), de San Miguel de las lagunas (1822), de Hanacache (1827) y la Alianza ofensiva y defensiva de 1827, promovida para resistir la Constitución unitaria de 1826.

Mediante el Pacto Federal, imponía Rosas su criterio globalizador para comenzar la definitiva organización del país: “Todo lo que no se haga por tratados amistosos en que obre la buena fe, el deseo sincero de unión y un conocimiento exacto de los intereses generales aplicado con prudencia a las circunstancias particulares, será siempre efímero, nulo para el bien y solo propicio para multiplicar nuestros males”, decía en carta a Estanislao López.

El Pacto Federal incluyó una cláusula donde se preveía “invitar a todas las demás Provincias de la República cuando estén en plena libertad y tranquilidad a reunirse en federación con las tres litorales; y a que por medio de un Congreso General Federativo se arregle la administración general del país, bajo el sistema federal, su comercio interior y exterior, su navegación, el cobro y distribución de las rentas generales y el pago de la deuda de la República, consultando del mejor modo posible la seguridad y engrandecimiento general de la República, su crédito interior y exterior y la soberanía, libertad e independencia de cada una de las provincias”.

Rosas acompañó copia del Pacto en carta a Quiroga del 3 de febrero de 1831, diciendo que el documento “instruye de la conducción política de Buenos Aires y sus aliados”, puntualizándole: “Soy de sentir que no conviene precipitarnos en pensar en Congreso. Primero es saber conversar la paz y afianzar el reposo; esperar la calma e inspirar recíprocas confianzas antes de aventurar la quietud pública”.

Coincidía Rosas con lo dicho en su carta a López, donde reprochaba la actitud de quienes querían apresurar un Congreso mientras las provincias se encontraban en guerra: “¡Congreso!, ¡Congreso! ¡Hasta cuando tendrán lugar entre nosotros esos delirios con que han logrado llenar nuestras cabezas ciertos hombres que no han pensado sino en esclavizarnos!”. La correspondencia con Quiroga volvería a registrar la opinión de Rosas oponiéndose a la tentativa de “organizar, sin guardar el orden lento, progresivo, guardando con la obra de la naturaleza, ciñéndose para cada cosa a las circunstancias del tiempo y el concurso de otras cosas influyentes”.

Poco antes del asesinato de Facundo Quiroga, Rosas le expone sus ideas esenciales sobre la organización nacional en su célebre carta escrita desde la hacienda de Figueroa (San Antonio de Areco), el 20 de diciembre de 1834, partiendo de una coincidencia básica: “Nadie…más que Ud. y yo podría estar más persuadido de la necesidad de una Constitución Nacional”. Quiroga llevaba ese escrito consigo cuando fue muerto en Barranca Yaco. En el original de la carta quedaron manchas de “alguna sangre de la ilustre víctima”; “así es porque cuando lo mandaron matar nuestros enemigos, la tenía el General consigo”, diría Rosas tiempo después.

También en carta dirigida a López el 6 de marzo de 1836, Rosas habló despectivamente de “un cuadernito con el nombre de Constitución”, diciendo que un Congreso conseguiría que “unos estén por parte del cuadernito” y “algunos la reprueben del todo”.

No significa esto que Rosas haya sido contrario a la sanción de la “Constitución escrita”. Lo dijo en la carta a Facundo Quiroga del 20 de diciembre de 1834: “Que los Pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares”. Y es así como durante su influjo dictaron constituciones numerosas provincias: Corrientes (1838), Jujuy (1835, 1839), San Luis (1832), Santa Fe (1841), Santiago del Estero (1835).

Corrientes estaba entonces gobernada por Genaro Berón de Astrada, quien consultó a Rosas sobre la reforma constitucional provincial en medio de los graves problemas de carácter internacional que sobre la Confederación Argentina gravitaban en 1838. El 24 de abril Rosas le contestó, disculpándose de no expedirse en profundidad por aquellas circunstancias y afirmando que por “esta misma razón no hemos aún podido en ésta (Buenos Aires) ocuparnos también de nuestra carta particular, pues menos malo es no tenerla que hacerla antes de la verdadera oportunidad, exponiéndose a errores y desgracias difíciles de repararse en la ulterioridad”.

Lo cierto es que por entonces el “constitucionalismo” no se había impuesto aún en todo el mundo y mucho menos en repúblicas federales, porque el modelo norteamericano de 1787 no había tenido imitadores.

Hacia 1836, el general Santa Cruz intentó dar vida a la Confederación Peru-boliviana, que duró sólo tres años. En Europa, recién en 1848 una Constitución sellaría el viejo pacto de unión entre los cantones suizos.

La Revolución Francesa (1789) había difundido un modelo de República unitaria que sólo duró hasta 1804, pero definió el sistema nuestras fracasadas Constituciones de 1819 y 1826, así como el de las otras naciones americanas: Chile, Perú, Uruguay, Paraguay. La mayor parte de las naciones europeas estaban aún bajo formas monárquicas que por definición son unitarias. La Confederación Argentina (1815) era una unión de reinos que hacía excepción a la regla, conformando un Imperio y siendo inaplicable en nuestras naciones. La misma Francia era por entonces nuevamente monárquica, pues la república será proclamada por segunda vez en 1848.

En América, el Brasil estaba gobernado por el Emperador Pedro I y México (a una década de la monarquía de Iturbide) pasaría todavía la experiencia de su segundo Imperio.

Los sistemas jurídicos de Norteamérica y la Argentina eran disímiles. También lo eran sus culturas, sus historias, sus tradiciones, sus religiones. ¿Por qué Rosas habría de adoptarlas? Si, como diría años después, “en los mismos Estados Unidos dejó todo ello muy mucho que desear ...”. Y cierto es que la Constitución no preservó a esa Nación de la guerra civil que más tarde estallaría.

Pero tampoco soñaban con la Constitución federal norteamericana los políticos ni los militares unitarios. No fue el modelo norteamericano la panacea del Salón Literario de Marcos Sastre, ni de la Asociación de Mayo de Esteban Echeverría, donde se reunían jóvenes brillantes que leían con avidez autores europeos y donde Juan B. Alberdi divulgó el historicismo de Lerminier. Más bien fueron los federales Dorrego y Manuel Moreno los que habían invocado la Constitución norteamericana en el Congreso de 1824-27.

En la década del 30, aquella generación atraída por la Francia unitaria estaba lejos aún de pensar como lo haría en 1853, cuando José B. Gorostiaga pidió la aprobación de un proyecto constitucional “vaciado en el molde de la Constitución de los Estados Unidos, único modelo de verdadera Federación que existe en el mundo”. Porque todavía no se habían convencido de “la imposibilidad de hecho para reducir sin sangre y sin violencia a las provincias o a sus gobernantes al abandono espontáneo” del “poder de la propia dirección, la soberanía o libertad local", como reflexionaría Alberdi en sus Bases de 1852.

Rosas no era un adversario de las constituciones “escritas”, dado que no estaba influenciado por la formación cultural británica, nación donde impera aún hoy impera una Constitución “no escrita”, basada fundamentalmente en la tradición y las costumbres, aunque su acervo también esté formado por algunos documentos como la Carta Magna (1215), la Petición de Derechos (1629), El Bill de Derechos (1689), el Acta de Establecimiento (1701). Era poseedor Rosas de un sólido realismo constitucional, como lo fueron otros caudillos argentinos, incluso el oriental Gervasio de Artigas, cuyo pensamiento en la materia quedó reflejado en las instrucciones de 1813 (que son un antecedente de nuestro federalismo).

Por ello, Guillermo Rawson habría de decir años después que “Rosas era un gobernante de origen legal y, aunque no habrá constitución escrita, había una serie de leyes orgánicas que constituían un gobierno, tal vez más perfecto que el de muchas repúblicas sud americanas, a pesar de que la mayor parte de ellas tenían constituciones escritas”.

El 17 de mayo de 1832, Rosas le escribió a Estanislao López manifestándole su conformidad con el nivel confederativo logrado y su cautela en dar pasos futuros: “Federarse con las Provincias litorales y arreglar la administración del País por medio de un Congreso General Federativo, son dos sucesos que pueden diferir entre si un largo período, sin que por eso pierda su vigor ninguna de las obligaciones consignadas en el Tratado del 4 de enero para todas y cada una de las Provincias que lo aceptaren”.


Constitución de 1833


Retrocediendo a diciembre de 1829, cuando Rosas asumió por primera vez el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, bueno es advertir que ya algunas de las trece provincias habían sancionado constituciones “escritas”, lo que revela que ese proceso tenía vida incipiente en nuestro país, aún cuando todavía no se había impuesto en el mundo: Santa Fe (1819), Entre Ríos, Tucumán (1820), Córdoba, Salta (1821), etc., ya habían aprobado constituciones.

Rosas decía a Quiroga: “V. y yo preferimos a que Pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares para que después de promulgadas entrásemos a trabajar los cimientos de la Constitución Nacional”, porque consideraba que “una República federativa es lo más quimérico y trabajoso que pueda imaginarse, toda vez que no se componga de Estados bien organizados en sí mismos”.

Por ese entonces la Provincia de Buenos Aires se regía por un Reglamento dictado el 6 de junio de 1820, durante la breve gobernación de Idelfonso Ramos Mexía, que establecía las competencias y funciones de los poderes provinciales como consecuencia de los compromisos contraídos en el Tratado de Pilar. Esa reglamentación seguía vigente durante el primer gobierno de Rosas, pero era de toda evidencia la necesidad de una Constitución que organizara más efectivamente las instituciones provinciales.

En diciembre de 1832, la legislatura designo gobernador al general Juan Ramón Balcarce, mientras Rosas preparaba su expedición al sur y continuaba ejerciendo indudable influjo político.

“Cuando llegaba a su término el período gubernativo de Rosas comenzó a hablarse insistentemente del asunto (constitucional). Guido le escribía el 29 de mayo de 1833, muy atinadamente, que la palabra Constitución ganaba terreno y que mediante ella se abrían paso los que pretendían acercarse al poder”.

El diputado Nicolás Anchorena (primo de Rosas e íntimamente ligado a él) mocionó en la Legislatura que antes del 31 de agosto de agosto de 1833, la Comisión de Negocios Constitucionales elaborara un proyecto de Constitución provincial bajo la forma republicana federal. Ese proyecto fue presentado recién el 19 de diciembre de ese año por los diputados Mateo Vidal, Diego Alcorta y Justo García Valdez.

Rosas se enteró de la iniciativa de Anchorena en plena campaña al desierto, pero evidentemente conocía la idea desde antes, porque ordenó salvas para celebrar la moción de su pariente, que se correspondía con sus deseos, y dirigió una proclama señalando “la consoladora esperanza de una Carta acomodada a la forma federal de la República”. “Se acerca ya el suspirado día de nuestra Constitución provincial y es de esperarse que todas las provincias sancionen las suyas bajo la misma forma”. construyendo los “cimientos de la gran Carta Nacional Federativa”.

Por entonces, Rosas resultó elegido diputado provincial por Lobos a instancia de políticos que propusieron la candidatura sin su consentimiento. El 22 de junio envió su renuncia a la Legislatura, que fue leída el 13 de julio, en la que expresaba que sería “satisfactorio desempeñar este nuevo cargo de tanto honor, entre otras cosas de grande estima por la parte que le cabría en la sanción de la Constitución”, pero que “la grande y penosa empresa de que se haya encargado” le impedía ejercer la representación. Y en carta a Pacheco comentaba: “Gritaban por la Constitución de la Provincia, a que decían me oponía como déspota tirano; pero han sido desmentidos por la moción de mi primo don Nicolás y por lo que digo en mi renuncia”.

Manuel Gálvez comentaría que Rosas transcribió la moción “en la orden del Día que se ha leído al ejército el 25 de junio junto con las palabras con el autor la fundó”.

El proyecto de Constitución para la Provincia de Buenos Aires fue presentado durante la gobernación del general Juan José Viamonte. Allí estaba prevista la delegación de facultades en un Congreso Nacional, consagrada la soberanía popular y la división de poderes. El Poder Legislativo provincial era bicameral y las garantías individuales amplias.

Respondía ello a las expectativas de Rosas, en cuyo concepto la Provincia de Buenos Aires tenía “un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados”, por lo que esperaba “poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo”.

La estrategia federativa de Rosas abordaba lo particular antes que lo general, porque para consolidar la Confederación se necesitaban provincias bien organizadas. La estrategia unitaria, en cambio, se trazaba desde lo general hacia lo particular, porque para someter las autonomías provinciales era imprescindible organizar un poder central.

Aquella idea de Rosas era a todas luces realista, fundada en “elementos de poder”, como los llamó en carta a Facundo Quiroga: “Si dentro de cada Estado en particular no hay elementos de poder para mantener el orden respectivo, no sirve más que para poner en agitación a toda la República, a cada desorden parcial que suceda. Y hacer que el incendio de cualquier Estado se derrame por todos los demás”.

Aunque la Constitución proyectada en 1833 no llegó a sancionarse, las opiniones públicas de Rosas no fueron contrarias a su aprobación, sino indudablemente favorables.


El plebiscito


Después del asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco (16 de febrero de 1835), la Legislatura de Buenos Aires intentó que Rosas asumiera nuevamente la gobernación de la Provincia investido con la “suma del poder público”.

Rosas contestó: “El infrascripto ruega a los señores representantes, que para poder deliberar sobre la admisión o renuncia del elevado cargo y de la extraordinaria confianza con que se han designado honrarlo, tengan a bien considerar en sala plena tan delicado negocio, y acordar el medio que juzguen más adaptable para que todos y cada uno de los ciudadanos de esta ciudad, de cualquier clase y condición que sean, expresen su voto precisa y categóricamente sobre el particular, quedando éste consignado de modo que en todos los tiempos y circunstancias se pueda hacer constar el libre pronunciamiento de la opinión general”.

Es decir que estaba proponiendo un “plebiscito” que la Legislatura aceptó realizar, señalando los días 26, 27 y 28 de marzo para que los ciudadanos acudieran a votar. “De los registros que fueron elevados a la Legislatura, resultó que sobre 9.520 ciudadanos (que componían el maximum de los electores de Buenos Aires) que sufragaron, sólo los ciudadanos Jacinto Rodríguez Peña, Juan José Bosch, Juan B. Escobar, general Gervasio Espinosa, coronel Antonio Aguirre, déan Zavaleta, Pedro Castellone y Ramón Romero se pronunciaron en contra de la precitada ley”.

Se lo denominó “plebiscito” porque como en los plebiscitos de Roma, votó la plebe “de cualquier clase y condición que sean”, según la propuesta de Rosas. Con esa particularidad y amplitud, era un referéndum a la decisión legislativa.

El constitucionalismo de fines de siglo XVIII había adoptado esa institución, donde el principio de soberanía del pueblo asumía una forma directa. Francia sometió a referéndum las constituciones de 1793 y 1795. Suiza hizo lo propio en 1802. En los Estados Unidos de Norteamérica el Estado de Massachussets lo había adoptado en 1780 y luego siguieron New Hampshire y los restantes estados, a excepción de Delaware. El Estado de New York en 1822 había adoptado su Constitución por ese método.

Rosas incorporó la institución al sistema constitucional argentino para afrontar un momento crucial de la historia argentina y garantizar facultades extraordinarias otorgadas en consecuencia.

Porque en el concepto de Rosas, la soberanía del pueblo estaba por sobre los preceptos usuales del gobierno representativo: “Yo soy federal y lo soy con tanta más razón cuanto que estoy persuadido de que la Federación es la forma de gobierno más conforme con los principios democráticos”, dijo en 1831 Rosas a Facundo Quiroga, aclarando que “aun así, siendo federal por íntimo convencimiento, me subordinaría a ser unitario si el voto de los pueblos fuese por la unidad”.

Tal vez por ello, Enrique M. Barba habría de expresar: “A Rosas podrá discutírsele cualquier cosa menos su férrea coherencia; por eso le importaba un bledo ser unitario o federal; era mucho más que eso, era rosista”.

Mi amigo y vecino platense Barba fue otro de los historiadores argentinos displicentes respecto del “bagaje teórico” de Rosas, lo que muchas veces discutí con él. Pese a ser un erudito estudioso de la época de Rosas, simplificó de tal manera la cuestión que llegó a una conclusión: “Como buen porteño, o mejor dicho porteñista…(Rosas) no podía aceptar una Constitución Nacional que, entre otras cosas, creara poderes superiores a los de Buenos Aires, que federalizara esta ciudad y nacionalizara la Aduana. Por eso se opuso a la Constitución y no quiso gobernar si no era con facultades extraordinarias primero, y con la suma del poder público después, al que atribuía mágicas virtudes”.

En rigor de verdad, Rosas consideraba necesario que el paso desde el Pacto de Confederación hacia la Constitución federal estuviera garantizado por condiciones que la realidad argentina entonces no reunía; por eso en la carta del 17 de mayo de 1832 le decía a Estanislao López: “Es preciso convencerse de que si no reina en el Congreso Federal un sentimiento de fraternidad, de paz y de equilibrio, podrá satisfacer a la sombra de una autoridad superior, pasiones más o menos exageradas, pero jamás será estable y duradera la organización que con tales resortes diese a la República. Habría Constitución Federal, habría Jefe nacional, habría leyes orgánicas, pero todo se desharía pronto, como se deshizo la Federación de Méjico y Guatemala”.

Y evidentemente, cuando en 1853 las provincias interiores de la Argentina se dieron una Constitución sin haber logrado aquellos requisitos, promovieron la división con la Provincia de Buenos Aires, suscitándose una década de conflictos que debieron dirimirse en los campos de Marte.

Rosas ya advertía eso en su carta a Felipe Ibarra del 16 de diciembre de 1832, considerando “equivocada la idea de que una carta constitucional enfrentaría las turbulentas pasiones de los innovadores. En las controversias de los partidos políticos enconados, el código más alto no es otra cosa que un argumento más que cada cual lo hace servir a su turno en beneficio de sus intereses”. “Mientras las provincias no hayan organizado su sistema representativo y afianzado su administración interior, mientras no hayan colmado las agitaciones internas y moderádose las pasiones políticas que la última guerra ha encendido, y mientras las relaciones sociales y de comercio bajo los auspicios del país no indiquen los principales puntos de interés general que deben ocupar nuestra atención, creo que sería funesto ocuparnos de un Congreso Federativo”.


Exilio en Southampton


Después de dos décadas, el 3 de febrero de 1852, tras la derrota militar en la batalla de Caseros, Rosas inició el camino del exilio, que transcurriría en Southampton (Inglaterra) hasta el fin de sus días. Desde allí observó el proceso histórico argentino, edificado sobre la convalidación de su gran obra: el 31 de mayo de 1852 en San Nicolás de los Arroyos los gobernadores provinciales ratificaron el Pacto Federal de 1831 y sostuvieron que “estando en la actualidad todas las provincias de la República en plena libertad y tranquilidad” se convocaba a un Congreso General Constituyente. El Acuerdo de San Nicolás decía: “Siendo una ley fundamental de la República el Tratado celebrado el 4 de enero de 1831, entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos por haber adherido a él todas las demás provincias de la Confederación, será religiosamente observado en todas sus cláusulas”. Pasando por alto lo anecdótico, consecuencia de ello fue la sanción de la Constitución de 1853. Luego vinieron la secesión entre Buenos Aires y la Confederación, la batalla de Cepeda, la reforma constitucional de 1860, la batalla de Pavón, las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, y la muerte de Rosas en 1877.

Mientras todo esto ocurría en la Argentina, también en Europa el constitucionalismo evolucionaba.

Cuando Rosas gobernaba aún con pleno vigor, el mundo mutaba rápidamente. 1848 había sido un año de revolución social, pero también de innovación constitucional: la Segunda República en Francia y la federación en Suiza. Temerosa de las puebladas en Berlín, la asamblea germana se había trasladado a Brandeburgo, donde la tranquilidad social garantizaba la paz política. Un lustro después, ya derrocado Rosas, el general Urquiza, acosado en Buenos Aires, también habría de buscar refugio en la calma provinciana de Paraná, tanto como el Congreso Constituyente la encontró en la cordial Santa Fe.

A Rosas lo visitó Juan B. Alberdi, sindicado como el padre de la Constitución de 1853, que se había desempeñado como embajador ante las cortes europeas. Rosas insistió ante él en la opinión de que las provincias “deben ligarse solamente por pactos y convenios”.

Y Alberdi comentó: “El General Rosas está equivocado en sus doctrinas”; “No se puede gobernar hoy en América sin una constitución”. Pero lo cierto es que la Constitución de 1853 había dividido la Argentina.

Es que Alberdi todavía creía en la magia de la constitución “escrita”, a la que Rosas llamó peyorativamente “cuadernito” en 1836, y Ferdinando Lasalle denominaba “tira de papel”, para contraponerla a la constitución “real”, formada por la suma de factores reales y efectivos que rigen en la sociedad.

Es posible, que a su hora, tanto Rosas cuanto Alberdi hayan tenido acceso a las difundidas conferencias pronunciadas en Berlín en abril de 1862 por el escrito y orador alemán. Al menos así parecieran denunciarlo escritos póstumos de Alberdi, cuando dijo que nuestra república “no es un hecho; es un mito, una alucinación de nombres y de palabras”. O conceptos de Rosas, cuando en 1873 le dijo a Quesada que hacer una Constitución “fue mi ambición, pero gasté mi vida y mi energía sin poderla realizar”; “porque una Constitución no debe ser el producto de un libro soñador sino el reflejo exacto de la situación de un país”. “Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel que no podían llevarse a la práctica”.

Lasalle había tomado su concepto “tira de papel” de un mensaje de Federico Guillermo IV, quien se oponía a la aprobación de una Constitución escrita diciendo que nunca permitiría que entre Dios y el Rey “se deslice una hoja escrita”. Rosas había tomado su concepto de la expresión gauchesca de Facundo Quiroga, quien simplemente la denominaba “cuaderno”. Extraña coincidencia entre un monarca prusiano y un caudillo provinciano para denominar a la “Constitución escrita”.

Si hasta a Sarmiento lo hubiera asombrado que la “barbarie” pudiera expresarse tan parecida a la “civilización”. Ocurre que la maniquea interpretación sarmientina distorsionó nuestra realidad; pero tampoco fueron ajustadas a ella otras interpretaciones que encomiaron a Rosas.

Arturo Jauretche, un de mis autores predilectos, resaltaba en Rosas su lucha por la nacionalidad, pero recelaba de presentarlo como “precursor de la Constitución”, diciendo que un Rosas “meditando futuras constituciones” sería tan inventado como “un Artigas que leía los artículos de la Confederación norteamericana y un López que bregó por el federalismo a lo Filadelfia”.

Fuentes:

Segreti; Carlos S.A.: La Carta de la Hacienda de Figueroa, Córdoba, 1996.
Sánchez Viamonte, Carlos: El Último Caudillo, Buenos Aires, 1930.
Sampay, Arturo E.: Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 1972.
Sampay, Arturo E.: Las Constituciones de la Argentina, Buenos Aires, 1975.
Nota del 7 de abril de 1848, Archivo General de la Nación. S VII c. 3 a 1, Nro. 5, fol. 81 vta.
Quesada, Ernesto: La Época de Rosas, Buenos Aires, 1923.
Réal de Curban, Gaspar: La Science du Gouvernement, París, 1762.
Barba, Enrique M.: “El primer gobierno de Rosas”, en Historia de la Nación Argentina, Buenos Aires, 1957.
González, Joaquín V.: Manual de la Constitución Argentina, 1897.
Carta de Rosas a Urquiza, agosto 5 de 1861.
González Arzac, Alberto: Caudillos y Constituciones. Buenos Aires, 1994.
Alberdi, Juan. B: Fragmento preliminar al Estudio del Derecho. Imp. de la Libertad. Buenos Aires, 1837.
Congreso General Constituyente, Santa Fé, sesión del 20 de abril de 1853.
Barba, Enrique: “Orígenes y crisis del federalismo argentino”, Rev. de Historia, N° 2, Buenos Aires, 1957.
Diario de Sesiones del Senado de la Nación: 8 de julio de 1875.
Carta de Rosas a Quiroga del 20-12-1834.
Puentes, Gabriel A.: El Gobierno de Balcarce. Buenos Aires, 1948.
H. Junta de Representantes: Diario de Sesiones; Nº 344, 13 de julio de 1833.
Gálvez, Manuel: Vida de Don Juan Manuel de Rosas. Buenos Aires, ed. 1956.
H. Junta de Representantes: Diario de Sesiones; Nº 586, 18 de marzo de 1833.
Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina. Buenos Aires, ed. 1951.
Rosa, José María: Del Municipio Indiano a la Provincia Argentina. Buenos Aires, ed. 1974.
Barba, Enrique M.: Quiroga y Rosas, Buenos Aires, 1974.
Carta de Alberdi a Urquiza del 9 de agosto de 1861.
Lasalle, Ferdinando: ¿Qué es una Constitución? Ed. Madrid, 1931.
Alberdi, Juan B.: La Monarquía como mejor forma de gobierno en Sud América. Ed. Peña Lillo, Buenos Aires, 1970.
Jauretche, Arturo: Política Nacional y Revisionismo Histórico, ed. 1970.