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Por Jorge Sulé
VALOR MATERIAL
La tecnología náutica
La galera antigua era propulsada principalmente por remeros. Los trirremes, cuatrirremes o más, eran propulsados por galeotes manejados a látigo por mayorales. Las velas cuadras sólo se ponían al soplar el viento del popa, de nada valían cuando el viento venía de proa o transversalmente. La navegación comienza a tomar impulso por la incorporación de elementos nuevos a partir del siglo XVIII. En primer lugar va apareciendo la vela triangular que se va alterando o desplazando a las cuadradas ya que dichas velas triangulares llamadas las latinas, permiten tomar el viento desde un ángulo de noventa grados. El viento comienza a ser aprovechado soplando desde popa o desde proa. La nave, aunque en zigzag avanza igualmente con viento de frente. También desde el s. XVIII se introduce el timón pudiendo prescindir de los remos laterales o espadillas que dirigían la nave. El timón o gobernalle permite tomar el viento a 120 grados. Se incorpora también la brújula, simple equilibrio de la aguja imantada sobre otra que le permitiría girar. Pero la brújula sola no bastaba para lanzarse al mar abierto, pues saber el rumbo no significa saber la posición ya que los vientos y las corrientes derivaban la embarcación por lo que se hizo necesario aplicar otro elemento conocido desde la antigüedad, el astrolabio, creado por Ptolomeo en el siglo II, compás que giraba sobre una esfera graduada y permitía saber la altura de la estrella polar o del sol sobre el horizonte: la modificación o aplicación práctica del astrolabio a la marinería fue la ballestita, guión que se deslizaba en un brazo graduado a la manera de una cuerda de ballesta. También las tablas de medir la distancia del sol al ecuador en las distintas latitudes y épocas del año son importantes en esta revolución naviera entre el siglo XIII y XV. Al finalizar el siglo XV ya estaban las correctas Tablas de Abraham Zacuto, profesor de astronomía en Salamanca. Los portulanos o “carta de marear” donde están señaladas las costas y dibujadas las distancias aporta lo suyo. La revolución náutica se completa con la carabela, posiblemente nacida en las costas españolas del Cantábrico, buque de alta borda y respetable desplazamiento –entre cien y doscientas toneladas-, exclusivamente propulsado a velas latinas y cuadradas apoyadas en tres mástiles y un largo bauprés. A mediados del siglo XV ya están dadas las condiciones técnicas para arriesgarse en la mar Océana.
Las manifestaciones culturales
España había incorporado a su cultura, elementos importantes de la cultura arábiga e incluso la proyectó a toda Europa. La vida universitaria, por ejemplo, nació en los países árabes y pasó a Europa a través de España. La primera universidad española fue la de Palencia, fundada antes de 1200 por Alfonso IX, anterior a la de París creada por Felipe Augusto. Le seguiría la de Salamanca con la que se fusionó posteriormente. Le continuaría la de Valladolid, la de Lérida, Huesca, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Osuna, Sigüenza, Ávila y la de Toledo, fundada en 1490 en el momento de descubrirse América. Once universidades en donde se enseñaba todo el saber humano de la época. En 1492 Nebrija escribe la primera Gramática, Pedro Mártir de Anglería enseña Humanidades en la Corte de los Reyes y escribe El Epistolario y más tarde Orbe Novo, dedicado al mundo de Colón. Por su labor humanística se destaca Luis Vives. En literatura, Juan de Encina funda el teatro español con las Eglogas. Fernando de Rojas publica La Celestina y desde 1482 circula el Amadís de Gaula de García Ordóñez de Montalvo que no poco contribuyó al afán de aventuras de los hombres de la conquista. En arquitectura los alarifes construyen palacios y adornan las catedrales en el espléndido gótico con amalgama mudéjar. Finos talladores anónimos trabajan la sillería, retablos y escalinatas en las catedrales y herreros y artífices laboran las rejas, las cruces y cálices de sus altares y capillas. En época de riquezas, de esplendor y de paz, propicia a las bellas artes y expresión de un impulso interior.
Situación política
España era en el momento de descubrirse América la nación rectora de Europa. En 1469 casan en Valladolid Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Este afortunado encuentro ya que al poco tiempo serán titulares de ambas coronas, sellará la unidad española. Serán los Reyes Católicos de Castilla, León, Aragón, Valencia y Cataluña en la península; Baleares, Cerdeña y Sicilia en el Mediterráneo y las Islas Canarias en el Atlántico. España llegaba a la unidad mientras la Alemania no acababa de reponerse de la anarquía en que cayó después del último emperador Hohenstaufen. La corona imperial ceñida por Federico de Austria no representaba mayo poder en el mosaico de grandes y pequeños ducados, condados y ciudades libres formados en lo que antes fue el poderoso Sacro Imperio de Federico Barbarroja. En Francia, el joven Carlos VIII seguía la obra de unidad iniciada por su padre Luis XI, comprando la indispensable buena voluntad española con el Rosellón y Cerdeña. En Inglaterra todavía se oían los ecos de la guerra de las Dos Rosas. Las ciudades mediterráneas, en otro tiempo tan poderosas, eran un fantasma de su pasada grandeza: Venecia vacilaba ante los ataques otomanos y Génova había perdido su independencia. Sobre esta Europa medieval moribunda, se alzaba el primer poder de España, primera nación en llegar a la unidad nacional. Era indiscutiblemente la dueña de Europa; un español, el valenciano Rodrigo de Borja que los italianos llamaban Borgia, ceñía la tiara papal con el nombre de Alejandro VI, otro español y pariente de Fernando de Aragón, Fernando de Nápoles regía la monarquía de Italia del sur. Completó esta hegemonía la conquista de Granada: el 3 de febrero de 1492, Fernando e Isabel entraban en la ciudad de Boadbil y daban fin al último reino moro de la península. España estaba en su plenitud.
VALOR ESPIRITUAL
El alma española
La larga guerra de reconquista forma el alma española, especialmente el espíritu de los castellanos en quien recae su peso principal. Esa larga guerra de más de siete siglos contra el invasor moro ha desarrollado en el español de todas las clases o estamentos ciertas virtudes que se acercan más a los valores guerreros que a los valores mercantiles. El coraje, la fe, la hidalguía, son virtudes generalizados en el pueblo español. Además como la suya fue una guerra santa sin tolerancias, la otra valoración incrustada en el alma española es la religión, religión beligerante sin tolerancias y expansiva. El español fue guerrero, jinete, caballero o peón plebeyo, pero siempre soldado. Lo eran todos: nobles, artesanos, rústicos, mercaderes y hasta sacerdotes. Ue raro que un clérigo arrastrado al claustro por amor al estudio y la meditación dejase ceñir la espada si llegaba la necesidad: “también tenía sangre en las venas”. Tampoco el artesano de manos hábiles para curtir el cuero e imbricar el acero o el juglar de poemas medidos y armoniosos, dejaban de combatir si llegase el caso. El Greco y Cervantes atinaron a expresar esa alma en sus personajes. El pintor comprendió como ninguno el espíritu de los toledanos con sus hidalgos de rostros ascéticos y ojos quemados de fanatismo, o sus mendigos que parecen ascender con vibraciones de llamas; en sus largas, oscilantes, irreales figuras esta entero Toledo, es decir, el alma de Castilla en su más noble expresión. Y en la figura de don Quijote que ambulaba por la Mancha deshaciendo entuertos y esperando como premio un imperio siempre postergado, sin regir al combate contra gigantes o ejércitos enteros, dejó el escritor castellano la imagen de quienes hicieron la enorme empresa de conquistar América. En el momento de terminar la Reconquista, se descubre América, es decir, se descorre otro telón que avista un nuevo horizonte en donde el español tendrá la oportunidad de seguir viviendo en epopeya y milicia.
LA GÉNESIS DE LA POBLACIÓN HISPANOAMERICANA
Asincronías sociológicas
Las características diseñadas anteriormente no son suficientemente explicativas en la conformación de Hispanoamérica. Es necesario explicar algunas transformaciones que se operan en las gentes al instalarse en ámbitos geográficas con niveles de civilización dispar. El tránsito no es un mero transporte lineal horizontal en que la interacción se reduce a un mero transplante; pueblos históricamente viejos por su civilización aunque vigorosos, a espacios históricamente más jóvenes carentes estructuras, opera en el recién llegado un rejuvenecimiento automático. Vas cayendo parte de su equipamiento cultural, los sucesivos velos que recubren su interioridad natural. El nuevo medio no le exige las sutiles estructuras psicológicas, las elaboradas construcciones consuetudinarias, el procesado comportamiento anterior. Así sobreviene en el español un despojamiento de sacros colectivos, de hábitos añejos, de comportamientos reiterados y racionales, retornando a sentimientos elementales de juvenil petulancia, de prepotencias y agresividades naturales, expresando un atrevimiento y una rapacidad que en su medio no hubiera mostrado. Conserva del hombre su astucia y vigor y de su civilización las principales destrezas y valores que proceden culturales superiores que sobreviven y perdurarán dominantes en el encuentro. Pero sin lugar a dudas se opera en los nuevos protagonistas, un retorno a cierto primitivismo; una sensación de alivio y de aligeramientos en el comportamiento y como consecuencia una asimilación a la naturaleza pletórica que lo rodea. Su identificación con el medio será un hecho casi inmediato. Esta transformación por y con el medio se traduce en un fuerte apego a las nuevas formas de vida, exentas en gran parte de ciertas cargazones de la cultura originaria; de allí que expresa en seguida un sorprendente patriotismo con fermentos separatistas en el que ya está anunciando la segregación definitiva.
INTEGRACIÓN ÉTNICA Y CULTURAL
Si el español tipo deja de ser tal, por la influencia del medio y por las razones de asincronismo sociológico apuntado, América dejará de ser lo que era por la presencia del llegado. Va apareciendo Hispanoamérica. A ésta fusión contribuye también múltiples necesidades surgidas de la convivencia entre el español y el aborigen: Primero por la urgente necesidad de entenderse en el lenguaje, después por el intercambio de alimentos y de relaciones laborales, luego serán las relaciones jurídicas las que reglarán un proyecto de vida en común. Simultáneamente, estructuras institucionales que impongan un orden según las circunstancias y desde un principio, las relaciones sexuales por el apareamiento con las mujeres indias ya que el español no las trajo al principio y tampoco practicó la discriminación racial. Todo este cúmulo de interacciones humanas va anulando una relación y echando un anclaje definitivo como así también va promoviendo insensiblemente la fusión étnica cultural que en el transcurso del primer siglo ya ha adquirido características bien definidas: lo Hispanoamericano. El choque, resuelto en fruto nuevo comienza a desplegar sus potencialidades originales. Sobre la predominancia de la religión y el lenguaje y ciertas estructuras de sobrevivencia que están en un estadio de superior desarrollo civilizatorio, las costumbres, las vestimentas, comidas, diversiones, supersticiones, formas artísticas, etc.; serán expresiones en donde el proceso de aculturación o inculturación terminará por integrarse en una homogeneización cultural perfilada ya a fines del siglo XVI y definitivamente consolidada en el siguiente. Desde las expresiones poéticas y literarias hasta las formas más elementales de vida popular observamos una coherencia hispanoamericana y una originalidad en sus expresiones vitales que es reconocida por los historiadores de cualquier signo y señalada con admiración por cronistas o viajeros de otras latitudes. Aquel hispanoamericano, aquellos criollos, no sienten menoscabo por la tierra en que viven, por la lengua que hablan, por la raza a la que pertenecen, por su Dios al que rezan. No significa esto, siguiendo el pensamiento de Fermín Chávez, que aquellos criollos estuvieran siempre conformes con su régimen político, sino que su lealtad a América es total. Estamos hablando de la cultura Hispanoamericana, que es una expresión genuina y armoniosa de los llegado con el medio telúrico y que expresa una ligadura consentida y amorosa del hombre con su entorno al que se ha integrado plenamente. Será mucho después, prosiguiendo el pensamiento de Fermín Chávez, que se planteará a nuestros pueblos, con el iluminismo y el liberalismo triunfantes, dudas e inquietudes sobre su civilización y cultura. Pero aún estamos muy lejos de ese enjuiciamiento, equívoco planteado por el slogan “civilización o barbarie” que acarreará complejos de inferioridad que aún ponen trabas y maneas a nuestro desenvolvimiento. Por el contrario, la cultura hispanoamericana se desenvolvía segura de sí misma y con la estabilidad de su absoluta correspondencia con el medio, sin mediatizaciones ni escapismos plagiarios. Por ejemplo, el lenguaje y las voces hispanoamericanos de entonces se trataron y lograron aprehender la nueva realidad circundante, más de 3.500 vocablos en circulación, expresan una riqueza idiomática vigente durante tres siglos. Esto fue posible por la riqueza de la lengua de Cervantes para proyectarse, pero asumiendo las nuevas formas ambientales. Su permeabilidad fecunda, que permitió la penetración de voces aborígenes y criollas, fue dejando una lenta sedimentación que se tradujo en nuevas resonancias y entonaciones expresivas. Voces como cancha, mate, yuyo, che, mecana, guapo, choclo, vincha como acollarado, carnear parejero, apiarse, tropilla, aquerenciarse y cientos de expresiones nuevas, enriquecieron un lenguaje por la necesidad de designar actitudes o problemas nuestros, originales, fenómenos socioculturales inéditos, que precisaban su articulación onomatopéyica lingüística que así surgía sin artificiosidades ni rebuscamientos extraños. Esto no impedía que perduraran del castellano, viejas voces arcaicas como “agora”, “fiero”, “lonja”, “rebenque”, “ansina”, “alforja”, “recula” y cientos más tan usados en los medios rurales y urbanos. Lo mismo se puede decir de las manifestaciones artísticas. La mayoría de nuestras danzas y músicas populares proceden de España pero están modificadas por la influencia de la geografía americana. La vitalista del noroeste es uno del los rastros artísticos sobrevivientes ejecutados por la quena, flauta pentatónica de una exquisita sensibilidad. Advertimos sin embargo que esas composiciones están sujetas a los compases del 3/4 y del 6/8, métrica española. Esta interferencia y conjugación al fin coincide con el uso que el aborigen del Noroeste también hizo del triple o pequeña viola, aprovechando la caparazón del tatú como caja. Es que hay una predisposición a que se admiten los instrumentos sentimentales y no los estridentes, como se modifica el frenesí de la jota española y la voluptuosidad del baile flamenco por la gracia sentimental y el contoneo sugestivo de nuestra chacarera, samba o gato. Hasta el repiqueteo torpe de las castañuelas se trueca en el delicado y señorial castañeo de los dedos. Lugones, en su magnífico rastreo indagatorio de nuestros orígenes culturales, llega a afirmar que si bien nuestras danzas provienen de España, su transformación en el medio americano importa una regresión, un salto a las primitivas fuentes griegas cuyo paisaje similar a nuestra realidad bucólica nos conceden el milagro de una transmutación de expresiones análogas por la conformidad de situaciones semejantes. La payada, especie de certamen poético musical entre dos gauchos que con sus vigüelas pugnan en la formulación de preguntas filosóficas sobre la vida, el amor y el destino. Nos recuerda a os certámenes de trovadores ambulantes españoles y provenzales a su vez proyección de los juglares griegos. Las justas en verso o payadas tienen el mismo desarrollo y los mismos temas que las bucólicas antiguas greco-romanas-españolas. He aquí el cordón umbilical de una estirpe cultural que debe enorgullecernos. La zamba procede de zambra, fiesta morisca, de origen arábigo-español, pero tiene reminiscencias griegas en la separación de la pareja, en la mímica de los pañuelos, en la plasticidad de la figura que le supieron dar la delicadeza de nuestras mujeres y la apostura de nuestros hombres. Así es como los hilillos fecundos de las savias culturales de civilizaciones milenarias vienen trasegadas a humedece nuestra tierra. En la fertilidad de nuestras pampas, en los guijarros de nuestras montañas, en la virginidad montaraz de nuestras quebradas, encuentran de nuevo el escenario adecuado para su recreación milagrosa.