El día 9 de marzo de 2010 a las 11,00 hs. en el Colegio Militar de la Nación se llevó a cabo el acto recordatorio del 199º aniversario del fallecimiento del Tambor de Tacuarí, el niño héroe Pedro Ríos, quien animaba a las tropas patriotas en la batalla de Tacuarí el 9 de marzo de 1811. El acto organizado por el Grupo de Investigaciones Históricas Nuestra Señora de la Merced -dependiente del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, contó con la presencia del Director del Colegio Militar de la Nación, General Fabián Brown; el Presidente del Instituto Juan Manuel de Rosas, Dr. Alberto Gelly Cantilo; Dr. Oscar J. Denovi; Lic. Carlos Pesado Palmieri; Dr. Enrique A. Bonomi; Sr. Antonio Testa y el capitán de la banda de Patricios, Diego Cejas, quien fue orador de este evento. Asimismo el Sr. Testa donó en nombre del Grupo Nuestra Señora de la Merced un cofre con tierra del histórico campo de batalla.
Blog del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas
lunes 15 de marzo de 2010
199º ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DEL TAMBOR DE TACUARI
jueves 4 de marzo de 2010
ACTO POR EL 133° ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE JUAN MANUEL DE ROSAS

Acto por el 133° aniversario del fallecimiento de Juan Manuel de Rosas
Hablarán el Lic. Nicolás Carrizo, presidente de la Comisión Permanente de Homenaje a Facundo Quiroga y el Dr. Arturo Pellet Lastra, miembro del Cuerpo Acádemico y de la Comisión Directiva del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.
Lugar: Bóveda de la familia Ortiz de Rozas (Cementerio de la Recoleta)
VIERNES 12 DE MARZO 10, 00 HS.
ETAPAS EN LA ORIENTACIÓN ECONÓMICA DE LA ADUANA*


*Conferencia dictada por la Dra. Elena Bonura en el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Buenos Aires, el 16 de agosto de 2002.
Estuve buscando una forma de dar una relación con lo que yo pienso. Encontré más de uno, económicos algunos (de economistas muy conocidos), otros de filósofos. Éste que encontré, que es el que más o menos responde a lo que yo pienso en este momento de lo que necesitamos los argentinos hacer, lo encontré en La Nación , me llamó la atención y me pareció interesante lo que dice, es cortito, y después de eso prometo no hablar más nada.
La columna se llama "Otras opiniones: la necesidad de encontrar nuestra identidad", por supuesto extracté algunos párrafos, nada más: "En la Argentina, desgraciadamente, los grandes temas se piensan desde la coyuntura y para la coyuntura, con lo cual las soluciones solo nos sacan de un problema para sumergirnos en otro. Esta característica define la ciclotimia del carácter argentino, que oscila entre el optimismo inmoderado de las soluciones fáciles y el abrupto desencanto. A medida que crece la discordia se siguen imponiendo esas soluciones extremas con sus previsibles consecuencias.
Las reformas de los años noventa no perduraron porque no llegaron hasta la raíz del problema, que no es solo económico, sino también cultural. Esta crisis es más profunda, puesto que implica encontrarse sin velos ni excusas con la verdad de nuestro conflicto de identidad, hecho patente al vernos enfrentados al desafío de la globalización. Éste es el principal problema de nuestra clase dirigente política, técnica, sindical, empresarial. Probablemente sea un defecto de todos los argentinos, en mayor o menor medida, pero los responsables de hacer los mayores esfuerzos y de dar ejemplo son los dirigentes, en el sentido más amplio de la palabra
La inseguridad de la propia identidad lleva a la imposibilidad de ser fiel a sí mismo. La identidad se posee, pero también se conquista, en la medida en que las decisiones que se toman y lo que se hace está en coincidencia con lo que se es."
Me pareció la más lógica. A nosotros, como país, desgraciadamente, nos falta identidad.
Yo tengo mi opinión personal: somos un país en el cual hubo muchísima inmigración . Porque el hijo de inmigrantes, yo soy hija de inmigrantes, se forma en un ambiente en el cual en la familia predomina el otro país, el país de los padres. Al ir a la escuela, la escuela tenía que habernos dado una idea de nuestro país.
Por lo menos hasta donde alcanza mi experiencia, a mí no me la dieron, como escuela. Hubo sí un caso de una maestra, que no solamente me dio bastante de eso, sino que fue la que originó mi formación federal. Pero son casos aislados, en general los argentinos estamos siempre mirando afuera. El que viene de afuera, sobre todo si viene de Europa, y ahora de EE. UU., ése es el importante, y a ése le preguntamos que piensan de nosotros. Nosotros tenemos que pensar en nosotros, después no interesa lo que piensen de nosotros, si nosotros somos. Si nosotros no somos, van a venir a mentirnos, a decirnos que somos una maravilla, y después se dan vuelta y se mandan a mudar. Y después salen casos como el del Sr. O´Neal, que hace afirmaciones que yo comparto, en parte. Me da una bronca negra que las diga un norteamericano, pero tiene razón. Una serie de cosas que hicimos, las hicimos muy mal. Y no se puede como país, como familia y como individuos, hacer ciertas cosas. Ahora ya, punto, no hablo más de eso y vamos a hablar de lo que tenemos que hablar. Esta es una idea del profesor Sulé que cree que yo sé mucho de Aduana y que Uds. me van a aguantar, además y les va a interesar. Él quiere todo un pantallazo, pero todo un pantallazo llevaría mucho más de una hora o una hora y media, llevaría cualquier cantidad de tiempo.
Entonces, el pantallazo va a ser muy a la ligera y partiendo de lo que es la primera visión. Todos más o menos la sabemos, vino Pedro de Mendoza, se tuvo que ir, volvió Garay y demás conquistadores.
Lo que casi nunca nos dijeron es que cuando se forma una población, con las características con que se formó la nuestra, y con que se formó en toda Hispanoamérica, el Estado o Imperio que lo mandaba y al que representaban esas gentes, tenía una cierta conformación y esa conformación la trajeron acá. La trajeron acá hasta cierto punto, porque aquí se encontraron con lo que antes llamábamos indios, que ahora no lo podemos llamar así, porque los indios son los de la India. Los españoles no los llamaban indios, los llamaban naturales, y era la palabra lógica. Otra de las cosas que tenemos que aprender es como usar bien nuestro idioma. Eran naturales de la región. Esa gente tenía ciertas características. En algunos lados se encontraron con el Imperio Azteca y el Imperio Maya, acá se encontraron con naturales nómades. En consecuencia, tenían que adaptarse a eso. Tenían que venir aquí, y viniendo aquí, sobrevivir en el lugar.
Siempre nos muestran a Garay con el rollo, señalando dónde iba a estar el Cabildo y demás. No nos dicen qué otras instituciones pusieron los españoles. Por ejemplo, las que tenían relación con la vida económica, que es lo que me interesa a mí. O sea, yo no voy a hablar ni de política ni de otra cosa, voy a hablar de la parte económica. Y las instituciones que tenían relación con la economía eran lo que se llamaba Real Hacienda, porque no era la hacienda como ahora la llamamos. Era Real Hacienda, porque era la hacienda del Rey, no estaba formado todavía como nación. Y esa Real Hacienda estaba representada por oficiales reales, los cuales eran nombrados en España (mediados a fines del s. XVI), sin tener el más mínimo conocimiento de cómo era el territorio al cual venían estos oficiales reales, porque oficiales reales hubo en toda América, porque el molde era el mismo, o sea, hubo Real Hacienda en México, Perú, en todos lados.
Pero la Real Hacienda de aquí estaba muerta de hambre, porque ¿qué podía cobrar?, ¿qué impuestos podían predominar en este, nuestro ambiente?. Muy pocos impuestos. No se podía poner impuesto a la tierra, porque la tierra sobraba, directamente sobraba. No se podía poner, más allá de cierto límite, nada más que al poco comercio que podía haber. ¿Y de qué podían vivir esos oficiales reales?
En el Perú, por ejemplo, o en México, cobraban los cobos, los diezmos, el quinto del oro, o sea, todas cosas relacionadas con los metales. Aquí no había metales. Pero aquí estábamos cerca de los proveedores de metales, en un territorio abierto, que era muy difícil vigilar, con una entrada acuática, vamos a decir, extraordinaria, el estuario del Plata fuera de serie, enorme, difícil de controlar. Que no tenían de esta banda, o sea de la Banda Occidental del río, ningún lugar abrigado como puerto. Buenos Aires nunca fue un puerto natural, nunca lo va a ser. El puerto natural del Estuario del Plata es Montevideo, sigue siéndolo y eso no se puede cambiar, no es que lo pusieron los españoles, los españoles dijeron…No. El puerto del Río de la Plata es Montevideo. Pero la zona de la Banda Oriental estaba totalmente despoblada, entonces la zona de la Banda Occidental tenía que vivir y moverse dentro de lo que podía ser un puerto. Y hasta por ahí nomás, porque la característica que siguió a todo eso fue el contrabando. Buenos Aires creció por el contrabando, se formó con contrabandistas, en términos generales, y algún que otro productor, por supuesto. Porque tenían que tener trigo, comer papas, etc., lo necesario para comer, lo imprescindible para vestirse. Todo lo demás tenía que venir de España. Sobre todo al principio. Fue un proceso que también se vió en México, en Perú, en toda Hispanoamérica. Los primeros cincuenta o sesenta años el comercio era importantísimo. Porque tenían que venir las características de vida española, trasladadas a América. Después en América empezaron a tenerse sus propias características.
Buenos Aires siguió siendo ámbito de contrabandistas, porque el estuario del Plata era óptimo para eso, y sigue siéndolo. Pero en aquellos tiempos en que los barcos, cuando eran de ultramar, si eran de 250 toneladas eran una maravilla (acá llegaban barcos mucho más chicos). No podían entrar, no podían bajar en Buenos Aires, se quedaban fuera, hasta una cierta altura. A esa altura, donde estaría cierta profundidad del río, transbordaban a lo que se llamaban las lanchas del río, que eran sumamente hábiles para deslizarse por todos lados del agua, por el Delta, por el lado de la Banda Oriental y demás, y contrabandear. Buenos Aires creció con el contrabando. La prueba está en todos los textos de Historia, que les van a decir que eran tan ávidos de ingresos los españoles que trasladaron la Aduana de Buenos Aires primero a Córdoba y después a Jujuy, porque era más o menos el único lugar donde podían tratar de juntarlos para poder cobrar algo. Y para tratar de evitar que de Potosí bajaran los metales. No evitaron nada, pero en resumidas cuentas eso fue formando una mentalidad. La mentalidad de que esto es "el Río de la Plata", aquí hay mucha plata. Y sigue siendo nuestra mentalidad, nosotros somos ricos, y el Estado Argentino nunca fue rico, siempre fue un Estado que pidió prestado. Y antes de ser el Estado Argentino, en la época española, para que pudieran sobrevivir determinadas instituciones necesarias en el Río de la Plata, necesarias en la zona de Buenos Aires, ayudaban desde Chile a veces y desde Potosí siempre, y de Lima también, con metales. Venían los situados y cuando no llegaba el situado en Buenos Aires no había dinero. El dinero venía de Potosí.
Pero no era una característica solamente para el Río de la Plata, todo el Imperio Español estaba organizado en cierto modo así, había lugares que había que sostener, por necesidades políticas, etc. Y esas partes eran sostenidas por otras que tenían ingresos y mandaban todos los años, con distintas características, por supuesto, a esos lugares que se necesitaban.
Aquí lo que se necesitaba era el situado que bajaba de Potosí, se decía de Potosí, pero venía de otras Cajas también del Alto Perú. Nombré las Cajas y ahora de las Cajas vamos a tener otra relación.
Las Cajas cuando los españoles llegaron, y más o menos había crecido un poco la población y la riqueza de la zona, se fueron estableciendo Cajas de la Real Hacienda, había Cajas principales, Cajas subalternas y Receptorías.
El proceso era: la Receptoría estaba en una zona en la cual se podía cobrar determinado tipo de impuestos, poco, las Receptorías tenían una equis cantidad de gastos, porque por supuesto había por lo menos un receptor, que si yo les llego a decir lo que ganaban por año, Uds. van a pensar que estoy loca, no. En general en las receptorías no cobraban más de quince pesos al año, al año. Pero el peso era una moneda fortísima, muy buscada, el peso plata.
La receptoría cuando había pagado sus gastos volcaba lo que le sobraba a la caja menor, digamos, que estaba en determinados lugares. Esa caja hacía el mismo proceso, pagaba lo que tenía de gastos y lo volcaba a la caja principal. Había caja principal en Salta, en Córdoba, en Jujuy, etc. Y después, si sobraba, lo que sobraba, se mandaba a la caja principal que estaba en Buenos Aires. Porque de Buenos Aires tenía que salir, si es que salía, para España. Y lo recalco lo de que "si es que salía", porque por una vez que salía y el Rey de España recibía ese famoso oro que nos dicen siempre que se llevaron los españoles, cientos de veces ese oro quedaba aquí.
Y es fácil averiguar si yo estoy mintiendo o no, Uds. oyeron hablar que existe una documentación que ha sido publicada hace mucho tiempo ya, en 1914: "Los documentos para la Historia Argentina". En uno de esos tomos, no sé quien, tuvo la peregrina idea de volcar completo un libro de la Caja de Bs. As., donde anotaban los movimientos de hacienda, o sea, los ingresos y los egresos. Y en ese grupo de asientos se volcaba todo el año, como se llevaban los libros. Era la época de Vértiz gobernador, y en esa época de Vértiz gobernador que fue uno de los que por lo menos yo estudié, porque no estudié todo ni remotamente ni voy a terminar estudiándolo ni aunque viviera cien años.
Vértiz fue uno de los que se pasó todo el tiempo como gobernador y como Virrey escribiendo a España para que le mandaran fondos, porque Buenos Aires exigía ya mucho, porque era un punto imprescindible o importantísimo del Imperio Español en América. Entonces, cada tanto, y yo los vi personalmente esos asientos, escribía que había por tal impuesto equis cantidad de dinero, pero ese dinero por orden del gobernador se sacó de la caja en la cual iba para España y se dejó aquí, porque aquí se necesitaba. Y Vértiz lo escribía.
Y lo informaba. Se la pasaba diciendo: "si no me dan dinero, no puedo hacer ciertas cosas". Eso es asombroso, por lo menos a mí me empezó a asombrar. Ahora yo estoy acostumbradísima. Yo cada vez que me dicen que los argentinos (…) floreciente (…). Trago saliva y digo: "mienten, no se dan cuenta, están diciendo cualquier cosa, pero no es cierto, no es cierto. Nos hemos pasado (…) dinero. Sólo que algunos lo cumplieron e hicieron las cosas que tenían que hacer y otros no tanto…, pero bueno, ése era el pantallazo general que quería presentarles para que se ubicasen y se dieran cuenta de lo que estamos hablando.
Cuando se establecieron aquí los españoles pusieron teóricamente una serie de, por ejemplo, los primeros oficiales reales existían los quintos del oro, pero aquí no había oro, entonces para poder cobrar algo los oficiales reales como sueldo cobraban "quintos de los peces". O sea, había gente que pescaba en el río y vendía el pescado. Y estos oficiales reales cobraban el quinto real, o sea supongo que se recibirían algún pez, se lo comerían. Para que tengan una idea de lo que era vivir en Buenos Aires al principio.
Después las cosas a veces cambiaron, y a veces no. Durante años las tropas que había en Buenos Aires estaban sin cobrar sueldos. Pero no solamente aquí: yo estudié la caja de Salta en un período equis de finales del s. XVIII y en la caja de Salta pasaba lo mismo. Se les debían a los soldados y a los jefes cuatro y cinco años de sueldo. Cuando conseguían juntar algo, pagaban. Pero después ya sabían que tenían otros cuatro o cinco años sin cobrar. No eran lugares en los cuales se pudiera cobrar tanto impuesto, hubiera tanta riqueza como para…yo no sé si no había tanta riqueza, el punto que falta es éste: los impuestos se clasifican siempre tradicionalmente en cualquier libro de finanzas que tomen, en impuestos directos e impuestos indirectos . Y había poco impuesto indirecto también, por una sencilla razón: para que hubiera ese impuesto indirecto, que se llamaba alcabala, el equivalente de lo que sería el impuesto a las ventas de antes, tenía que venir la importación de España o de algún otro lado, etc. Porque era una especie de impuesto a las ventas, y la mayoría del pueblo no pagaba ese impuesto, sencillamente porque no era tan rico como para consumir el producto importado.
La alcabala rendía a veces sí, a veces no. Pero rendía, y no era muy alto como impuesto, se cobraba el 2% de las ventas y después cuando lo elevaron al 4%, fue cuando hubo toda, con otras cosas por supuesto, toda la rebelión de Tupac Amaru en todo el Alto Perú. Porque grababa a la gente que era más pobre, o mejor dicho le aumentaba el impuesto a la gente pobre, se le aumentaba también al rico, pero el rico lo podía pagar, pero cuantos ricos había?.
O sea, en principio era muy difícil en nuestro territorio cobrar muy buenos impuestos. El impuesto inmobiliario era imposible de cobrar, vuelvo a repetir, porque la tierra sobraba.
Y el impuesto indirecto, o sea el impuesto, el equivalente a la alcabala y demás, grababa a ciertas clases nada más, a la clase que podía consumir productos importados, los productos de la tierra, los llamaban efectos de la tierra, no pagaban ese impuesto de alcabala. No existía la alcabala de la tierra, existía la alcabala de productos que venían de afuera.
La Aduana tenía un impuesto especial, que era el impuesto de aduana. Es el único impuesto de aduana. Almojarifazgo se llamaba, palabra de origen árabe. El almojarifazgo que cobraban las aduanas españolas en América no era muy alto, no era prohibitivo, era bastante bajo. Lo que pasa es que una serie de productos no se podían traer, o sea era proteccionista de ciertas producciones locales. El almojarifaazgo era de 3 y 7%. 3% sobre productos de producción española o de resto de América después de la pragmática de libre comercio, o 7% si eran productos ingleses, productos franceses, que eran por lo general productos de lujo. Por otra parte, toda la historia, si alguna vez tienen interés en leerlo a Werner Somber a alguno de los grandes historiadores alemanes y europeos que estudiaron la historia del Capitalismo. Somber tiene un libro que se llama "Lujo y Capitalismo". El lujo francés y de otros lugares de Europa fue el que permitió un desarrollo capitalista en cierta medida. Pero eran productos que pagaban solamente determinados sectores, el resto no pagaba ese impuesto, porque era de lujo. La alcabala, entonces tampoco rendía mucho. Cuando empezó a necesitarse cada vez más por desarrollos de la población, por problemas con los naturales, etc., surgió un nuevo impuesto que se llamó sisa. Buenos Aires tenía también la sisa, pero los que tenían muy bien definida la sisa eran las poblaciones donde había fortines, por ejemplo toda la gobernación e intendencia de Salta tenía una línea de ocho o diez fortines, y la sisa junto con la alcabala eran las dos cosas que rendían y que cobraban en la caja de Salta. La caja de Salta jamás cobró un almojarifazgo, porque éste grababa un producto que viniera de afuera. Y, está bien, venía de Potosí el producto, de cualquier otra población del Alto Perú. Potosí no era un extraño, era también el Imperio Español, entonces, eso no lo pagaban, pagaban solamente la sisa, la alcabala y algún que otro impuesto mínimo local y con eso sobrevivían las Cajas Reales.
Vamos ahora a la Aduana de Buenos Aires. La Aduana de Buenos Aires tenía esas mismas características, pero la Aduana de Buenos Aires no existió hasta fines del s. XVIII, entonces Uds. me dirán ¿quién cobraba el almojarifazgo? La Caja Real, los oficiales reales cobraban entre los impuestos que se podían cobrar el almojarifazgo. La Aduana se estableció recién en los finales del s. XVIII, cuando empiezan a organizar todo lo que era por de pronto el Virreinato del Río de la Plata. La Aduana, cuando empezó a crecer Montevideo, vamos a decir, que es la parte que nos falta exponer.
Cuando los españoles se establecieron aquí no pensaron en la orilla oriental. Pedro de Mendoza desembarcó en la Isla de San Gabriel, que está frente a Colonia, pero no se quedó en la Isla de San Gabriel, ni se quedó en la Banda Oriental. Porque venían a buscar ponerse en contacto con los españoles del resto de América y el río y el estuario que, lo que me olvidé de decirles, era tan difícil de navegar que lo llamaban "el infierno de los navegantes" al Río de la Plata, porque estaba movido continuamente por los vientos (el pampero, y demás) y porque tenía un suelo muy poco firme y continuamente las corrientes de las distintas bajadas del Paraná y demás, cambiaban de lugar los lugares por donde se podía pasar (…). Se quedaban de este lado. Pero en 1680 los portugueses, que siempre quisieron avanzar hacia territorios de clima templado, fundaron Colonia del Sacramento. En 1726 Bruno Mauricio de Zavala funda Montevideo.
Montevideo era el puerto del Río de la Plata, pero no tenía hinterland . El territorio era buenísimo, los españoles sabían que estaba la zona del puerto pero recién en 1726 fundan Montevideo. Con una posición un tanto extraña porque en el medio entre la Banda Occidental y la Banda Oriental estaba la Colonia del Sacramento, que era el principal lugar donde estaba el contrabando. Con el tiempo las cosas fueron cambiando un poco. Llegó el que después se llamó Virrey, que fue nuestro primer Virrey, Pedro de Cevallos , llegó como gobernador, tomó Colonia del Sacramento, hizo destruir completamente todas las instalaciones del puerto y nunca más Colonia del Sacramento pasó a manos portuguesas, quedó en manos españolas. Pero seguía existiendo el problema de que Montevideo no tenía hinterland, que era muy chica desde el punto de vista económico, comercial, no tenía mercado y existía el hecho de que en el medio de Montevideo el puerto estaba el estuario de 60 Km, con un río difícil de navegar, difícil de dominar y que servía para con el Delta para que cualquier barquito se pusiera en medio y con 50 o 60 toneladas no lo viera nadie, casi. O sea, que había que vigilar todo eso. Del otro lado estaba Buenos Aires.
Entonces se establece, yo me enteré de la existencia del Resguardo de Rentas hace ya unos cuantos años. Me llamó la atención que nadie lo nombrara casi nunca, siguen sin nombrarlo. Los españoles dictaron aproximadamente de cinco a seis Reglamentos del Resguardo de Rentas, porque el Resguardo de Rentas del Río de la Plata era el que tenía que evitar el contrabando, el que tenía que controlar todo el movimiento. Nosotros también nombramos unos cuantos Resguardos de Rentas después de 1810. De reglamentos del Resguardo, porque siempre había una cosa por la cual algo fallaba.
Hace poco tiempo me acabo de enterar que evidentemente fue una característica, yo no la conozco, nunca la ví en otro lado, de Europa. En Italia todos lo años -aclaro, soy descendiente de italianos, por eso comento lo de Italia, por supuesto- celebran a los carabineros y a los guardias de finanzas. Todos los años hacen un recorrido y todos los años repiten lo mismo. Y son, en Italia que todavía lo conservan, el equivalente, de acuerdo a las características italianas, del Resguardo de Rentas nuestro. El único que en el Río de la Plata recordaba, no sé si ya lo recuerda, al Resguardo, es Montevideo. Cuando Uds. entran por agua antes de (…) pasa por una vigilancia y cuando se va le ponen un sello que dice "Resguardo de Montevideo". Pero existió en Montevideo y existió acá en Buenos Aires.
En la época española existió Cabeza del Resguardo de Rentas, o sea el lugar donde el barco que venía de ultramar bajaba la mercadería era Montevideo y el Resguardo de Rentas se encargaba de vigilar su parte, o sea la parte del territorio Oriental. La mercadería que venía para Buenos Aires bajaba a lanchas del río a las cuales vigilaban continuamente porque eran habilísimas para deslizarse para cualquier lado, y después la Aduana la hacían en Buenos Aires. O sea, en el Resguardo de Rentas de Montevideo uno enviaba toda la documentación con el barco (…) que había pagado los impuestos en el lugar donde decía que iba a llegar la mercadería la fianza que se había firmado en Chile la pagaban. ¿Más o menos está entendido?
O sea, garantizaban en cierta manera, tratar de que la cosa se cumpliera se afianzaba el pago de los impuestos y salía libremente, pero tenía que volver con la tornavía. Actualmente, en el año 2001, porque fue el año pasado pero puede ser que siga pasando ahora, un montón de camiones han pasado de Chile a Mendoza y en el camino se perdieron porque la vieja tornavía ya no se usa. Se usa el Sistema María, se usan un montón de cosas técnicas que pueden ser muy buenas, que son auxiliares, pero si usamos lo primero, o sea que, sentido común. Tenemos que controlar ciertas cosas, no se puede permitir la evasión impositiva. Porque si se permite la evasión impositiva, las rentas disminuyen, si disminuyen las rentas hay que pedir prestado, si pedimos prestado después tenemos que pagar y si no pagamos nos van a llamar "gente que no cumple". Ahora lo llaman default, en otros tiempos eran simplemente convocatoria de acreedores que no se pagara. Para el caso es lo mismo. Pero sigue siendo el mismo problema. O se controlan las cosas como corresponde, y actualmente existen muchos medios técnicos que permiten controlar lo que antes era difícil de controlar. Porque había que ver las guías ésas, todas escritas a mano copiadas en un libro, etc., etc., para que se siguiera el proceso. Ahora es muy rápido, rapidísimo. Pero rápido si lo controlamos como corresponde. No puede ser que después de ciento cincuenta años reaparezca un contrabando por transbordo, si la palabra transbordo de dónde viene, era el contrabando que entraba por Buenos Aires, transbordaba a otros barcos, etc. etc.
Bien, ésas eran las características de nuestra Aduana. Los españoles no exigían demasiado bien que se pagara. No sé si es porque en el fondo a lo mejor los oficiales reales cada dos por tres se quedaban con algo (risas), pero una cosa es que se quedaran con algo y otra cosa es que se quedaran con todo, ¿no es cierto?.
Pero, bueno, en resumidas cuentas, ese sistema se siguió, se produjo la Revolución de Mayo, el sistema fue el mismo. Siguió durante un tiempo el mismo. El depósito no se permitió durante la década de 1810 a 1820, aunque hubo un intento en 1818. Pero nunca pude determinar como lo frenaron, pero lo frenaron, de aceptar el depósito. Cuando se produce el cambio de 1820 en adelante…por supuesto en el medio hubo lo que se llamó Libre Comercio. El comercio siempre fue libre entre nosotros.
PRESENTACION DEL LIBRO "JUAN MANUEL DE ROSAS. SOMBRAS Y VERDADES"
Fabián D´Antonio, Leonardo Castagnino y José L. Muñoz Azpiri (h) (izquierda). Alberto Gelly Cantilo, Fabián D´Antonio, Leonardo Castagnino y José L. Muñoz Azpiri (derecha).



Presentación del libro “Juan Manuel de Rosas. Sombras y Verdades” de Leonardo Castagnino en el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” el 17 de marzo de 2010.
"Me es sumamente grato, y por cierto inmerecido, el honor que se me confiere de presentar esta opera prima de nuestro amigo Leonardo Castagnino, la que, por otra parte, esperamos sea el comienzo de una fecunda labor historiográfica.
Este libro no tendrá repercusión en los suplementos literarios de los grandes medios, como sí lo tienen obras menores de maestritas normales con aire de historiadoras, en tanto rindan pleitesía a las vacas sagradas de la historia oficial. Para ello es necesario prosternarse ante la figura del Sumo Pontífice que bendice o excomulga desde la Universidad de Berkeley (o a alguno de sus acólitos), al Júpiter tonante de la izquierda argentina – Davis Viñas – o el “enfant terrible” de la literatura portuaria, Juan José Sebreli. Afortunadamente, esta casa, que dicho sea de paso integra la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, siempre ha sido una tribuna abierta a todas la expresiones del campo nacional y hoy abre generosamente sus puertas para presentar esta obra del amigo Castagnino que, a partir de ahora, también es nuestra.
El autor, afortunadamente, no integra “la corporación de historiadores”, como la define Luis Alberto Romero, orgulloso de su pertenencia la misma, ni a los territorios feudales de los Departamentos de Historia de Las Universidades. No, es ingeniero, y es tal vez esa capacidad de cálculo inherente a su profesión, la que le ha permitido la mesura y el equilibrio con que encara a esta figura, por cierto, polémica de nuestra historia. Sin embargo, esta objetividad no significa la asepsia estéril de un laboratorio con la que, ciertos “profesionales de la historia”, dicen encarar la indagación de nuestro pasado; ocultando, arteramente, la más descarada manipulación del mismo con fines políticos. Las opiniones de Tulio Halperin Donghi referentes al revisionismo y el peronismo me eximen de comentarios.
Decía Ernesto Palacio en “La historia falsificada” que no sabemos qué hacer porque no sabemos lo que somos; y no sabemos lo que somos porque se nos ha confundido deliberadamente sobre nuestros orígenes y no sabemos ahora de donde venimos”. La Argentina tiene dos historias: la oficial, por un lado, redactada a partir de mensajes de protagonistas y continuadores que muchas veces carecieron de la imparcialidad y perspectiva temporal suficiente para juzgar los hechos que los ocupaban y, del otro, la reacción del denominado revisionismo histórico, que, frente a muchas arbitrariedades, incógnitas y excesos diversos, buscó correr el telón para reivindicar la verdad, ofrecer certezas y despejar el incómodo camino poblado entre réprobos y elegidos, según gustos y afinidades.
El revisionismo existe porque muchos aspectos de la historia argentina se ocultaron o interpretaron maliciosamente, no con el ánimo predispuesto a divulgar el pasado según criterios de fidelidad respecto a los acontecimientos ocurridos y su recta interpretación, sino con fines subalternos como se deducirá en la lectura de esta obra que estamos presentando.
Todo país del mundo tiene su historia académica u “oficial” y su historiar “revisionista”. Lo tiene Inglaterra, Francia, Italia, la misma España y nuestra propia nación. Hilaire Belloc y G.K. Chesterton suponen que la historia de Inglaterra ha sido falsificada para servir a los intereses de la familia Cecil; en Italia se dice que lo mismo ha sucedido respecto de la Casa de Saboya; en Francia Charles Maurras y Jacques Bainville denuncian un “fraude” de este tipo en detrimento de las flores de lis y la herencia de las Cruzadas; en España, no pocas veces se ha redactado la historia local copiando juicios de historiadores protestantes y liberales de Alemania o Inglaterra cuyo objetivo manifiesto, camuflado en la reivindicación de las “autonomías”. Era negar las grandezas cívicas nacionales. De aquí que el hecho del revisionismo en si, obedezca a una constante general de la crítica histórica y carezca de las intenciones y proyección que quiere asignarle un sector de la opinión, apartado del contacto con los temas cosmopolitas o universales. Para nosotros, el “provincialismo” del revisionista reside tan solo en el juicio de quién administra dicha censura; en todas partes del mundo existe la crítica académica y la antiacadémica y resultaría una muestra de limitación o aldeanismo optar, con exclusividad, por una de ellas. El mundo es suficientemente ancho y complejo como para albergar a todas las ideas.
El hecho de que una suerte de discípulo del general Bartolomé Mitre, el doctor Adolfo Saldías, haya formulado hace más de un siglo el desafío más significativo que ha experimentado la interpretación sectaria del pasado, no constituye un testimonio menor del lamentable estado en que se encontraba la historia, por ejemplo, respecto de esa etapa fundacional del pasado. Dice Marcelo Ramón Lascano, en otra obra de imprescindible lectura, “Imposturas históricas e Identidad nacional”: “Es cierto, la revisión disgusta y fomenta desencuentros. Pero ¿Por qué todas las disciplinas aceptan pacífica y civilizadamente severos cuestionamientos a sus contenidos y entre nosotros ciertos intérpretes del pasado lo resisten? Esto es así porque, más allá de escuelas, doctrinas, criterios interpretativos, muchos acontecimientos pretéritos han estado, al menos en el caso argentino, expuestos a servir otros intereses que los que conciernen específicamente a la Historia”.
Las impugnaciones al revisionismo que brotan desde las atalayas donde los enfoques tradicionales custodian celosamente sus líneas, tienen algunas debilidades. Desde el punto de vista metodológico, precisamente porque resisten casi por definición la autocrítica, que es esencial al espíritu científico. El silencio que ha rodeado a Adolfo Saldías, Vicente y - sobre todo – Ernesto Quesada, Vicente Sierra, Rodolfo y Julio Irazusta y más recientemente, Raúl Scalabrini Ortiz, José María Rosa, Fermín Chávez y otros, condenados al ostracismo desde lo claustros universitarios, cuando no objeto de sorna por parte de los mismos, que califican de “folkloristas” a estos novedosos intérpretes del pasado, es todo un testimonio de las actitudes refractarias que han nublado el pasado argentino y salpicado nuestra identidad. No hace mucho, decía el recordado Jorge Bernardino Rivera en su “Celestina y la pedagogía de la historia”, que ubicarse en la vereda de enfrente en materia de exégesis y apologética histórica involucró generalmente riesgos académicos y personales que no todos los autores desearon correr. Pero entre nosotros resultó peligroso no solo ubicarse en la vereda opuesta, y disentir con lo esencial de la patrística consagrada, sino hasta el simple hecho de colocarse en posición “heterodoxa” en cuestiones accesorias o de mero detalle anecdótico.
Se corría, por ejemplo, el riesgo nada desdeñable de no ingresar en la Academia (esa especie de Jockey Club de los historiadores), como les ocurrió a Rómulo D. Carbia y Diego Luis Molinari, o de acceder apenas como miembro “correspondiente”, tal como le pasó a José Luis Busaniche, a pesar de su liberalismo, su erudición y su incuestionable seriedad historiográfica.
Se corría, lo que para un historiador o una corista de la calle Corrientes equivalía a un auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, de la animosidad sorda, del rumor desprestigiante, de la hostilidad rencorosa y de la condenación a la última fila, como le ocurrió a Ernesto Quesada, por sus libros sobre el rosismo, a Ricardo Rojas (hasta que “reaccionó”) por La restauración nacionalista, a Juan Álvarez por Las guerras civiles argentinas, a Rodolfo y Julio Irazusta por La Argentina y el Imperio Británico, a Raúl Scalabrini Ortiz, por Política británica en el Río de la Plata e inclusive a Enrique de Gandía y Roberto Levillier por sus trabajos “heterodoxos” sobre Álzaga. Pero no se trata, continúa Rivera, “de predicar la guerra santa contra el Olimpo liberal para erigir en su lugar una nueva casta de inmortales revisionistas y de “estampitas” nacionales, sino de recuperar (sin recortes excluyentes ni enfoques prejuiciosos, como los que hemos padecido) el conjunto del campo histórico y cultural, en todos aquellos aspectos que hagan de manera profunda y efectiva, a nuestro proceso de descolonización, de reidentificación y de reivindicación de los propios patrimonios.”
Meritoriamente, este libro lo logra. Que bueno, y que bueno que se publique en el año del Bicentenario, porque fue gracias a esta figura tutelar; magistralmente relatada en sus páginas, quién con garra férrea, en uno de los peores momentos de nuestra historia (más de dos mil días de asedio externo) impidió que nuestra Nación se partiera en cuatro republiquetas. Recordemos – y el autor nos ayuda – la Banda Oriental “La tierra purpúrea que Inglaterra perdió”, según reza la primera edición de la obra de Enrique H. Hudson, los Araucanos y Chile merodeando en la Patagonia que Rosas integró al país, la Confederación Peruano-boliviana acechando a Salta y Jujuy, el Paraguay asentado en Formosa, los “románticos” exiliados y conspirando en Montevideo, la amenaza siempre latente del Imperio del Brasil y la intervención anglo-francesa.
Se comprende la inquina liberal, siempre al servicio de intereses externos. Rosas no aflojó a las pretensiones hegemónicas y menos en el tema de las vías navegables, ni en la independencia de Uruguay y Paraguay, como seguramente hubieran hecho los Estados Unidos en circunstancias parecidas. .
Leonardo Castagnino describe con didáctica ejemplar el tortuoso período de la Confederación Argentina y sus vicisitudes. Con una pluma que nada tiene que envidiar al Benito Pérez Galdós argentino, es decir, a Manuel Gálvez, asume el mérito de la pedagogía patria, acercando al gran público, siempre encadenado a las trivialidades cotidianas, a las “patéticas miserabilidades”, al decir de don Hipólito Yrigoyen, la descripción de quien fuera bautizado por Giovanni Papini “el César de la Pampa”.
Pero también este trabajo tiene un mérito más: está bien escrito. Al igual que Ernesto Renan, Taine, Momssen, Gibbon, Menéndez y Pelayo y otros, considero, si se me permite la presunción, que la historia es también un ejercicio literario. Práctica que niegan quienes, escudados en una supuesta “objetividad científica” nos indigestan con sus insoportables discursos. Quienes hemos padecido la lectura de Halperín Donghi, sabemos de oraciones extensísimas, sujetos pocos distinguibles, sobreentendidos sólo entendidos por el autor. En definitiva, textos áridos, poco amenos y de dificultosa lectura. Similares a los manifiestos de los cagatintas de “Caja Abierta”, que hacen una suerte de “reflexión interna”.
Estos intercambios incestuosos, porque escriben para el “frente interno”, dado que están en angustia perpetua frente a los revisionistas, populistas, nacionalistas o el “cuco” de turno, son particularmente abundantes entre los posmodernistas, que discuten cuántas identidades podrán soportar. Tienen su propio lenguaje exótico, que sólo comprenden los iniciados, y su trabajo se concentra, en gran parte, en descifrar textos y lenguajes divorciados del mundo objetivo.
No este el caso, porque no tengo dudas que tras la lectura de “Juan Manuel de Rosas. Sombras y Verdades” y, sobre todo, después del vino de honor que vamos a compartir, más de alguno de ustedes, con ojos afiebrados, desafiando a la concurrencia de algún boliche, clavará el facón en el mostrador y gritará ¡Viva el gaucho don Juan Manuel! Recordando lo viejos tiempos.
Que así sea, querido amigo".
"Me es sumamente grato, y por cierto inmerecido, el honor que se me confiere de presentar esta opera prima de nuestro amigo Leonardo Castagnino, la que, por otra parte, esperamos sea el comienzo de una fecunda labor historiográfica.
Este libro no tendrá repercusión en los suplementos literarios de los grandes medios, como sí lo tienen obras menores de maestritas normales con aire de historiadoras, en tanto rindan pleitesía a las vacas sagradas de la historia oficial. Para ello es necesario prosternarse ante la figura del Sumo Pontífice que bendice o excomulga desde la Universidad de Berkeley (o a alguno de sus acólitos), al Júpiter tonante de la izquierda argentina – Davis Viñas – o el “enfant terrible” de la literatura portuaria, Juan José Sebreli. Afortunadamente, esta casa, que dicho sea de paso integra la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, siempre ha sido una tribuna abierta a todas la expresiones del campo nacional y hoy abre generosamente sus puertas para presentar esta obra del amigo Castagnino que, a partir de ahora, también es nuestra.
El autor, afortunadamente, no integra “la corporación de historiadores”, como la define Luis Alberto Romero, orgulloso de su pertenencia la misma, ni a los territorios feudales de los Departamentos de Historia de Las Universidades. No, es ingeniero, y es tal vez esa capacidad de cálculo inherente a su profesión, la que le ha permitido la mesura y el equilibrio con que encara a esta figura, por cierto, polémica de nuestra historia. Sin embargo, esta objetividad no significa la asepsia estéril de un laboratorio con la que, ciertos “profesionales de la historia”, dicen encarar la indagación de nuestro pasado; ocultando, arteramente, la más descarada manipulación del mismo con fines políticos. Las opiniones de Tulio Halperin Donghi referentes al revisionismo y el peronismo me eximen de comentarios.
Decía Ernesto Palacio en “La historia falsificada” que no sabemos qué hacer porque no sabemos lo que somos; y no sabemos lo que somos porque se nos ha confundido deliberadamente sobre nuestros orígenes y no sabemos ahora de donde venimos”. La Argentina tiene dos historias: la oficial, por un lado, redactada a partir de mensajes de protagonistas y continuadores que muchas veces carecieron de la imparcialidad y perspectiva temporal suficiente para juzgar los hechos que los ocupaban y, del otro, la reacción del denominado revisionismo histórico, que, frente a muchas arbitrariedades, incógnitas y excesos diversos, buscó correr el telón para reivindicar la verdad, ofrecer certezas y despejar el incómodo camino poblado entre réprobos y elegidos, según gustos y afinidades.
El revisionismo existe porque muchos aspectos de la historia argentina se ocultaron o interpretaron maliciosamente, no con el ánimo predispuesto a divulgar el pasado según criterios de fidelidad respecto a los acontecimientos ocurridos y su recta interpretación, sino con fines subalternos como se deducirá en la lectura de esta obra que estamos presentando.
Todo país del mundo tiene su historia académica u “oficial” y su historiar “revisionista”. Lo tiene Inglaterra, Francia, Italia, la misma España y nuestra propia nación. Hilaire Belloc y G.K. Chesterton suponen que la historia de Inglaterra ha sido falsificada para servir a los intereses de la familia Cecil; en Italia se dice que lo mismo ha sucedido respecto de la Casa de Saboya; en Francia Charles Maurras y Jacques Bainville denuncian un “fraude” de este tipo en detrimento de las flores de lis y la herencia de las Cruzadas; en España, no pocas veces se ha redactado la historia local copiando juicios de historiadores protestantes y liberales de Alemania o Inglaterra cuyo objetivo manifiesto, camuflado en la reivindicación de las “autonomías”. Era negar las grandezas cívicas nacionales. De aquí que el hecho del revisionismo en si, obedezca a una constante general de la crítica histórica y carezca de las intenciones y proyección que quiere asignarle un sector de la opinión, apartado del contacto con los temas cosmopolitas o universales. Para nosotros, el “provincialismo” del revisionista reside tan solo en el juicio de quién administra dicha censura; en todas partes del mundo existe la crítica académica y la antiacadémica y resultaría una muestra de limitación o aldeanismo optar, con exclusividad, por una de ellas. El mundo es suficientemente ancho y complejo como para albergar a todas las ideas.
El hecho de que una suerte de discípulo del general Bartolomé Mitre, el doctor Adolfo Saldías, haya formulado hace más de un siglo el desafío más significativo que ha experimentado la interpretación sectaria del pasado, no constituye un testimonio menor del lamentable estado en que se encontraba la historia, por ejemplo, respecto de esa etapa fundacional del pasado. Dice Marcelo Ramón Lascano, en otra obra de imprescindible lectura, “Imposturas históricas e Identidad nacional”: “Es cierto, la revisión disgusta y fomenta desencuentros. Pero ¿Por qué todas las disciplinas aceptan pacífica y civilizadamente severos cuestionamientos a sus contenidos y entre nosotros ciertos intérpretes del pasado lo resisten? Esto es así porque, más allá de escuelas, doctrinas, criterios interpretativos, muchos acontecimientos pretéritos han estado, al menos en el caso argentino, expuestos a servir otros intereses que los que conciernen específicamente a la Historia”.
Las impugnaciones al revisionismo que brotan desde las atalayas donde los enfoques tradicionales custodian celosamente sus líneas, tienen algunas debilidades. Desde el punto de vista metodológico, precisamente porque resisten casi por definición la autocrítica, que es esencial al espíritu científico. El silencio que ha rodeado a Adolfo Saldías, Vicente y - sobre todo – Ernesto Quesada, Vicente Sierra, Rodolfo y Julio Irazusta y más recientemente, Raúl Scalabrini Ortiz, José María Rosa, Fermín Chávez y otros, condenados al ostracismo desde lo claustros universitarios, cuando no objeto de sorna por parte de los mismos, que califican de “folkloristas” a estos novedosos intérpretes del pasado, es todo un testimonio de las actitudes refractarias que han nublado el pasado argentino y salpicado nuestra identidad. No hace mucho, decía el recordado Jorge Bernardino Rivera en su “Celestina y la pedagogía de la historia”, que ubicarse en la vereda de enfrente en materia de exégesis y apologética histórica involucró generalmente riesgos académicos y personales que no todos los autores desearon correr. Pero entre nosotros resultó peligroso no solo ubicarse en la vereda opuesta, y disentir con lo esencial de la patrística consagrada, sino hasta el simple hecho de colocarse en posición “heterodoxa” en cuestiones accesorias o de mero detalle anecdótico.
Se corría, por ejemplo, el riesgo nada desdeñable de no ingresar en la Academia (esa especie de Jockey Club de los historiadores), como les ocurrió a Rómulo D. Carbia y Diego Luis Molinari, o de acceder apenas como miembro “correspondiente”, tal como le pasó a José Luis Busaniche, a pesar de su liberalismo, su erudición y su incuestionable seriedad historiográfica.
Se corría, lo que para un historiador o una corista de la calle Corrientes equivalía a un auténtico suicidio profesional, el riesgo del silencio, de la animosidad sorda, del rumor desprestigiante, de la hostilidad rencorosa y de la condenación a la última fila, como le ocurrió a Ernesto Quesada, por sus libros sobre el rosismo, a Ricardo Rojas (hasta que “reaccionó”) por La restauración nacionalista, a Juan Álvarez por Las guerras civiles argentinas, a Rodolfo y Julio Irazusta por La Argentina y el Imperio Británico, a Raúl Scalabrini Ortiz, por Política británica en el Río de la Plata e inclusive a Enrique de Gandía y Roberto Levillier por sus trabajos “heterodoxos” sobre Álzaga. Pero no se trata, continúa Rivera, “de predicar la guerra santa contra el Olimpo liberal para erigir en su lugar una nueva casta de inmortales revisionistas y de “estampitas” nacionales, sino de recuperar (sin recortes excluyentes ni enfoques prejuiciosos, como los que hemos padecido) el conjunto del campo histórico y cultural, en todos aquellos aspectos que hagan de manera profunda y efectiva, a nuestro proceso de descolonización, de reidentificación y de reivindicación de los propios patrimonios.”
Meritoriamente, este libro lo logra. Que bueno, y que bueno que se publique en el año del Bicentenario, porque fue gracias a esta figura tutelar; magistralmente relatada en sus páginas, quién con garra férrea, en uno de los peores momentos de nuestra historia (más de dos mil días de asedio externo) impidió que nuestra Nación se partiera en cuatro republiquetas. Recordemos – y el autor nos ayuda – la Banda Oriental “La tierra purpúrea que Inglaterra perdió”, según reza la primera edición de la obra de Enrique H. Hudson, los Araucanos y Chile merodeando en la Patagonia que Rosas integró al país, la Confederación Peruano-boliviana acechando a Salta y Jujuy, el Paraguay asentado en Formosa, los “románticos” exiliados y conspirando en Montevideo, la amenaza siempre latente del Imperio del Brasil y la intervención anglo-francesa.
Se comprende la inquina liberal, siempre al servicio de intereses externos. Rosas no aflojó a las pretensiones hegemónicas y menos en el tema de las vías navegables, ni en la independencia de Uruguay y Paraguay, como seguramente hubieran hecho los Estados Unidos en circunstancias parecidas. .
Leonardo Castagnino describe con didáctica ejemplar el tortuoso período de la Confederación Argentina y sus vicisitudes. Con una pluma que nada tiene que envidiar al Benito Pérez Galdós argentino, es decir, a Manuel Gálvez, asume el mérito de la pedagogía patria, acercando al gran público, siempre encadenado a las trivialidades cotidianas, a las “patéticas miserabilidades”, al decir de don Hipólito Yrigoyen, la descripción de quien fuera bautizado por Giovanni Papini “el César de la Pampa”.
Pero también este trabajo tiene un mérito más: está bien escrito. Al igual que Ernesto Renan, Taine, Momssen, Gibbon, Menéndez y Pelayo y otros, considero, si se me permite la presunción, que la historia es también un ejercicio literario. Práctica que niegan quienes, escudados en una supuesta “objetividad científica” nos indigestan con sus insoportables discursos. Quienes hemos padecido la lectura de Halperín Donghi, sabemos de oraciones extensísimas, sujetos pocos distinguibles, sobreentendidos sólo entendidos por el autor. En definitiva, textos áridos, poco amenos y de dificultosa lectura. Similares a los manifiestos de los cagatintas de “Caja Abierta”, que hacen una suerte de “reflexión interna”.
Estos intercambios incestuosos, porque escriben para el “frente interno”, dado que están en angustia perpetua frente a los revisionistas, populistas, nacionalistas o el “cuco” de turno, son particularmente abundantes entre los posmodernistas, que discuten cuántas identidades podrán soportar. Tienen su propio lenguaje exótico, que sólo comprenden los iniciados, y su trabajo se concentra, en gran parte, en descifrar textos y lenguajes divorciados del mundo objetivo.
No este el caso, porque no tengo dudas que tras la lectura de “Juan Manuel de Rosas. Sombras y Verdades” y, sobre todo, después del vino de honor que vamos a compartir, más de alguno de ustedes, con ojos afiebrados, desafiando a la concurrencia de algún boliche, clavará el facón en el mostrador y gritará ¡Viva el gaucho don Juan Manuel! Recordando lo viejos tiempos.
Que así sea, querido amigo".
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