sábado 4 de febrero de 2012

LA MAZORCA Y LA SOCIEDAD POPULAR RESTAURADORA


Julián González Salomón.
Antonino Reyes.
Ejecución de los mazorqueros Troncoso y Badía.

Por Ramón Doll




La idea de la mazorca aparece en aquella cabeza obtusa, cubil de la venganza que fuera Rivera Indarte. Pero el cobarde y mal hechor no ideó la mazorca como representación simbólica de la unión nacional y de anhelo de solidaridad ante el peligro. Como algunos símbolos religiosos, el origen, la primera intención de usar el marlo de maíz relacionándolo con la política, tuvo en el filtro envenenado de Rivera Indarte una intención nefanda y deprimente para los unitarios. El asqueroso panfletario redactó un día una décima que puso al pie de un marlo en una fiesta que se celebraba, allá por el año 1835, en honor a Rosas. El anfitrión era Don Fernando Cordero, y en su casa, hoy calle Corrientes, se expuso el diseño y se inscribió la décima, que empezaba:
                                                                                         

"¡Viva la mazorca!
Al unitario que se detenga a mirarla
Aqueste marlo que miras
de rubia chala vestido,                                                
a la unitaria fracción…"

Y luego terminaba aludiendo a la finalidad monstruosa que aquel degenerado le asignaba: símbolo criollo cargado de violación social. El pueblo advirtió enseguida, en la espiga de maíz, de apiñados granos, bien apretados al talo de común origen, que aquel hallazgo contenía un simbolismo de energía y rápida percepción, y que, como todos los símbolos, explicaba sin palabras unos cuantos anhelos de la colectividad. El país vivía rodeado de enemigos, traidores adentro, emboscados algunos al lado mismo del Restaurador. La Patria se disolvía bajo la acción anárquica de intelectuales doctrinarios, como Varela y Alsina, que tramaban la disolución argentina. Una comunidad no está dispuesta nunca a perecer, y siempre encuentra elementos cohesivos para sostenerse y triunfar de la hidra de la anarquía. Y luego terminaba aludiendo a la finalidad monstruosa que aquel degenerado le asignaba: símbolo criollo cargado de violación social. El pueblo advirtió enseguida, en la espiga de maíz, de apiñados granos,     bien apretados al talo de común origen, que aquel hallazgo contenía un     simbolismo de energía y rápida percepción, y que, como todos los símbolos, explicaba sin palabras unos cuantos anhelos de la colectividad. El país vivía rodeado de enemigos, traidores adentro, emboscados algunos al lado mismo del Restaurador. La Patria se disolvía bajo la acción anárquica de intelectuales doctrinarios, como Varela y Alsina, que tramaban la disolución argentina. Una comunidad no está dispuesta nunca a perecer, y siempre encuentra elementos cohesivos para sostenerse y triunfar de la hidra de la anarquía. La mazorca era una imagen que compendiaba los anhelos profundos de los mejores patriotas, de las clases burguesas y de las capas populares. En lo sucesivo, la mazorca, al dar la idea de apiñamiento, de cohesión y de adhesión, fue utilizada como la mejor amenaza contra los lívidos unitarios, plebe de levita, que andaban por las cancillerías europeas mendigando los treinta dineros por los que luego enajenaron la nacionalidad. Mazorqueros se llamaban de uno y otro lado los elementos sociales que rodearon a Don Juan Manuel para delatar y castigar la infidencia en tratos con la escuadra francesa, el soborno de los doctores que habían aprendido en las universidades el arte de la intriga más abyecta y mercenaria con la que pudieron venderla Patria. Los federales se titulaban mazorqueros porque sentían la honra de custodiar el acervo patrimonial que habían heredado de sus padres. Mazorqueros los llamaban despectivamente los unitarios, porque temían, porque les espantaba la sugestión vigorosa y brillante del símbolo. Por influjo del mismo miserable que hallara la imagen pervertida, luego los unitarios comenzaron a llamar mazorqueros, especialmente, a los miembros de la Sociedad Popular Restauradora, organismo creado por el año 1834 o 35, destinado a colaborar con la policía rosista en el mantenimiento del orden. Se quiso enlodar el nombre de las familias más respetables de Buenos Aires, vinculándolas a la imagen asociativa de la mazorca, para que la visión sangrienta que ellos mismos desplegaban en su propaganda, salpicara el honor de los caballeros componentes de la Sociedad Popular Restauradora. Veamos que objeto tenía esta institución. Hacia 1833 se consideró necesario en el seno de lo más representativo de la sociedad porteña crear un organismo que sirviera de estimulante político y de tejido conjuntivo entre todos los sectores de la ciudad. Era su jefe el Comandante Julián González Salomón y sus funciones están explicadas por todas las organizaciones parecidas que surgen espontáneamente en lo más profundo de las comunidades, cada vez que el peligro de la conspiración amenaza sus cimientos. Los enemigos, que generalmente afilan puñales en la sombra, tachan a esas organizaciones con los motes de adulonería, servilismo, obsecuencia y cobardía. Pero cuando se leen la lista de los hombres que componían la Sociedad Popular, no puede uno menos que reírse, al saber, por ejemplo, que Alberdi, el hombre más flojo física y moralmente que ha tenido el país, pudiera tacharlo de cobarde, pongamos por caso, a Manuel Corvalán. Apellidos que luego, y hoy mismo, figuran en el libro de oro de la mejor burguesía argentina, la que a través de solicitaciones sin cuento que la prosperidad trajo al país se mantuvo, sin embargo, en la más sencilla austeridad. Ahí están los Mansilla, los alegre, los Rolón, los Obarrio, los Madariaga, los Moreno. ¿Cómo pueden haber sido pintados con los puñales tintos en sangre, cual forajidos y asaltantes, en las novelas y en las historias falsarias de los proscriptos unitarios? Porque ya en aquellos tiempos los unitarios maquinaban desde el destierro un programa siniestro de humillación nacional, de degradación de todos los valores argentinos, para deprimir el país y postrarlo en un terrible complejo de inferioridad. Porque los unitarios vinieron del destierro destilando odio de resentidos y pasión de esclavos contra quienes lo vencieron siempre cara a cara en los campos de batalla, y juraron vengarse contra aquella decisión argentina que duró veinticinco años para resistirse a vivir sometidos a la dominación extranjera, negociada por los letrados del unitarismo. Hace pocos días, el 4 de octubre (artículo aparecido en el año de 1939), se cumplió el centenario de una de las manifestaciones más grandiosas que haya recibido gobernante alguno de su pueblo. La Parroquia de la Merced, donde se hallaban radicadas las familias más conspicuas de Buenos Aires, realizó una función "con motivo de haberse salvado milagrosamente la importante vida del benemérito ciudadano, ilustre Restaurador de las Leyes, del alevoso puñal de los pérfidos unitarios, de acuerdo con los inmundos franceses". Se refería la declaración a la tentativa de Maza, frustrada unos meses antes y que había sido resultado de un complot en el que participaban los unitarios de Montevideo en combinación con los estancieros del sur, fomentado por el dinero de la escuadra bloqueadora francesa, y cuyo brazo ejecutor debía ser el Coronel Maza, del servicio del mismo Restaurador. Leamos algunas firmas del manifiesto, Simón Pereyra, Felipe Lavallol, Luis Dorrego, Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, Patricio Lynch, Bonifacio Huergo, Juan Bautista Udaondo, José Antonio Demaría. No necesitamos seguir adelante. Esos apellidos aparecen en la pluma de los diaristas unitarios y de los libelistas a sueldo como Rivera Indarte, vinculados a la Sociedad Popular ¿Por qué esos mismos o sus descendientes no han considerado nunca prudente organizarse en una acción de cualquier naturaleza para vindicar la memoria de los caballeros cien veces difamados con un mote calumnioso que todavía persiste en su sentido más peyorativo? ¿Qué pasó en la sociedad argentina   aquel día de Caseros para que el rosismo desapareciera tan bruscamente, no sólo de la escena política, sino de la memoria visible y manifiesta de los que públicamente habían expresado adhesiones tan fervientes al Restaurador?Esta es una de las cosas que deben ser investigadas a fondo por los que realicen un día lo que podría llamarse historia psicológica del pueblo argentino. Hemos leído apellidos de las clases sociales más elevadas, apellidos que aún hoy aparecen como la más granado de las "elites". Sin embargo, la vil patraña de que sus ascendientes formaban una pandilla de asesinos persiste en los textos de historia, parece que los señores del presente se limitaran a silenciar discretamente un error o un vicio del abuelo cuando se les pregunta si descienden de mazorqueros.A Leandro N. Alem le amargaron la juventud en la universidad; lo llamaban el hijo del mazorquero; posiblemente muchos descendientes de mazorqueros habrían con disimulo una especie de limpieza de sangre y habrán escamoteado las partidas de las que resultaría una vinculación desdorosa con un mazorquero.Sin embargo, el camino debió ser el opuesto. Los llamados mazorqueros eran todos caballeros de la mejor sociedad porteña; y sus nietos en lugar de confirmar la afrenta, disimulando flojamente su linaje, habrían debido demostrar públicamente la naturaleza de aquella Sociedad Popular y honrarse de los servicios que el abuelo había prestado al Restaurador y con él a la Patria.y, por lo tanto, englobados todos bajo el rótulo infamante de mazorqueros.  ¡Ironías sangrientas de las cosas! Fue el pueblo, la masa ignorada y despreciada, el que mantuvo en sus canciones y en su tradición oral el verdadero significado de la palabra Mazorca; cantó y canta todavía al mazorquero como leal, como hombre bravío y cumplidor con su deber. Se han exhumado últimamente algunos bailes de la época en que se celebran las patriadas de los sargentos mazorqueros, y el pueblo ha captado con instinto adivinatorio la realidad histórica de un símbolo y un mote que fueron expresión de necesidades sociales que acaso golpean todavía hoy con más   fuerza que el año cuarenta en la nacionalidad. Orden, cohesión, unidad, como contrafigura de descomposición, dispersión y disolución; quien sabe si la   imagen de la mazorca, del marlo del maíz, no trabaja en las mentes actualmente, no aparece, desaparece y reaparece como una visión de sueño, todavía sumergida en lo irracional, pero que quiere indicar o responder alguna cosa frente a un complejo de interrogantes de la hora. ¡Quién sabe!



























domingo 29 de enero de 2012

PEDRO DE PAOLI: UN PERONISTA TRADICIONALISTA

Juan Domingo Perón.
Gaucho bonaerense, 1880 (por Enrique Rapela).
Juan Facundo Quiroga (litografía de C. H. Bacle).

Por Alberto Buela*



      Nació este descendiente de piamonteses en Casilda al sur de la provincia de Santa Fe, en la denominada "pampa gringa" el 28 de junio de 1897 y murió en Mercedes, provincia de Buenos Aires el 15 de junio de l986.
      Cursó la escuela primaria en el Colegio de los Talleres del Ferrocarril Central Argentino en Rosario. Fue maestro rural de su provincia, tarea que alternó con la literatura. Fue delegado del Consejo directivo de la Federación Agraria Argentina y se desempeñó como profesor en escuelas secundarias y del profesorado. Durante la primera Guerra Mundial fue como cronista voluntario al frente francés. Trabajó también como bibliotecario. 
     Dictó la cátedra "Historia de los partidos políticos" en la Universidad Nacional del Litoral en Rosario. Con sus trabajos sobre temas de historia argentina se incorporó a la escuela revisionista, que tuvo su sede en el Instituto Juan Manuel de Rosas. Estuvo casado con Agustina Sánchez, quien lo sobrevivió.
    Se destacó, como afirmamos, por ser un periodista perteneciente al ancho campo nacional con vocación por los temas históricos y como interés permanente la denuncia de la masonería en el manejo de la cosa pública en la vida de la república.
   Al mismo tiempo ha sido un conocedor y cultor del tradicionalismo criollo, donde destaca la "democracia gaucha". Al respecto su trabajo Trayectoria del gaucho (1944/1949) debe contarse entre las obras más características sobre esta temática, junto con las de Justo P. Sáenz, Martiniano Leguizamón y Carlos Villafuerte.
    Sus trabajos históricos comienzan con Los motivos del Martín Fierro en la vida de José Hernández (1947/1968) donde realiza la crítica histórica al período comprendido entre la batalla de Caseros y la Revolución de 1890, mostrando el influjo de la masonería en la paulatina extranjerización y dominación de la argentina.
   Le sigue una extensa biografía del Facundo Quiroga titulada Vida del Brigadier General Don Juan Facundo Quiroga, víctima suprema de la impostura (1952) y continúan con Sarmiento: su gravitación en el desarrollo nacional(1964); El revisionismo histórico y las desviaciones del Dr. José María Rosa (1965); Sarmiento y la usurpación del estrecho de Magallanes. Réplica a las opiniones del prof. Campobassi (1968). Y su último trabajo en colaboración con el historiador riojano Manuel G. Mercado Proceso a los montoneros y Guerra del Paraguay: Aplicación de la justicia social de clases (1973/1974).
    Tenemos también otros libros como: ¡Defrauden! (La quiebra escandalosa de la Federación agraria argentina) (1935) y Función social de la radiotelefonía (1943).
    Llegamos finalmente al único trabajo político partidario de Pedro de Paoli, que es el que reeditamos en esta ocasión: Peronistas ¿moriremos ahorcados?, editado en 1949 por José Luis Torres y bajo el sello de su editorial: Centro Antiperduélico Argentino. Es un trabajo breve de 85 páginas que resumen las tesis clásicas de los peronistas críticos, esto es, aquellos que han criticado al partido político por ser un trampolín para escalar posiciones personales y sociales. Aquellos que ven en los parvenu al peronismo a los aprovechadores de los cargos y canongías que ofrece semejante movimiento de masas. Sobre todo si se puede llegar a las cercanías del General Perón, rodeado según sus propias palabras de "adulones y alcahuetes". La tesis de este trabajo es que "son estos quienes están frenando la Revolución, echándole arena a los cilindros de su mecanismo (p.13)... es hora de llamar a los verdaderos peronistas y alejar a los infiltrados" (p. 83). En realidad la historia política del partido justicialista puede leerse en su curso de medio siglo de vidabajo el hilo conductor de: auténticos peronistas abstenerse. La desfachatez, la mediocridad, la deshonestidad, la ramplonería, la trapisonda, la incapacidad y, sobre todo, la traición a los principios y valores que encarna el peronismo fueron, son y todo indica que serán las mejores cartas de presentación para ocupar un cargo en el partido, en una lista partidaria o en un cargo gubernamental. Estas tres posibilidades se han visto cubiertas durante el medio siglo que lleva de vida, salvo honrosas excepciones, por los mismos y reiterados nefastos personajes que generación tras generación se multiplican a sí mismos, tapando, estorbando e impidiendo la llegada de los mejores a los cargos políticos.
      Pedro de Paoli cita una y otra vez la frase de Perón: La revolución se hace con los audaces y el gobierno con los capaces. La revolución iniciada en 1945 se abortó, no llegó a su plenitud y nunca llegaron los capaces a ejercer el gobierno. El peronismo tuvo cinco experiencias de poder 1946-1955; 1973-1976; 1989-1999; 2002 hasta el presente. Así gobernaron sucesivamente Perón, Cámpora, Isabelita, Menem, Duhalde y Kirchner. Al respecto conviene recordar lo afirmado por de Paoli aquí: Nuestra Revolución no tiene mística, carece de espíritu. No se ha hecho la revolución en los espíritus. Es totalmente materialista, solo se habla de mejoras materiales, sueldos, jubilaciones...Lo que da proyección a una revolución, lo que la hace permanente es el espíritu (p.31). Y éste, aunque nos duela, hay que decirlo con todas la letras no alumbró en el peronismo nunca. Hubo atisbos, pero no pasó de buenas intenciones con cursos de adoctrinamiento que repitieron mecánicamente "la monserga peronista" para entretener a la gilada, mientras que con los cargos se quedaban los vivos y ventajeros de siempre.
       Pero Pedro de Paoli, no se quedó simplemente en la crítica sino que como buen tradicionalista argentino esbozó su propia teoría de lo que debería ser la Revolución peronista. Una Revolución hiere algo, va contra alguna cosa, lesiona algunos intereses...(p.23) sin olvidar lo que dijimos más arriba, que una revolución se torna permanente si se funda en el espíritu, afirmando que Nuestra Revolución que es, intrínsecamente, tradicionalista, patriótica, con arraigo en el pasado y con proyección hacia el futuro. Nuestra Revolución es de argentinos auténticos, integralmente argentinos sin conexión con fuerzas o intereses foráneos (p.33)Porque a diferencia de Europa " nosotros no tenemos en nuestro pasado lejano, un recuerdo de esclavitud, de oprobio, de explotación de los más por los menos. Nuestro pasado lejano es la aldea con pretensiones de ciudad, con artesanos de vida holgadísima, y de una vida tranquila y feliz. De una campaña con rebaños de centenares de miles de cabezas, con una extensión de tierra ilimitada sin dueño y con un habitante el gaucho, arquetipo de la raza, que era símbolo de libertad, de hidalguía, de coraje, de virilidad. De altivez, de integridad moral y de limpieza de espíritu. La explotación del hombre por el hombre, la esclavitud, el hambre, la supresión de la libertad, etc., no estuvieron nunca en el pasado argentino; no pertenecen a nuestra historia; jamás han sido cosas inherentes a nosotros" (pp.47/48).

       Vemos pues, como para de Paoli el gaucho, su tiempo y sus virtudes, constituye la figura metapolítica de la revolución peronista.

"Yo he conocido esta tierra
En que el paisano vivía
Y su ranchito tenía
Y sus hijos y mujer,
Era una delicia ver
Cómo pasaba sus días".

     Su interpretación de la revolución peronista está dada en clave criolla que bien puede resumirse en esta otra estrofa del Martín Fierro:

"Tiene el gaucho que aguantar
Hasta que lo trague el hoyo,
O hasta que venga un criollo
A esta tierra a mandar".

       Finalmente el sentido popular de la revolución peronista lo encuentra allí donde dice Fierro:

"Más Dios ha de permitir
Que esto llegue a suceder,
Pero hay que comprender
Para hacer bien el trabajo,
Que le fuego para calentar,
Debe ir siempre desde abajo".

* Estudio introductorio a la segunda edición del libro Peronistas ¿moriremos ahorcados? de Pedro de Paoli, Ed.Theoría, Buenos Aires, 2006.

martes 17 de enero de 2012

HOMENAJE A LOS SOLDADOS FEDERALES QUE LUCHARON EN LA BATALLA DE CASEROS

Juan Manuel de Rosas.
"Creo haber llenado mi deber con mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho en el sostén de nuestra independencia, nuestra identidad, y de nuestro honor, es porque más no hemos podido" (Juan Manuel de Rosas).






3 de febrero       10, 30 hs.




El 3 de febrero de 1852 después de hacer frente a un ejército poderoso compuesto por brasileros, uruguayos, entrerrianos, correntinos y mercenarios extranjeros, el general Juan Manuel de Rosas redactaba su renuncia al gobierno que le encomendó su pueblo en el lugar llamado "Hueco de los Sauces" -actual Plaza Juan de Garay- y en este mismo sitio se va a rendir un homenaje al Restaurador y a los soldados que lucharon en la batalla de Caseros.


Lugar:Plaza Juan de Garay (Avenida Juan de Garay y Pte. Luis Sáenz Peña-Capital Federal).






miércoles 11 de enero de 2012

PENSAMIENTO NACIONAL Y BICENTENARIO

                                                         
Arturo Jauretche detenido junto a sus compañeros en Paso de los Libres.

Por Francisco José Pestanha[1]

"Hemos edificado toda nuestra vida con elementos prestados desdeñando todo lo propio, todo lo genuinamente nuestro, todo lo que llamo genio facúndico para designar sensiblemente –con una figura de representativa y rancia reciedumbre humana y popular– la expresión argentina. Nos hemos esforzado en cercenar nuestra historia colocando una fecha –1810– como el hito de una ‘zona de nadie’ separativa de dos mundos. Del mismo modo, aquella fecha que para ser histórica necesitó los siglos históricos precedentes, nos ha sido presentada siempre no como una continuidad sino como una negación. Como una obstinada y tozuda negación, a virtud de la cual hemos sacrificado nuestra idiosincracia existencial en el insano empeño de asumir una fisonomía copiada. Hemos cedido lo esencial por una copia. La copia de algo que ahora resulta efímero y deleznable.”
                                                                                 Saúl Alejandro Taborda [2]

La conmemoración del bicentenario de la revolución de mayo de 1810 constituye una inmejorable oportunidad para reflexionar sobre nuestro pasado con una clara intención proyectual, y entre otros desafíos significativos, nos propone meditar sobre el escasísimo debate académico respecto a esa corriente de pensamiento argentino que, bajo la denominación de Pensamiento Nacional, ha nutrido y acompañado a los grandes movimientos políticos, sociales y culturales acontecidos en nuestra geografía durante el siglo pasado.
Integrada por autores en apariencia disímiles como Fermín Chávez, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, José María Rosa, Ramón Doll,

Jorge Abelardo Ramos.
Luis Soler Cañas.

Manuel Ugarte, Manuel Gálvez, Leonardo Castellani, Coriolano Alberini, Saúl Taborda, Jorge Abelardo Ramos, Alberto González Arzac, Ernesto Goldar, Osvaldo Guglielmino, Salvador Ferla, José Luis Torres, Enrique Oliva, Luis Alberto Murray, Luis Soler Cañas, Ernesto Palacio, Julio y Rodolfo Irazusta, Ernesto Palacio, Arturo Sampay, Manuel Ortiz Pereyra, Rodolfo Puiggrós, Alberto Methol Ferré  y Juan José Hernández Arregui, y no obstante evidentes limitaciones y la ostensible censura que recayó sobre ella, ésta vertiente del pensamiento americano llegó a producir durante el siglo pasado más de 7.000 textos sin contabilizar en dicha cifra revistas, manifiestos, cuadernos, opúsculos y otro tipo de publicaciones.
El pensamiento nacional constituye a nuestro entender toda una tendencia del saber que si bien jamás se propuso un encuadramiento específico, asumió intuitiva pero conscientemente el desafío de producir ciencia desde la propia Argentina. Coincidimos en ese sentido con uno de sus más lúcidos exponentes en que nos encontramos ante una verdadera epistemología de la periferia.    
Esta modalidad epistemológica dotada de una nítida orientación nativista, se caracterizó desde sus orígenes por un abordaje desprejuiciado y meditado sobre los acontecimientos de nuestro devenir histórico partiendo de aquel  principio liminar enunciado alguna vez por Don Arturo Martín Jauretche[3]: razonar sobre realidades. Dicho principio sugiere que al momento de emprender el análisis de cualquier acontecimiento político, económico, social y cultural acontecido en la región, y en la medida de nuestras posibilidades, debemos despejar nuestras conciencias de ciertos preconceptos ideológicos (“anteojeras” al decir de Jauretche), y desde la plena convicción de nuestro carácter periférico, componer ese vitalismo esencial que el maestro denominó como sentido común. El desarrollo del  sentido común jauretcheano tiene como objetivo impulsar un ajustado y preciso conocimiento de la realidad, del propio ser (autoconocimiento),  presupuesto indispensable para alcanzar la plena autoconciencia (conciencia nacional en términos de  Hernández Arregui[4]) respecto de nuestras fortalezas, debilidades, intereses y  objetivos comunes.
             Al momento de abordar la producción teórica de esta corriente de pensamiento debe tenerse en consideración que para sus integrantes, desde los albores del surgimiento de nuestro estado, la acción colonialista sustractiva estuvo acompañada por un fenómeno más sutil e impreciso - el colonialismo cultural – anomalía que impregnó de un manto de irrealidad a distinguidos componentes de nuestras elites. Para Fermín Chávez[5] por ejemplo el iluminismo (considerado por él como la verdadera ideología a-histórica de la dependencia) exportado por el viejo continente y aceptado a libro cerrado por gran parte de nuestras academias, llevó a muchos de nuestros  intelectuales a pensar un país nacido a la usanza de la razón, “a imagen y semejanza de los modelos propuestos por las teorías europeas”. El iluminismo así concebido se constituyó en una práctica de “fuga” imponiendo un idealismo paralizante que, refugiándolos en mundos imaginarios, condujo a muchos argentinos a rehuir de la realidad. La dicotomía Civilización / Barbarie sobre la cual se asentó el transplante conceptual  fue el artilugio elegido, ya que presupuso que lo civilizado era “ lo otro”, el “afuera”, y lo Bárbaro, el “nosotros”, el “adentro”.  
            
Pero como certeramente enseña Jorge Bolívar ni los civilizados eran tan civilizados, ni los bárbaros, tan bárbaros, y contra éste y otros tantos preconceptos “fundantes”, se irá desarrollando una modalidad del pensar  que desde la plena la inteligencia de nuestra situación periférica, aspirará al conocimiento de la realidad sin prejuicios acríticos. Partiendo entonces del reconocimiento de la existencia de fuerzas exógenas que operan sobre las naciones en situación colonial o semicolonial, el pensamiento nacional se propondrá librar una verdadera batalla cultural contra una superestructura opresiva y alienante, confrontación que presupuso - entre otras acciones - el despejar de las mentes de nuestros paisanos ciertas taras iluministas que Manuel Ortiz Pereyra[6] en la década del `20 definirá como aforismos sin sentido, y que su discípulo, Arturo Jauretche difundirá luego bajo el mote de zonceras. Nótese en ese orden de ideas que Raúl Scalabrini Ortiz [7]en el prólogo a Política Británica en el Río de la Plata, propondrá un volver a la realidad como imperativo inexcusable para salir de ese idealismo alienante. El volver a la realidad scalabriniano no significaba de modo alguno someterse a un realismo pragmático - sino  muy por el contrario – un método para alejarnos de la alienación, y en consecuencia, comenzar a proyectar desde nosotros mismos.
Cabe necesariamente hacer breve referencia a la cuestión educativa que para el pensamiento nacional resulta cuestión vital. Para autores como  Ortiz Pereyra nuestra educación estaba sustentaba en un enciclopedismo universalista con escasísimo sustento en la realidad, circunstancia que condenaba al pueblo a la ignorancia respecto a las fuerzas reales que operaban silenciosamente en el país, dando así comienzo el proceso de alineación. El autor recomendaba ya en su época un cambio copernicano en el método de enseñanza y en los contenidos.
 Aunque ciertamente ha transcurrido un largo trecho, desafíos similares nos demandan en estos tiempos no solamente a incorporar a los planes de estudio la producción de estos pensadores para un abordaje profundo y sistemático, sino también a ejercitar y a reactualizar sus orientaciones en un mundo como actual, donde la lucha conceptual sigue aún desafiando perspicazmente nuestros intereses periféricos. 






[1] Abogado, ensayista y docente universitario. Es autor - entre otras obras - de “¿Existe un Pensamiento Nacional?” y “Polémicas contemporáneas” ambas de Editorial FABRO, coautor de “Proyecto Umbral”; Aportes para resignificar la Historia Argentina de Editorial CICUS; coautor de “Forja, 70 años de Pensamiento Nacional en III tomos” y “Malvinas; la otra mirada” ambas editadas por Corporación Buenos Aires Sur”. Ha escrito más de 400 ensayos - y entre otras actividades - ha dictado más de 500 conferencias vinculadas a la corriente del Pensamiento Nacional y la historia del Peronismo. Dirige hace diez años el Taller para el Pensamiento Nacional que se dicta anualmente en el Instituto Superior Octubre (SUTERYH) y de la Página www.nomeolvidesorg.com.ar

[2] Saúl Alejandro Taborda: Nació en 1885 en la provincia de Córdoba, Argentina y murió en Unquillo, en la misma provincia en 1943. Fue uno de los más importantes pedagogos críticos de la obra de Domingo Faustino Sarmiento. Participó activamente en la Reforma Universitaria de Córdoba, en 1918, y fue rector del Colegio Nacional Rafael Hernández de la ciudad de La Plata en 1920 del que fue expulsado al año siguiente (1921.
[3] Arturo Martín Jauretche: Nació en Lincoln, Provincia de Buenos Aires, el 13 de noviembre de 1901. Ensayista, escritor, poeta y político, militó en el partido conservador para posteriormente alistarse en el yrigoyenismo.  En 1930 y años posteriores fue protagonista de la lucha callejera contra los gobiernos de los generales José Félix Uriburu y  Agustín P. Justo, participando en levantamientos cívico militares como los combates de San Joaquín y Paso de los Libres – Corrientes - en diciembre de 1933, donde fue tomado prisionero. Fundador y mentor de la legendaria   FORJA (Fuerza de Orientación Radical para la Joven Argentina) entre 1935 y 1945, desde 1946 hasta 1951 fue presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires y, al producirse la Revolución de 1955 retomó la lucha política Autor, entre otras obras de “Manual de zonceras argentinas”; “El medio pelo en la sociedad argentina”; “Ejército y política” y  “Los profetas del odio y la yapa”. Falleció en Buenos Aires el 25 de mayo de 1974.

[4] Juan José Hernández Arregui: Nació en la ciudad de Pergamino Provincia de Buenos Aires, el 29 de septiembre de 1913, y falleció en Mar del Plata, el 22 de septiembre de 1974. Cursó Derecho en la Universidad de Buenos Aires y a los 19 años se afilió a la Unión Cívica Radical yrigoyenista y escribió en los periódicos partidarios En 1938 se traslada a Córdoba capital, donde estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Córdoba, en la que tuvo como principal maestro al filósofo italiano Rodolfo Mondolfo. Se doctoró con la tesis: "Las bases sociológicas de la cultura griega" Durante la presidencia de Juan Domingo Perón, Hernández Arregui renuncia al partido radical y comienza su aproximación al peronismo de la mano del intelectual Arturo Jauretche ingresa como funcionario en el gobierno bonaerense de Domingo Mercante. Autor entre otras obras Imperialismo y cultura (1957) ; La formación de la Conciencia Nacional (1960) ¿Qué es el ser nacional? (1963); Nacionalismo y liberación (1969) Peronismo y socialismo (1972)

[5] Fermín Chávez: Benito Enrique Chávez” nació en El Pueblito Provincia de Entre Ríos en 1924. Fue  historiador, poeta, periodista y epistemólogo,  y tal vez el mayor especialista en la historia del peronismo y su doctrina. Dictó cátedras en las Universidades de Buenos Aires, La Plata y Lomas de Zamora. En 1950 con  un grupo de jóvenes poetas que se reunían en el “El hogar de la empleada conoció a Eva Duarte de Perón. Publico más de treinta obras entre ellas: “Vida y muerte de López Jordán”, Theoría, Bs. As, 1957.  “Diez hijos de Evita, Nueva Generación”, Bs. As., 2005.  “Alberdi y el mitrismo”, Peña Lillo, Bs. As., 1961. “Historia y Antología de la poesía gauchesca”, Margas, Bs. As., 2004, “Herder, el alemán matrero”, Nueva Generación, Bs. As., 2004. “Ponce De León y el fuego”, Corregidor, Bs. As., 1999.  “José Hernández. Periodista, político y poeta”, Culturales Argentinas, Bs. As., 1959. – “La vuelta de José Hernández. Del federalismo a la república liberal”, Theoría, Bs. As, 1973. “Aquí me pongo a cantar: poetas y trovadores del Plata”, 1993. “Historicismo e iluminismo en la cultura País”, Bs. As, 1977. “Perón y el justicialismo” Centro Editor de América Latina, Bs As, 1984. “La libreta de Rosas”. Estrella Federal, Bs. As, 1995. 

[6]  Manuel Ortiz Pereyra: Nació en La provincia de Corrientes en  de diciembre de 1883 y falleció en Buenos Aires, el 23 de mayo de 1941. Abogado y docente. Mentor de Arturo Jauretche, y uno de los Principales intelectuales de FORJA. Fue  Senador Provincial y Fiscal federal. Creador de los aforismos sin sentido" que Jauretche denominará  luego” zonceras”.  Autor entre otras obras de “Fundamento intrínseco del Derecho; "La tercera Emancipación"; "Por la redención cultural y económica"; y "El  SOS de mi pueblo",
[7]  Raúl Scalabrini Ortiz: Nació en la Provincia de Corrientes en de febrero de 1898. Pensador, filósofo, periodista, escritor, ensayista, y poeta argentino. Su profesión fue la de agrimensor. Compañero de rutade  Arturo Jauretche y Homero Manzi, con quienes integró FORJA ("Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina") de la que fue su “norte ideológico”.  Autor, entre otras obras de “La Manga” (cuentos); “El hombre que está solo y espera” ; “Política Británica en el Río de la Plata” (Cuaderno de FORJA); 1937;  “Los ferrocarriles, factor primordial de la independencia nacional (folleto) ; 1938 El petróleo argentino (Cuaderno de FORJA); 1938 Historia del Ferrocarril Central Córdoba” (Cuaderno de FORJA);  “Historia de los Ferrocarriles" (Revista Servir); “Historia del Primer Empréstito” (Cuaderno de FORJA);  “Política británica en el Río de la Plata; “Yrigoyen y Perón, identidad de una línea histórica” (folleto): “El capital, el hombre y la propiedad en la vieja y la nueva Constitución Argentina” “Perspectivas para una esperanza argentina” (folleto).

lunes 2 de enero de 2012

EL CENTENARIO DEL ASESINATO DEL GRAL. ALEJANDRO HEREDIA


Descanso en el camino (por Carlos Morel).


Alejandro Heredia (óleo de Ángel Dato).

Marco de Avellaneda.
Por Alberto Ezcurra Medrano*



No es nuestro propósito escribir una biografía del General Alejandro Heredia. Vamos a hablar tan solo de su muerte, cuyo centenario se cumplió el 12 de noviembre del año 1938. Y lo vamos a hacer, porque este centenario, como otros recientes, no será sin duda muy recordado por el liberalismo, ya que Heredia no cayó asesinado por la “mazorca” sino por los unitarios.

Sólo diremos respecto de Alejandro Heredia, que este General teólogo[1], que fue gobernador de Tucumán, se caracterizó siempre por su gobierno paternal y progresista. De la magnanimidad de sus sentimientos dio pruebas repetidas veces. Así, cuando estalló y fue sofocada la revolución del 22 de junio de 1834, habían sido justamente condenados a muerte 25 de sus promotores, pero Heredia les conmutó la pena. Y se cuenta que la noche del perdón varios de los condenados bailaron una misma contradanza con el generoso gobernador. En cuanto al carácter progresista de su gobierno, lo reconoce el propio Zinny, a pesar de su fobia contra los hombres de lo que él llama la “seudo-federación”. “El gobernador Heredia -dice- introdujo las más importantes mejoras en la administración de la provincia, estableciendo un sistema, el más adecuado al sostén del orden y al fomento de la felicidad pública. La policía, la administración de justicia, toda la economía interior de la provincia, sintió el benéfico influjo de su gobierno, que se desvelaba por borrar las pasadas  desgracias y activar la completa organización de Tucumán[2]    

Y, sin embargo, este gobernador de la Federación, a quien no puede acusarse de tirano, murió asesinado. ¿Por qué? Precisamente a causa de su misma generosidad, que lo movió a buscar una imposible conciliación de partidos y a confiar ingenuamente en hombres que sólo esperaban el momento oportuno para desembarazarse de él. Rosas lo vio claro y se lo advirtió; pero Heredia  siguió en sus trece. Por eso Rosas, en carta a Ibarra, comenta su muerte con palabras duras y amargas, pero que revelan, una vez más, su clarividencia política.

El general finado -dice- abrigaba muchos disparates en su cabeza, pero no era un malvado. Antes su candor y demasiada credulidad, es preciso repetirlo, lo precipitaban en juicios erróneos, lo inducían a ser indulgente con los unitarios, quienes lo hacían enredarse a cada paso con los lazos que le tendían, porque se había empeñado en esa maldita idea de la fusión de partidos, que ha puesto al país en el fatal estado en que lo vemos. Esa credulidad, no me cansaré de repetirlo, esa indulgencia excesiva con los unitarios y esa idea de fusión de partidos sobre que tanto le predicaba yo en mis cartas (y como le dije usted  en 1835, para que también lo advirtiese, “que era preciso consagrar el principio de que estaba contra nosotros el que no estaba del todo con nosotros”), han sido las verdaderas causas de su desgracia”...[3]             

                          
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El hecho, escuetamente, se produjo en la siguiente forma:

El 12 de noviembre de 1838, mientras Heredia se dirigía en coche a su casa de campo, fue asaltado en Los Lules por una partida al mando del comandante Gabino Robles, y compuesta por Juan de Dios Paliza, Vicente Neyrot, Gregorio Uriarte y José Casas. Heredia, que en cierta ocasión había insultado de hecho a Robles, comprendió sus intenciones, y se dice que ofreció cuanto pidiese, contestándole Robles que sólo quería su vida y descerrajándole tres tiros.
¿Se trataba, como se ha dicho, de una simple venganza personal, o fue un crimen político? La “vox populi” sindicó como instigador del hecho al doctor Marco Avellaneda, y esta creencia se perpetuó  en romances populares que Juan Alfonso Carrizo ha recopilado en su Cancionero de Tucumán. Dice así uno de los romances:

“Avellaneda y Lavalle
Manchados de sangre están
Estos defienden de Rosas
Las tierras de Tucumán.

Del primero se murmura
Que con su verba sin par
Convenció a Gabino Robles
Que a Heredia debía matar.

Del segundo, quién no sabe
La locura sin igual,
De hacer sin causa y proceso
A Dorrego fusilar.

Sombras de Heredia y Dorrego
Si es que ya en el cielo estáis
Os rogamos por la Patria
Que estas tierras protejáis.

A esta tierra en que con gloria
La fama de Uds. vive,
No dejéis que la profanen
Las tropas que trae Oribe.

No dejéis que en mil hogares
Se sufran negros dolores,
No dejéis que aquí la paguen
Los justos por pecadores”.

Y otro, da a entender lo mismo:


“Una tarde de noviembre
Por una boscosa senda
En su galera viajaba
El Gobernador Heredia.
No lleva escolta a su lado
Que en su vanidad ingenua
Cree que lo escolta su fama
De héroe de la independencia.
Doctorcitos unitarios
Lo mandan a matar.
Mal hicieron los doctores
Y caro la pagarán.
No era malo el indio Heredia
Que sabía perdonar.
Que lo diga sino Alberdi,
Que lo diga Marcos Paz
Y hasta el propio Avellaneda
Lo podría atestiguar”.


No obstante, la participación de Avellaneda ha sido negada por no haberse probada documentalmente y por considerársele indigna del “Mártir de Metán”. A lo primero debemos observar que la prueba documental no es en estos casos la única, y a lo segundo, que se parte de un prejuicio histórico. Avellaneda, como todos los próceres de esa tendencia -y sin que esto implique  negar su inteligencia y verdaderos méritos- ha sido previamente deshumanizado por sus admiradores incondicionales y se le ha colocado bajo ese tabú protector que ahora se ha dado en llamar “el fallo inapelable de la historia”, y cuya violación es causa de amonestaciones ministeriales. Pero el Avellaneda real no es el semidiós togado que aparece en las ilustraciones de los textos de historia “oficial”. Es un hombre, con cualidades, defectos y pasiones, como todo hombre.

La participación en el crimen de Lules no está en contradicción con otros hechos de Avellaneda, que no escatimó la violencia ni los procedimientos terroristas durante la Coalición del Norte. Los embargos, en los cuales basa su nuevo capítulo de acusación contra Rosas el señor Dellepiane, fueron aplicados por dicha Coalición dos meses antes del famoso decreto de Rosas, como lo prueba documentalmente Ernesto Quesada.[4] Las notas que el gobierno de Tucumán pasó a las provincias, horrorizaron a los mismos coaligados, provocando reacciones como ésta, del gobierno de Salta:

La nota de ese gobierno dirigida a Ibarra es degradante a nuestra causa, y sólo puede servir  para  exaltar los ánimos y con justicia contra nosotros, en vez de darnos aliados o partidarios.  La decencia y circunspección deben presidir en todas las comunicaciones oficiales; ese lenguaje de sangre y exterminio debe proscribirse; siendo el menos a propósito para conquistar voluntades,  es también contradictorio al objeto proclamado de la organización de la República; la sangre sólo da sangre por fruto y promoviendo continuas reacciones se radica la anarquía de los rencores personales y se radica de un modo terrible y espantoso. Acusamos a Rosas por haber empapado el suelo de la patria con sangre humana. ¿Y es posible proclamar que se derramará aún más? ¿Y la sangre de los hijos y de los parientes, por delitos que nunca pudieron cometer? ¿Qué  podrán juzgar de nosotros si sentamos tales principios de pura barbarie?”...[5].

Pero las amenazas no quedaban sólo en los documentos. El terrorismo desplegado por la Coalición en Salta superó los peores excesos de la mazorca porteña y obligó a otro coaligado, el General  Dionisio Puch, a dirigir a Avellaneda una nota de la cual entresacamos los siguientes párrafos:

Muchos son los conductos por donde el gobierno sabe los excesos de toda clase que cometen los soldados de la división que V.E ha traído de Tucumán a la Frontera. El país que han pisado ha quedado arrasado, y no es posible ya al infrascrito ser indiferente a tanto desorden, a hechos cuyas consecuencias serán funestas a su país, y más que a éste, a la causa de la libertad de la República...El robo a los amigos y enemigos; toda clase de excesos prodigados indistintamente; la compleja desolación del suelo que ocupa la división de V.E., no son el riesgo benéfico que hará florecer el árbol de la libertad, tan marchito ya en la República...¿Prevalecerá contra el verdugo de Buenos Aires la coalición, si se talan sus campos, se diezman sus habitantes y se agotan las fuentes de su riqueza y porvenir? [6]

Tal es el hombre, examinado fríamente a la luz de los documentos emanados de sus propios aliados. Tal es por lo menos bajo uno de los aspectos, porque no está en discusión ahora su inteligencia , sus cualidades oratorias o su capacidad como gobernante, sino sus métodos revolucionarios, en los cuales puso todo el fuego y toda la imprudencia de sus 26 años.


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Volviendo al caso de Heredia, existe, además, otro documento: el acta del consejo de guerra que se le formó a Avellaneda en 1841, cuando cayó prisionero de Oribe y fue condenado a muerte.

Los dos incisos referentes a su participación en el hecho dicen así:

Preguntado: Con qué objeto le prestó su caballo rosillo al teniente Casas, asesino del finado General Heredia, el día que se perpetró el hecho dijo: que el día antes del asesinato le pidió el referido asesino Casas el mencionado caballo al que declara para ir a dar un paseo al punto de Los Tules y que en éste cometió el hecho.

“Preguntado: Con qué objeto salió el mismo día que se asesinó al General Heredia y se vio con uno de los asesinos llamado Robles en circunstancias que éstos entraban al pueblo, dijo: que su hermano político don Lucas Zabaleta lo había invitado para que lo acompañase a pasar el día en su chacra del Manantial: que en su camino a esta chacra y a muy poca distancia de la Capital, se encontró con los asesinos que tenían una partida de quince a veinte hombres: que al verlo desde alguna distancia lo mandaron hacer alto: que el declarante obedeció y que al instante se adelantaron tres o cuatro de los asesinos, entre ellos, el mencionado Robles: que éste último, ya completamente ebrio, le alargó la mano gritando “ya sucumbió el tirano”, cuyo grito fue repetido por los otros dos o tres que lo acompañaban: que el declarante atemorizado por esta escena, no atinaba con lo que significaba ella, hasta que el mismo Robles le dijo que él con sus propias manos había asesinado al gobernador Heredia: que el declarante más atemorizado entonces procuró balbucir algunas palabras aplaudiendo su conducta y concluyó pidiéndole permiso para continuar su camino. Que Robles preguntó entonces al declarante si él no era Presidente de la Honorable Cámara de Representantes:  que a la contestación afirmativa del declarante replicó Robles: “hoy no es día de pasear, sino de trabajar por la patria: vuelva usted a la ciudad y reúna la Sala de Representantes: que nosotros por nuestra parte no queremos nada”: que el declarante se separó entonces a galope largo y que, sin embargo de haber andado a éste a la ciudad, no consiguió llegar sino tres o cuatro minutos antes que ellos[7]      

De esta declaración se deducen varios hechos: que Avellaneda prestó su caballo a uno de los asesinos, que se encontró con ellos después del crimen y que les aprobó su conducta. Las coincidencias y el temor con que pretende explicar esos hechos, a nuestro juicio, no resultan convincentes.

Por otra parte, sobre el asesinato de Heredia se levantó la Coalición del Norte, de la cual Avellneda es el alma. A la semana de haber sido asesinado Heredia, fue nombrado gobernador Bernabé Piedrabuena, que se pronunció contra Rosas, y de quien fue ministro general en 1840 el propio Avellaneda, para sucederle luego en 1841.

Tales son los antecedentes y consecuencias del hecho desgraciado cuyo centenario se cumplió el 12 de noviembre de 1938. No vamos a dictar sobre él ningún “fallo inapelable de la historia”, porque no somos jueces, ni tribunal de última instancia, ni menos aún pretendemos identificamos con la historia, como hace “La Nación” cuando lanza contra Rosas sus desesperados anatemas. Hemos expuesto hechos y documentos sin otra pasión que la verdad. Cada lector sacará sus conclusiones.


Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas n° 1, Buenos Aires, Enero 1939.


[1]    Heredia era doctor en teología.
[2]    Zinny. “Historia de los gobernadores”. Tomo III. Pág 297. Ed “Cultura Argentina”.
[3]    Ibidem  pág. 291..
[4]    Ernesto Quesada. Acha y la batalla Angaco. Pág. 35. 
[5]    Op. Cit. Ernesto Quesada. Pág. 34.
[6]    Bernardo Frías. Tradiciones históricas. Pág. 244.
[7]    Aquiles B. Oribe. Brigadier Gral. Don Manuel Oribe. Tomo I. Pág. 73.